Todos conocemos la historia del Titanic; algunos siguen creyendo que la pregunta central es si Jack y Rose hubieran cabido juntos en la misma tabla o no; pero ese no es el debate. Yo no tengo ni idea de qué hubiera hecho en el Titanic, pero me sirve de excusa para pensar en voz alta mis preocupaciones internas y mis incertidumbres sobre el arte de gobernar. La verdad es que el barco era una tarea con mucho más en juego que un simple paseo.

Me dirán que no es comparable un viaje con una gestión de gobierno, pero hay demasiadas coincidencias. Tal vez, para mí, la más relevante, es que un barco que tiene una ruta (uribista) determinada, no necesita sino un piloto automático: seguir la inercia que, así sea salpicada de incompetentes, no es “rocket science” (ciencia espacial).

Usemos como ejemplo otro medio de transporte: un avión puede entrar en modo automático sin muchas necesidades de pericia ni de inteligencia, la cosa se complica cuando se trata de despegar o de aterrizar. Las destrezas se miden en esos momentos. Mantener el Estado colombiano como venía lo puede hacer hasta Duque, pero cambiar el rumbo del Titanic sí que es complicado.

La tripulación del Titanic

Hay tres tipos de tripulación que afectan para mal un viaje. Los primeros, los que pueden y no saben. Están allí, en el cuarto de máquina o, a lo mejor, en la cubierta. Tienen el poder, pero no el conocimiento. Pueden dar órdenes, pero no saben qué órdenes dar, porque la tormenta no es lo suyo, porque llegaron allí por ser hijos de un amigo del contramaestre.

La capacidad de gestionar no se improvisa, máxime cuando estamos tan acostumbrados a las consignas y a los discursos frente a nuestro público, a mirarnos el ombligo. A veces alguien con poder (por ejemplo, Ernesto Macías) suele terminar siendo un palo en la rueda que obstaculiza el más mínimo procedimiento, alegando algo de lo que no sabe.

Los segundos, los que quieren y no pueden. En verdad, quieren ayudar, pero su poder está limitado, ya sea porque, aunque sepan de navegación no hacen parte de la tripulación, no fueron llamados a decidir sobre la maquinaria, no conseguirán que les obedezcan y sus gritos quedarán en el vacío.

Hay gente valiosa, que sabe de temas de manera técnica, pero que están por fuera de escenarios donde puedan aportar. Muchos son activistas (de Colombia Humana) muy juiciosos que han demostrado claramente de qué lado están y no han sido llamados a responsabilidades técnicas. Este proyecto será de todos en la medida en que todos sean convocados. Pero ese “todos” debe priorizar a quienes creen de verdad en el cambio.

Los terceros son los que saben y no quieren, son muchos de los que se quedan con cargos de importancia en la tripulación, los que exhiben pergaminos, los que se ufanan de sus muchas horas de navegación, pero que tienen clara su postura: no quieren. Poco importa que ellos se hundan con el barco. Son, como aquellos que decía el Quijote: capaces de arriesgar los dos ojos por sacarle uno al enemigo.

La velocidad y la ruta

¿Cuál debería ser la velocidad adecuada? Ante el riesgo inminente del Titanic había que moverse, sin duda; pero un iceberg al frente a una gran velocidad impediría una maniobra. Igualmente, una lentitud injustificada solo serviría para consumir los suministros antes de lo presupuestado.

También, como dicen algunos, haber apurado el viaje (lo que parece hizo el propietario del barco al presionar al capitán) solo alimentó la tragedia. A propósito de lo anterior, ser el capitán no es ser el dueño del barco.

¿Qué velocidad pedimos en los cambios de Petro? ¿Qué velocidad es posible y cuál es la necesaria? Adentro va el dueño, pero también los obreros de los hornos del barco. La velocidad necesaria cambia con el clima y la ideal casi que no existe.

Claro, ya sé que para algunos lo ideal es cambiar de barco por uno donde no haya capitanes ni dueños ni obreros. Con esto último yo estoy de acuerdo, pero el barco ya zarpó; es lo que hay. Partir de lo que tenemos (y no de lo que soñamos) es tener principio de realidad.

Claro, hay el temor de que el argumento de la velocidad en los cambios tenga mucho de excusa, porque hay cosas que no requieren tiempo sino voluntad; aunque también hay cosas que pedimos ya y para lograrlas se requiere mover un Titanic por exagerado que parezca. Me decían que un ministro no ha logrado cambiar un escritorio de oficina porque una norma lo prohíbe. Se llama el Titanic del Estado colombiano ¡Hágame el favor!

Y hay quienes quieren que el Titanic gire 180 grados sin alterar su sueño, sin que se sienta la más mínima inclinación, porque según ellos la paz y la armonía (así, en abstracto) que «nace del corazón» de la tripulación es suficiente para evitar el desastre.

Los icebergs

La existencia del iceberg no es responsabilidad de la tripulación del Titanic, pero la ruta sí. Hay icebergs de muchos tamaños y formas, están ahí. Un capitán no solo debe ser consciente de su existencia, sino que debe prever que estén en su camino. Su deber es adelantarse a los acontecimientos. No tiene ningún derecho a decir que no lo vio venir. Por algo es precisamente el capitán.

Son tantos los icebergs que el Titanic que, para avanzar, este Gobierno tiene que volverse un rompehielos, pero no lo es. Es más, a parte de la tripulación no le importa avanzar. Hay icebergs de todos los tamaños y colores: desde el fetiche legal hasta los presupuestos amarrados hasta la crisis mundial, pasando por la inercia burocrática del Estado colombiano.

Y claro, con toda razón, desde el Catatumbo hasta Nariño las comunidades gritan: Iceberg a estribor y eso hay que atenderlo. Sigue la violencia, ha disminuido, pero sigue, porque las variables a atender no son solo cuantitativas sino cualitativas.

Hay un iceberg inmenso en el sector empresarial, otro en las fuerzas armadas, en la guerra misma… Y los icebergs no se derriten en una tarde, pero esa no puede ser excusa para detenerse. Es más, la vocación de rompehielos del Titanic no puede, de ninguna manera, sacrificarse, en aras de una supuesta armonía mal habida dentro del barco.

En caso de emergencia

Poco importa hoy saber si el timonel del Titanic tuvo más culpa que el primer oficial en la tragedia. Lo cierto es que al Titanic lo hundió la parte no visible del iceberg, lo oculto a los ojos de los tripulantes. Una buena tripulación debe saber que la frase “la punta del iceberg” indica que el problema es lo que hay debajo, eso que no vemos.

Petro verá unas cosas, los ministros otras en detalle, pero la sociedad ve aquello que le muestran. Hay problemas de comunicación, pero también de visión política. No podemos simplemente decir que “es culpa del iceberg” y no de la tripulación. Decía el viejo Marx que “No basta con decir, como los franceses, que su nación fue sorprendida (…). Con estas explicaciones no se aclara el enigma; no se hace más que presentarlo de otro modo”.

En pocas horas, el barco se inundó. La arrogancia había impedido que hubiera los botes salvavidas necesarios para todas las personas. Las ratas saltarían de primero del barco; bueno, eso dice el mito urbano. Seguir tocando, como hizo el cuarteto de músicos, mientras el barco se hunde es heroico pero inútil; es romántico, pero hasta innecesario. Claro que tiene una alta cuota de dignidad, pero todavía no sé si esa decisión fuera la más adecuada.

Gritar “Primero las mujeres y los niños”, tal como se hizo en el Titanic, no es sino la aceptación del fracaso. El frio era y es real. Ya sé que al final todos murieron, unos en la tragedia y otros en la vejez. Claro, todos moriremos, pero ese tampoco es el debate, sino el de qué pasará entre hoy y el día de la muerte.

Allí iban migrantes pobres y pasajeros ricos; un capitán con un camarote lujoso y trabajadores en los hornos de carbón. Los que se salvaron fueron los más ricos. El 75% de los pasajeros de tercera clase murieron. Es cierto, como suele decirse, todos vamos en un mismo barco, pero la posibilidad de salvarse y las condiciones del viaje sí que dependen de la clase social (aunque algunos digan que Marx está muerto y enterrado).

Los telegrafistas del Titanic se volvieron un ocho, entre las prioridades sobre qué informar y el pésimo trato dado, en vez de ser una esperanza de salvación parece que solo contribuyeron a la confusión general y al caos. Que, como dice el refrán, un capitán se hunda con su barco es lo esperable, pero el resto de los pasajeros y de la tripulación pues no.

Esos telegrafistas hoy se dividen entre unos medios de comunicación abiertamente opositores (que no hacen periodismo sino propaganda), unos medios alternativos que no han sido adecuadamente tenidos en cuenta y unos asesores de comunicación de Petro que parecen servir más a la agenda de sus contradictores.

La película sirve para ver otra parte de la historia, para inventar un pasado que nunca existió, pero no para evitar el naufragio. Escribir el libreto años después de una tragedia algo enseña, pero solo en un mundo donde la principal de las lecciones aprendidas es que nadie aprende de las lecciones aprendidas.

PD-1: algunos llaman a “conciliar todo”, no logro entender ese llamado, al que se suman los timoratos y los cobardes. No creo que el iceberg y el Titanic puedan conciliar. Como decía el viejo Marx: “los obreros franceses no podían dar un paso adelante, no podían tocar ni un pelo del orden burgués, mientras la marcha de la revolución no se sublevase contra este orden”. Añadió que “sin revolucionar completamente el Estado francés no había manera de revolucionar el presupuesto del Estado francés”. Ojalá el viejo Marx esté equivocado y algo se pueda hacer antes de chocar contra el iceberg.

PD-2: Yo si creo que Jack hubiera cabido en la tabla. Fin del comunicado.

Escrito por Víctor de Currea-Lugo

Publicado originalmente en https://victordecurrealugo.com/titanic-gobernar/

Los artículos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben

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