El manual del derrumbe: cómo Europa creó al consumidor perfecto
De la caída del Muro a la pastilla del domingo: el plan que desactivó a una generación
Nota: Alfonso Ossandón – Periodista – Diario La Humanidad
Corresponsalía Milano / Italia
¿Qué pasó con la generación que heredó el fin de la Guerra Fría? No fue liberada: fue administrada. Entre la desindustrialización, la cultura del éxtasis, la medicalización con psicofármacos y el fin del trabajo estable, Europa diseñó un sistema perfecto para convertir jóvenes en consumidores ansiosos, aislados e inofensivos. Hoy, mientras la OTAN busca soldados para sus próximos conflictos, se topa con una generación que prefiere un ansiolítico antes que un fusil. Este artículo, basado en el informe de Alfonso Ossandón Antiquera, analiza cómo el derrumbe sistematizado de los años 90 explica la crisis de salud mental, el auge farmacéutico y la nueva precariedad laboral que define a la Europa de este 2026. Porque el problema ya no es quién va a trabajar, sino quién va a pelear.
El manual del derrumbe
Cómo se sistematizó la caída después del Muro
Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, Europa no firmó la paz. Firmó un problema de administración. De la noche a la mañana, el continente tuvo millones de jóvenes que ya no necesitaba en las minas, en los astilleros, en los altos hornos ni en los cuarteles. La pregunta no fue qué hacer con la libertad? Fue qué hacer con el sobrante?
La respuesta no se escribió en un documento.
Se sistematizó en cuatro movimientos que todos los gobiernos aplicaron.
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Primero, desmantelar el cuerpo.
Entre 1990 y 1997 se privatizó la industria pesada del Mar del Norte al Mediterráneo. Donde había una fábrica de Elf Aquitaine o de British Steel, se instaló un centro comercial o una discoteca. Al obrero se le quitó el salario fijo y se le dio un subsidio, un curso de reconversión y tiempo libre. Reconversión fue el eufemismo técnico para decirle a una generación que ya no hacía falta.
Segundo, anestesiar la cabeza.
Un pueblo con tiempo libre y sin futuro es peligroso porque se organiza. La solución que encontró Europa fue el carnaval químico. Entre 1988 y 2008, el éxtasis holandés, el speed belga y el ácido alemán pasaron de ser perseguidos a ser tolerados. El Reino Unido intentó prohibir los raves con la Criminal Justice Act de 1994 y fracasó. Luego entendió el negocio: licencias, festivales, turismo, IVA. La contracultura se volvió industria nocturna.
Era más barato y más seguro tener a los jóvenes en un warehouse a las cuatro de la mañana que en un sindicato a las diez.
Tercero, medicalizar la resaca.
Esa generación que bailó su precariedad tuvo hijos. Y esos hijos heredaron la misma precariedad, pero sin música. Aquí entró la farmacéutica. Al padre se le dio una pastilla ilegal para que soportara el fin de semana. Al hijo se le da una pastilla legal para que soporte la semana completa: metilfenidato para estudiar, ansiolítico para dormir, antidepresivo para salir a la calle. Ya no hace falta un dealer en un puerto. Basta con una receta. De la pastilla del sábado a la pastilla de lunes a viernes. Es la primera generación europea que está más drogada que sus padres, pero de forma legal, limpia y cotizada en bolsa.
Cuarto, el problema final. ¿Quién va a pelear?
La OTAN tiene en 2026 un problema que no resuelve ningún presupuesto. Tiene fragatas, tiene F-35, tiene bases desde De Kooy hasta Polonia. Lo que no tiene es infantería dispuesta. No se puede mandar a morir por Narva o por Suwalki a un joven de 28 años que trabaja veinte horas para una aplicación, que paga la mitad de su sueldo en un cuarto en Bruselas o en Milán y que necesita sertralina para tomar el metro.
Se sistematizó el derrumbe con tanta eficacia que se logró.
Se creó al consumidor perfecto: ansioso, aislado, endeudado e inofensivo. Un consumidor no combate. Consume.
Cuando suena la alarma de abandono real, no la del simulacro, todos buscarán la lista de embarque para las cápsulas de salvamento. Y descubrirán lo que ya sabían los caboverdianos en la plataforma Trident 14 en 1991: que están los últimos en la lista.
La pregunta no es si la OTAN necesita al Estado Islámico o al ratón Mickey para pelear sus guerras. La pregunta es si alguien, en Europa, todavía cree que esa plataforma le pertenece.
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Nota: Alfonso Ossandón – Periodista – Diario La Humanidad
Corresponsalía Milano / Italia © Diario La Humanidad
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