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EL MANIFIESTO DE LOS SEÑORES DEL DATO

Palantir, Peter Thiel y la colonización digital de Argentina

En abril de 2026, Peter Thiel cofundador de PayPal junto a Elon Musk y fundador de Palantir Technologies, empresa nacida en la incubadora de la CIA con contratos militares por miles de millones de dólares con el gobierno de Estados Unidos, Israel y el Reino Unido se instaló en Buenos Aires, compró la mansión más cara de la ciudad, se reunió en secreto con el asesor presidencial Santiago Caputo y luego con el propio presidente Javier Milei en la Casa Rosada. Simultáneamente, Palantir publicó un manifiesto político reproducido en este análisis que plantea la supremacía de la inteligencia artificial sobre las instituciones democráticas, la militarización del software y la necesidad de que una nueva élite tecnocrática rija el destino de las naciones. Este artículo analiza ese documento, el contexto geopolítico de la visita y sus implicancias para la soberanía argentina.


NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad

Montevideo, Uruguay


La llegada sin ruido del hombre que no cree en la democracia

Llegó sin conferencia de prensa sin declaraciones oficiales, sin foto publicada por él mismo. Peter Thiel aterrizó en Buenos Aires a bordo de su avión privado, un Bombardier Global 7500 valuado en cerca de 80 millones de dólares, con un costo operativo de casi 10.000 dólares la hora. Era su tercera visita al país desde que Javier Milei asumió la presidencia.

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La primera semana de su estadía fue silenciosa para el público, pero intensa en los despachos del poder. Según confirmaron diversas fuentes, Thiel mantuvo un almuerzo reservado a solas con Santiago Caputo, el hombre que opera en las sombras de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), coordinando desde allí la arquitectura política y comunicacional del gobierno “libertario”. Del encuentro también participó el canciller Pablo Quirno. El jueves siguiente, Thiel fue recibido en el despacho presidencial de Balcarce 50 por el propio Javier Milei. El gobierno difundió una sola fotografía oficial, no hubo comunicado, no hubo agenda, no hubo respuestas.

Entre una cosa y otra, el magnate compró la propiedad más cara de Buenos Aires, una mansión en Barrio Parque, sobre Dardo Rocha al 2900, de 1.600 metros cuadrados cubiertos, seis dormitorios en suite, cava de vinos y terraza. El precio pagado ronda los 12 millones de dólares, cifra récord para el mercado inmobiliario porteño. La compra no es un capricho turístico, quien adquiere un inmueble de esas características no viene a pasar el fin de semana, Thiel viene a quedarse.

El fin de semana, para completar el cuadro, asistió al Superclásico en el estadio Monumental. Dirigentes de River Plate le facilitaron el acceso. Sus entornos lo definieron como un observador de fenómenos culturales y sociales. Pero en el fondo del escenario, lejos del folclore futbolístico, se estaba negociando algo de mayor trascendencia, la entrega del sistema nervioso de datos del Estado argentino a una corporación privada que tiene contratos con la CIA, el Pentágono y el ejército de Israel.

¿Qué es Palantir? El ojo que todo lo ve

Palantir Technologies no es una empresa de software convencional. Es, en palabras del especialista en privacidad digital Ariel Garbarz, una entidad que «no vende tornillos ni caramelos», vende cruce masivo de datos, vigilancia, perfilado y poder. Nació en 2003 a partir de financiamiento inicial de In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA). Su nombre proviene de los palantíri, las piedras videntes de la saga El Señor de los Anillos artefactos que permiten ver todo lo que ocurre en el mundo pero a medias, y llevan a conclusiones equivocadas además de representar el conocimiento si sabiduría, una elección semántica que no es inocente.

Hoy, dos décadas después, Palantir tiene un valor de mercado que supera los 300.000 millones de dólares y opera en los teatros de operaciones más sensibles del planeta. En 2025 recibió cerca de mil millones de dólares del gobierno estadounidense para desarrollar capacidades de inteligencia artificial aplicadas a la guerra. Tiene contratos con el Departamento de Defensa de Estados Unidos, con el sistema de salud de Reino Unido y con las Fuerzas de Defensa de Israel, donde sus plataformas han sido utilizadas para identificar objetivos en conflictos armados, en Palestina son parte del genocidio y en los ataques a Irán juega un papel importante.

Su modelo de negocio es simple pero devastador en términos políticos ingresa a las estructuras estatales como proveedor técnico, integra bases de datos de organismos dispares como migraciones, policía, sistema tributario, salud, telecomunicaciones y construye una plataforma de conocimiento total sobre la población. Una vez dentro, no sale más. Genera dependencia tecnológica, acumula conocimiento estratégico sobre el Estado y sus ciudadanos, y establece una relación asimétrica donde el poder efectivo migra desde las instituciones públicas hacia la corporación privada.

Garbarz lo advirtió con claridad en Argentina «Una vez que estos meten la mano en datos migratorios, financieros, policiales, sanitarios o de telecomunicaciones, después no la sacan más. En un país saqueado, endeudado y entregado, una herramienta así puede terminar sirviendo para vigilar, clasificar y apretar ciudadanos, opositores, migrantes, pobres y cualquiera que moleste al poder de turno.»

El manifiesto: cuando una corporación declara la guerra a la democracia

Días antes de que Thiel se reuniera con Milei, Palantir publicó en sus redes sociales un documento de 22 puntos titulado internamente como la síntesis del libro «La república tecnológica», escrito por Alex Karp, CEO y cofundador de la empresa. El texto fue catalogado por la revista europea El Grand Continent como «el plan para forjar un Occidente tecnofascista». Fue reposteado de inmediato por Santiago Caputo desde su cuenta personal en X, amplificándolo ante su audiencia argentina. El gesto no fue una mera casualidad, fue una señal de alineamiento ideológico.

El análisis del manifiesto, cuyo texto fue circulado ampliamente, revela una arquitectura de pensamiento que merita ser leída con detenimiento crítico, porque entre sus líneas se inscribe un proyecto de reconfiguración del orden global, en un momento histórico como el que estamos viviendo.

Anatomía del manifiesto

El texto abre con una declaración de deuda moral que enmascara una relación de poder:

«Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La élite de la ingeniería de Silicon Valley tiene la obligación positiva de participar en la defensa de la nación.»

Traducido sin eufemismos, las empresas tecnológicas, que se enriquecieron en el mercado global bajo la protección del Estado norteamericano, deben ahora devolver ese favor poniendo sus herramientas al servicio del complejo militar-industrial. No es una invitación, es un llamado a cerrar filas. La misma lógica que usa un reclutador, con la diferencia de que aquí los soldados son algoritmos y los campos de batalla son bases de datos.

El manifiesto plantea luego la tesis central de toda su arquitectura ideológica

«La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin.»

Esta frase, aparentemente neutra en su formulación, es en realidad la justificación perfecta para la carrera armamentística digital. La lógica del «si no lo hacemos nosotros, lo hará alguien peor» no es nada nuevo, fue el argumento que usaron los científicos del Proyecto Manhattan para construir la bomba atómica. Es la coartada histórica de quienes priorizan el poder sobre la ética. Y aquí la usa una corporación privada para legitimar su propio enriquecimiento a través de contratos militares.

El texto declara también el fin de una era y el comienzo de otra

«La era atómica llega a su fin. Una era de disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar.»

La afirmación tiene implicancias geopolíticas de primer orden. Si la disuasión ya no se basa en el arsenal nuclear que está en manos de Estados sino en la inteligencia artificial que está en manos de corporaciones privadas, entonces el verdadero poder ya no reside en los gobiernos sino en quienes controlan los algoritmos. Palantir, con sus contratos militares multimillonarios, está posicionada exactamente en ese lugar. No es un proveedor de servicios, es un actor geopolítico de pleno derecho.

El manifiesto realiza también una relectura explícita de la historia del poder occidental que revela sus preferencias políticas reales

«La neutralización de Alemania y Japón tras la guerra debe ser revertida. El desarme de Alemania fue una corrección excesiva, por la que Europa paga hoy un alto precio.»

Aquí el texto abandona cualquier pretensión de neutralidad. Defiende el rearme de las potencias del Eje derrotadas en la Segunda Guerra Mundial como un imperativo geoestratégico. El dato no es menor cuando se recuerda que Thiel nació en Frankfurt en 1967, que sus simpatías políticas lo han llevado a financiar a candidatos de la derecha radical norteamericana y que su empresa tiene contratos con los ejércitos de las naciones más armadas del mundo.

Un pasaje particularmente revelador ataca las instituciones del Estado democrático con el disfraz del pragmatismo meritocrático

«Cualquier empresa que remunerara a sus empleados como el gobierno federal remunera a los servidores públicos tendría dificultades para sobrevivir.»

La frase contiene una premisa ideológica fundamental, que el mercado es más eficiente que el Estado y, por extensión, que quienes dirigen corporaciones son más capaces que quienes ejercen la función pública. Es la justificación teórica del reemplazo del Estado por la corporación. No es accidental que esta lógica sea exactamente la que Milei ha aplicado en Argentina desde diciembre de 2023, desmantelando el Estado, eliminando ministerios, eliminando regulaciones y privatizando organismos a diestra y siniestra.

El texto cierra con una defensa de la desigualdad cultural que bordea el supremacismo civilizatorio

«Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas serían ahora iguales. La crítica y los juicios de valor estarían prohibidos.»

La crítica al «pluralismo vacío» es en realidad una defensa de la jerarquía entre civilizaciones. El argumento, desnudo de su retórica, afirma que ciertas culturas presumiblemente la anglosajona, la tecnológica, la occidental son superiores a otras, y que el relativismo cultural es una renuncia a esa superioridad. Es el fundamento intelectual del colonialismo reformulado en lenguaje del siglo XXI. Al decir de Donald Trump, vamos a acabar con toda una civilización, anunciando un genocidio en contra del pueblo de Irán.

El laboratorio en Argentina ¿por qué Thiel está acá y qué busca?

La visita de Thiel a la Argentina no es turismo ideológico. Según revelaron fuentes cercanas al despacho presidencial al sitio Gente de Salta, Thiel considera a la Argentina «un lugar de refugio ante la eventualidad de un mundo en crisis». La compra de una mansión millonaria, los contactos con la inteligencia del Estado y las reuniones con Milei configuran un patrón de comportamiento coherente con esa definición.

¿Qué ofrece Argentina en este momento a una corporación como Palantir? Varias cosas, un gobierno ideológicamente alineado que ha desmontado las instituciones de control y fiscalización; un marco legal recién renovado el DNU 941/2026 que amplió las obligaciones de los organismos públicos de compartir datos con el sistema de inteligencia y creó la Agencia Federal de Ciberinteligencia; un acuerdo firmado en febrero de 2026 con Estados Unidos que habilita la transferencia de datos personales de ciudadanos argentinos hacia empresas radicadas en territorio norteamericano sin barreras legales adicionales; y un presidente que, en palabras del embajador Alec Oxenford, recibió de Thiel la siguiente valoración: «Las ideas de Javier Milei tienen relevancia global.»

Los contratos en discusión son concretos, el foco de las negociaciones con Santiago Caputo es la «modernización» de los sistemas de inteligencia de la SIDE y la digitalización de la seguridad fronteriza. El mecanismo proyectado es que Palantir actúe como soporte técnico para la «unificación de bases de datos» de distintos organismos públicos. Vamos sin rodeos, una corporación privada estadounidense accedería al conjunto de los datos del Estado argentino, migraciones, fiscalidad, seguridad, salud, comunicaciones y los procesaría bajo sus propios algoritmos, en sus propios servidores, bajo su propia lógica de negocio.

No es la primera vez que Palantir intenta entrar al Estado argentino. La entonces ministra de Seguridad Patricia Bullrich había preparado un «contrato extra-large» para el ingreso de la empresa a través de la Agencia de Seguridad Migratoria. El intento fue bloqueado por Karina Milei en una disputa de poder interna. Esta vez, el intento llega por la vía del propio núcleo duro del poder, Caputo y el presidente.

El investigador informático que publicó en el portal Informaticos.ar lo resumió con precisión técnica: «El DNU 941/2025 crea un marco normativo y operativo que se alinea de manera casi perfecta con las capacidades y el modelo de negocio de Palantir. Palantir no vende software, vende una cosmovisión  el gobierno argentino le está abriendo la puerta.»

La red: Thiel, Musk y la «PayPal Mafia» como poder fáctico global

Para comprender la magnitud de lo que está en juego, es necesario enmarcar a Thiel dentro del ecosistema de poder al que pertenece. En 1998, junto a Elon Musk y otros emprendedores, Thiel cofundó Confinity, que luego se fusionaría para dar origen a PayPal. La empresa fue vendida a eBay en 2002 por 1.500 millones de dólares. Con ese capital, los fundadores y empleados iniciales crearon lo que hoy se conoce como la «PayPal Mafia», un grupo informal pero extraordinariamente poderoso de emprendedores que fundaron o financiaron empresas como SpaceX, Tesla, LinkedIn, YouTube, Yelp y docenas de otras compañías que hoy dominan la economía digital global.

Thiel fundó Palantir y Clarium Capital, invirtió en Facebook siendo su primer inversor externo, y hoy controla el fondo Founders Fund, uno de los más influyentes de Silicon Valley. Musk controla X (ex Twitter), Tesla, SpaceX con contratos multimillonarios con la NASA y el Pentágono y el 25% de OpenAI, la empresa que desarrolló ChatGPT. Juntos, junto a otros miembros del grupo, conforman lo que podría definirse sin exageración como el mayor conglomerado de poder privado de la historia de la humanidad, empresas que controlan las comunicaciones globales, el transporte, la inteligencia artificial, la exploración espacial, los sistemas de pago, la vigilancia y la infraestructura militar digital.

Este grupo ha financiado activamente candidatos de la derecha radical en Estados Unidos. Thiel fue el mayor donante individual de Donald Trump en su primera campaña y figura clave en la red de financiamiento del movimiento MAGA. Musk adquirió X para controlar el principal espacio de debate político digital y luego se incorporó al gobierno Trump como responsable del DOGE el Departamento de Eficiencia Gubernamental, desde donde ha despedido a decenas de miles de empleados federales y desmantelado agencias regulatorias. La frontera entre el poder corporativo y el poder estatal ya no existe para ellos, han decidido que son lo mismo.

El manifiesto de Palantir debe leerse en ese contexto. No es la visión filosófica de un intelectual excéntrico. Es el programa político de un bloque de poder que ya gobierna en los hechos partes sustanciales del Estado norteamericano y que ahora extiende sus tentáculos hacia el Sur Global, buscando laboratorios donde experimentar, aliados donde instalarse y datos que procesar.

La dimensión israelí, Palantir y la tecnología de la guerra

El vínculo de Palantir con Israel merece un análisis específico porque ilumina de manera concreta lo que la empresa hace cuando opera sin restricciones. Las Fuerzas de Defensa de Israel han utilizado plataformas de Palantir en particular el sistema denominado Lavender para identificar objetivos en el conflicto de Gaza. Investigaciones periodísticas publicadas por +972 Magazine y Local Call revelaron que el sistema generó listas de decenas de miles de personas catalogadas como “objetivos militares” con márgenes de error reconocidos por sus propios operadores. El contrato de Palantir con Israel no es un secreto, la empresa lo ha defendido públicamente como parte de su compromiso con la seguridad de las “democracias” occidentales.

El manifiesto es explícito al respecto, «La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar.» La frase «debates teatrales» es la manera en que los constructores de armas descalifican el debate democrático sobre sus consecuencias.

Trasladar esa lógica al contexto argentino implica imaginar una plataforma que cruce los datos de ANSSAL, AFIP, Migraciones, el INDEC, el sistema bancario y las telecomunicaciones bajo el control de una empresa que también provee servicios al ejército norteamericano, a la CIA, al FBI y a la inteligencia israelí MOSAD. Las implicancias para la privacidad de la ciudadanía argentina, para la soberanía del Estado, para la democracia y para cualquier fuerza política de oposición son, sencillamente, devastadoras.

Soberanía digital o colonia de datos: la disyuntiva argentina

Lo que está en discusión en Buenos Aires en estos días no es un contrato de software. Es la soberanía del siglo XXI. La soberanía digital, la capacidad de un Estado de controlar los datos de sus ciudadanos, de definir qué información se recoge, cómo se procesa y quién tiene acceso, es hoy tan fundamental para la independencia nacional como lo fue la soberanía territorial en el siglo XIX.

Argentina tiene un historial complejo con la cesión de soberanía a intereses externos. Lo hizo con la deuda pública en el siglo XX. Lo hace hoy con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Ahora se plantea hacerlo con sus datos, la diferencia con las cesiones anteriores es que los datos no se pueden recuperar, una vez que una corporación ha procesado, catalogado y analizado el conjunto de la información de un Estado, ese conocimiento no retorna, es irreversible.

El DNU 941/2026 que crea la Agencia Federal de Ciberinteligencia y el acuerdo de transferencia de datos con Estados Unidos forman el andamiaje legal que haría posible esta cesión. La visita de Thiel es la coronación del proceso, no viene a proponer negocios, viene a cerrar una transacción que ya fue preparada meticulosamente desde el Estado entreguista de Miley.

La investigadora Valeria Di Croce explicó el mecanismo con precisión, lo que Palantir ofrece a los gobiernos son herramientas para cruzar bases de datos de distintos organismos, construyendo perfiles de personas y grupos que ningún servicio de inteligencia estatal podría construir por sus propios medios. El resultado no es eficiencia administrativa, es vigilancia total.

El abogado Garbarz fue tajante en su advertencia, «Ya no puede hacerlo por la puerta de atrás con reuniones secretas entre empresarios, servicios y funcionarios. Cualquier vínculo contractual con Palantir debe ser sometido a debate público, control parlamentario, auditorías técnicas externas y publicación de contratos.»

Thiel y la democracia

No es necesario especular sobre la relación de Thiel con la democracia representativa ya que él mismo la definió. En 2009, en un ensayo publicado en el Cato Institute, escribió,  «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles.» No es una cita sacada de contexto, es la síntesis de una cosmovisión elaborada durante décadas. Thiel es lo que los politólogos denominan un neorreaccionario, alguien que considera que las instituciones democráticas son obstáculos ineficientes para el progreso tal como él lo concibe.

En octubre de 2025, en conferencias privadas, Thiel calificó a los críticos del desarrollo irrestricto de inteligencia artificial como «legionarios del Anticristo». Cuando un periodista del New York Times le preguntó si prefería que la raza humana perdurara, Thiel hizo una pausa larga antes de responder, «No sé». El hombre que negocia hoy el control de los datos de los ciudadanos argentinos no está seguro de que la humanidad merezca sobrevivir.

El manifiesto de Palantir hay que leerlo a la luz de esa biografía. Cuando el texto dice que «los servidores públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes», está descalificando al funcionariado democrático. Cuando deplora que «la psicologización de la política moderna nos desvía», está atacando la legitimidad de la representación popular. Cuando afirma que «el hard power de este siglo se basará en el software», está declarando que el verdadero poder ya no es político sino tecnológico. Y cuando ese poder tecnológico está en manos privadas, la conclusión lógica es que la corporación reemplaza al Estado.

Nombrar lo que está pasando

El periodismo tiene una responsabilidad fundamental, nombrar las cosas por lo que son. Lo que está ocurriendo en Buenos Aires en este momento no es una visita de negocios. Es la avanzada de un proyecto de poder que ya opera en los centros del capitalismo global y que busca expandirse hacia el Sur usando como puerta de entrada a un gobierno que comparte su ideología y que ha desmontado sistemáticamente los mecanismos de control institucional que podrían haberlo resistido.

Peter Thiel llegó sin ruido porque el ruido le habría costado la operación, compró una mansión porque no piensa irse, se reunió con Santiago Caputo el hombre que opera la inteligencia del Estado antes de reunirse con el presidente porque el orden de los encuentros revela el orden de las prioridades. Y publicó el manifiesto en el momento de la visita porque los documentos programáticos se publican cuando se tiene el poder suficiente para no necesitar disimular.

El manifiesto de Palantir no propone una alternativa a la democracia en términos teóricos, la descalifica, presentando a la élite tecnológica como la única capaz de garantizar la seguridad y el progreso. Es la ideología de los señores feudales del siglo XXI, con servidores en la nube en lugar de castillos y algoritmos en lugar de ejércitos, aunque también tienen ejércitos.

La pregunta que Argentina debe hacerse no es si Thiel tiene buenas intenciones. Las intenciones no importan cuando el poder es asimétrico. La pregunta es si este país tiene la voluntad institucional, la capacidad legislativa y la conciencia popular para exigir transparencia, control democrático y soberanía sobre sus propios datos antes de que la decisión sea tomada, en secreto, en un despacho de la Casa Rosada entre un magnate que no cree en la democracia y  cara visible de un pelele al frente de un gobierno que comparte esa desconfianza.

Lo que se negocie ahora tendrá consecuencias que durarán muchas décadas.

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