La nueva arquitectura de la dominación
«No hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.»
— Walter Benjamin
Vivimos en la paradoja de la sociedad de la información, nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir entre comprender y simplemente consumir datos. La hiperconectividad nos promete libertad, pero también nos introduce en una arquitectura de dependencia donde cada interacción deja una huella, cada preferencia alimenta un algoritmo y cada decisión fortalece un sistema que nos conoce mejor de lo que nosotros mismos creemos conocernos.
NOTA: Patricio Mery Bell, Diario la Humanidad
Santiago de Chile
Baruch Spinoza sostenía que “los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones, pero ignoran las causas que las determinan” (Ética, Parte II, proposición 35, escolio). En la era digital, esa afirmación adquiere una vigencia inquietante: creemos elegir qué leer, qué comprar o qué pensar, cuando muchas de esas decisiones son moldeadas por sistemas de recomendación, economías de la atención y arquitecturas digitales diseñadas para capturar nuestro tiempo.
Desde otra perspectiva, Theodor W. Adorno advirtió que la racionalidad técnica podía convertirse en una forma de dominación. En Dialéctica de la Ilustración, escrita junto a Max Horkheimer, mostró cómo la industria cultural transforma la autonomía en conformidad. Hoy esa lógica no desaparece, se perfecciona. La personalización algorítmica produce la ilusión de singularidad mientras homogeneiza comportamientos y convierte la atención humana en el recurso más valioso del mercado.
Sostené el periodismo independiente
Este medio existe sin corporaciones ni gobiernos. Tu aporte permite seguir informando sin condicionamientos.
Aportar ahoraPago rápido y seguro con tarjeta o PayPal. No necesitás cuenta.
Para Jacques Derrida, todo sistema de significados está atravesado por diferencias, ausencias y relaciones de poder. La tecnología no es neutral porque tampoco lo son los lenguajes, los archivos ni las categorías con las que organizamos la realidad. Los algoritmos clasifican, jerarquizan y excluyen; cada decisión automatizada incorpora una interpretación del mundo, aunque se presente como objetividad matemática.
Y quizás nadie describió mejor este escenario que Michel Foucault. En Vigilar y castigar explicó cómo el poder moderno deja de actuar únicamente mediante la fuerza para operar a través de la vigilancia permanente y la disciplina interiorizada. El panóptico ya no necesita muros, hoy cabe en un teléfono inteligente. La vigilancia ya no es exclusivamente estatal; es también corporativa, distribuida y, muchas veces, voluntaria. Compartimos datos, ubicaciones, hábitos y emociones porque participar en la vida social parece exigir esa exposición constante.
Pero el mayor riesgo no es la vigilancia en sí misma, sino la renuncia al pensamiento crítico. Cuando el conocimiento es sustituido por información fragmentada y el juicio por tendencias algorítmicas, emerge una ciudadanía cada vez más enajenada. En el sentido de Karl Marx, la alienación ya no se limita al trabajo: alcanza también la conciencia, transformando a las personas en consumidoras de discursos antes que en productoras de pensamiento. Theodor W. Adorno advertía que la industria cultural no solo entretiene, sino que estandariza la conciencia y debilita la capacidad crítica. En ese escenario, la opinión de las masas deja de construirse mediante la deliberación racional para ser el resultado de estímulos permanentes, emociones instantáneas y narrativas diseñadas para maximizar la adhesión. Una sociedad que sabe cada vez más datos, pero comprende cada vez menos su realidad, es una sociedad más fácil de dirigir que de gobernar; más proclive a repetir consignas que a cuestionar el poder.
La cuestión ya no es si utilizamos tecnología. La verdadera pregunta es si somos capaces de conservar nuestra autonomía en un entorno diseñado para anticipar, influir y monetizar nuestras decisiones.
La sociedad de la información representa una oportunidad extraordinaria para democratizar el conocimiento. Pero sin pensamiento crítico, transparencia algorítmica y una ética digital sólida, corre el riesgo de convertirse en una sociedad de la vigilancia, donde la libertad se redefine como la capacidad de elegir entre opciones previamente calculadas por otros.
En un tiempo donde la inteligencia artificial, el big data y la conectividad permanente redefinen nuestras relaciones, la verdadera innovación no consiste únicamente en desarrollar tecnologías más poderosas, sino en formar ciudadanos capaces de pensar con autonomía, cuestionar los discursos dominantes y defender su libertad intelectual. El progreso tecnológico sin conciencia crítica puede conducir a una sociedad más eficiente, pero también más obediente.
Como advertía Benjamin, toda expresión de progreso puede contener su propia barbarie. La pregunta es si seremos protagonistas conscientes de esta transformación o simples datos dentro de ella.
TE RECOMENDAMOS LEER:
Los artículos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.
