Nombrar la resistencia
Dignidad, derecho y disputa del relato en tiempos de agresión
En las agresiones imperialista contemporáneas no solo se disputan territorios, se disputa el sentido mismo de la legitimidad. Mientras las potencias quieren imponer sus marcos narrativos para definir quién es “terrorista” y quién ejerce su derecho a defenderse, las historias concretas quedan sepultadas bajo categorías funcionales al poder. Este artículo se adentra en esa tensión entre derecho, dignidad y propaganda para recuperar, a través de la figura de Yaafar Ibrahim Salim, la dimensión humana de quienes resisten en contextos de agresión sostenida.
NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad
Montevideo, Uruguay
En los escenarios contemporáneos de guerra y de agresión, la disputa central no es únicamente territorial ni militar, es epistemológica. Se libra en el terreno del lenguaje, de las categorías, de los marcos de interpretación que definen qué violencia es visible, cuál es tolerable y cuál debe ser condenada. En ese campo, la hegemonía mediática de Estados Unidos y sus aliados principalmente Israel, ha consolidado una operación persistente, deslegitimar el derecho a la resistencia de los pueblos sometidos a agresión, aun cuando dicho derecho está reconocido en el corpus normativo internacional.
La Organización de las Naciones Unidas, en su carta fundacional, establece el derecho inmanente de los Estados a la autodefensa frente a ataques armados. Este principio, que forma parte del andamiaje jurídico del orden internacional contemporáneo, no distingue entre “aliados” y “enemigos”, es un derecho formalmente universal. Sin embargo, su aplicación concreta ha sido profundamente asimétrica. En la práctica, el acceso a la legitimidad no depende de la norma, sino de la posición geopolítica.
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Así, mientras la violencia ejercida por potencias militares se presenta como “operaciones de seguridad” o “acciones preventivas”, la resistencia de pueblos bajo asedio es rápidamente traducida en la gramática del terrorismo. Este desplazamiento semántico no es un acto inocente, es una herramienta de poder. Permite justificar intervenciones, invisibilizar víctimas y despojar de humanidad a quienes resisten.
Yaafar Ibrahim Salim, un nombre contra el olvido
En medio de esa arquitectura de deshumanización, recuperar los nombres propios se vuelve un acto político.
Yaafar Ibrahim Salim no es una abstracción ni una cifra. Es un joven de la aldea de Bhabbush, en el norte del Líbano. Es hijo de un verdulero y de una panadera, es decir, de ese tejido popular que sostiene la vida cotidiana lejos de los centros de decisión global. Es esposo, es padre de un niño pequeño. Su historia no comienza en la guerra, sino en la vida común, en el trabajo, en la familia, en la transmisión de valores.
Participó durante años en el conflicto sirio combatiendo al grupo terrorista ISIS, una de las expresiones más brutales de violencia que fue creado por Estados Unidos para sustituir al otro grupo terrorista creado por ellos también llamado Al-Qaeda. Esa experiencia lo inscribe en una trayectoria que, para amplios sectores de la región, se asocia con la defensa frente a amenazas extremas.
El 2 de abril, en la región de Beqaa, fue asesinado en un ataque de las fuerzas israelíes mediante el uso de drones. La guerra tecnológica, que permite matar a distancia, sin contacto, sin rostro, sin riesgo equivalente se expresa aquí en toda su crudeza, una vida reducida a un objetivo en una pantalla.
Pero Yaafar no es un “objetivo neutralizado”. Es un sujeto histórico que decidió defender a su pueblo frente a un genocidio, a su patria frente a una invasión y su muerte nos interpela.

Resistir entre la legalidad y la dignidad
La resistencia, en contextos de agresión sostenida, no es únicamente una opción política y legitima, es una dimensión de la dignidad humana. No se trata de romantizar la violencia, sino de comprender que, cuando un pueblo es sometido a bombardeos, ocupación o asedio sistemático, la pasividad no es una opción, y pelear por la vía que sea es una obligación.
Desde una perspectiva jurídica, el derecho a la autodefensa reconocido por la Organización de las Naciones Unidas ofrece un marco para entender estas dinámicas. Desde una perspectiva histórica, múltiples procesos de liberación nacional han sido inicialmente criminalizados para luego ser reinterpretados como luchas legítimas. Desde una perspectiva ética, negar de forma sistemática la humanidad de quienes resisten implica aceptar un orden donde solo algunos tienen derecho a existir sin ser aniquilados.
La doble vara del poder
En este escenario, el rol de los liderazgos políticos es central. Figuras como el genocida Benjamin Netanyahu o pedófilo de Donald Trump han sido señaladas por diversos organismos internacionales, entre ellos La Corte Penal Internacional, por delitos de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. También han sido señalados por promover políticas y discursos que obre pasan los límites del derecho internacional, especialmente en lo relativo al uso de la fuerza y la protección de civiles.
El problema no es únicamente lo que hacen, sino cómo se narra lo que hacen. La capacidad de definir el relato de establecer quién es víctima y quién es victimario constituye una forma de poder tan determinante como la superioridad militar, esto último en algunos casos ya que con Irán realidad es otra.
Contra la deshumanización
Frente a este panorama, insistir en la dimensión humana no es un gesto sentimental, es hacer uso de algo tan sagrado como el pensamiento crítico.
Decir que Yaafar Ibrahim Salim era hijo, padre, esposo, trabajador, no es un detalle anecdótico. Es una forma de disputar el lenguaje que lo reduciría a una etiqueta. Es afirmar que, incluso en la guerra, existen historias que no pueden ser absorbidas completamente por las categorías del poder.
La resistencia, en este sentido, no se agota en el acto de combatir. También se expresa en la memoria, en la narración, en la negativa a aceptar que ciertas vidas sean consideradas prescindibles.
Porque si la guerra busca borrar nombres y convertirlos en números, el periodismo cuando asume su responsabilidad debe hacer exactamente lo contrario, devolverles su espesor humano, su contexto, su historia.
Y en ese gesto, profundamente político, se juega también otra forma de resistencia.
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