El sentir del Caribe Mar en la poesía de Karla Rodríguez Behrens
NOTA: Carlos Matute Ron, Diario la Humnaidad
Nueva Esparta – Venezuela
La literatura venezolana se reoxigena para estas épocas donde el verano nos va fulgurando voces que nos adentran a su instancia personal, íntima, sagrada. Quizá ello es lo que abre un proceso o diálogo a algo que habita desde muy niños y aspira ser nombrado.
Un tanto ello es lo que ocurre en la poesía de Karla Rodríguez Behrens, margariteña de nacimiento y sentimiento, periodista de profesión, tamborera y bailarina en su adn ancestral y en la agrupación Cimarrones, tejedora de flores para sus vestidos, fotógrafa de lo en teoría cotidiano pero, poeta de su mundo personal, del que viene de otras vidas y que está más vinculado al alma, al karma, al dharma.
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Esta voz poética nació hace 45 años en la ciudad marinera de Porlamar. Y sus ojos de cronista y reportera han visto miles de veces la bahía el cerro y su hábitat xerófilo, la magia del Caribe Mar de su gente que es sencilla y humilde.
Pero, ¿cómo ve una poeta eso que tantas veces sus ojos vieron para el periodismo? Quizá allí está lo hermoso que se ha venido transformando a través del tiempo, ante el evidente apuro de tener que entregar una nota el reportaje a la sala de redacción. No, la poesía tiene otras medidas, otro tiempo, otra acechanza que habita más en el silencio de quien observa el mundo y lo celebra cuando lo escribe y lo revive cuando lo comparte.
Pero no quiero continuar estas líneas de introducción para sus textos.
El hecho está en leer a Karla Rodríguez Behrens, saberla desnuda allí en sus letras cargadas de un sentimiento que y en definitiva nos transportan a ese paisaje caribeño, a esa necesidad que aguarda al ser por mostrar aquello que la vuelve única e incomparable.
Su poesía es como la misma luz del Caribe, hay que vivirla. Y dejarse ir cuál loco de macuto, en su revelación sublime.
Acá un breve compilado de textos inéditos. Que se van fraguando para su primer libro de poemas reunidos. Entonces, celebremos el caribe al mar, en su vuelo sagrado de palabras donde se observa desde la crónica, donde se escribe al ritmo de tambor, donde el paisaje es la fotografía en movimiento que se transforma desde el sentir de quien sabe que poesía, poema y poeta son una triada exacta.

OMBLIGO CARACOL
Un espiral infinito desde la arena alrededor de mi ombligo hasta galaxias oscuras y azules, profundas en la nada.
El espiráculo de mi ser abunda en existencia dentro de ese caracol, acaricia memorias eternas, se retuerce de hambre y sed, sufre y goza en una vigilia estelar que duraría todas las noches, todos los días, todos los tiempos de este tiempo.
GRIETA DE MAR
Una membrana de agua revienta contra la madera, percutiendo una vivencia de antiguos comienzos, de océanos atemporales, diferentes. El estallido viaja en la brisa salada – gota a gota – salpica la mano arrugada de un hombre, que en sus anhelos, escribió con tinta del cielo la fecha de su arribo cálido y seco a puerto seguro. ¿Qué puerto será más seguro que su fluir ausente sobre las olas? ¿Cuánto silencio hay entre un corazón anhelando y la voluntad del océano?
Ya salió el primer lucero y en la boca de una nube alumbra con desespero.

DE LA REALIDAD, RECUERDO UN CÁLIDO MURMULLO
Voy a mostrarte la superficie de una historia con rayitas delgadas entre una verdad y la locura, siempre conectadas en el mismo espacio-tiempo.
Los nexos entre las personas suelen ser tangibles para algunos e ignorados completamente por otros, es un tipo de «censura cósmica» o una intuición dormida la causa común de experimentar como la vida juega a pegarte a otros como pan con chocolate, y simplemente no somos capaces de reconocer la envoltura mágica de esos encuentros. Si el tiempo no existiera, estaríamos dando vueltas físicas alrededor de una experiencia, esperando que ambas personas estén en la misma frecuencia-conciencia; ir y venir de este mundo tantas veces, solo para aprender a sentir lo que realmente somos: el cálido murmullo de algún recuerdo.
No creo en los estereotipos de relaciones sociales, tampoco en nuestros intercambios comerciales, mi única creencia esta grabada en mi alma y es la brújula de mi presente, hay mucha felicidad después de la mente, solo hay que confiar y dejar que se manifieste el caos sin gastar energías tratando de ordenarlo, así llevo mi existencia, así encontré una luz que me llena de paz.
UN TELAR DE CANCIONES
-Te voy a tocar un tambor pa’ que escuches variaciones, pa’ que te sientas contenta y repartas estas flores, mujer de fuego prendío de poderes a montones, ven que te llevo hasta el cielo con caricias y canciones-
-Cuando caía la noche sobre la mar encantada, se bañaban los negros con su libertad prestada, con lagrimas de pesar y ese cuerpo alborotao no encontraban razones pa’ vivir arrimaos, poco a poco se subían palma arriba, palma sola, pa’ concretar el Malembe que su alma les implora-
-Que San Juan los bendiga gritaba Carmela “la enamorá”, llorando sobre Benigno que se fue y no volverá-.
Entre líneas
Los sonidos ancestrales reflejan un telar de puntos rodados que dibujan fractales sutiles como lo sagrado, en el misterio de palabras que anida el espíritu humano, ahí los tambores cantan sin temor a ser desangrados.
PIÉRDEME, POR FAVOR
A Fina Rondón y todas las mujeres que comparten mi humilde sentir.
¡Claro que no somos iguales! No solo por ser caleidoscopios distintos, también en los matices más conscientes y evidentes somos diferentes.
Vengo de un segmento flotante de este planeta en donde las mujeres dejamos de consumir modas globales, pinturas para maquillar la esencia, estereotipos de cuerpos y otras miserias oscuras, porque aprendimos en contextos carentes y dolorosos el arte de solo existir, y ante ese acontecimiento que es estar vivas, encontramos ranuras más amables por donde fluir, las únicas disponibles por la buena fortuna del poder más alto y mágico de la creación universal, aprendimos a reciclar telas, emociones, rechazos, golpes, complejos; a tejer como refugio inseparable del silencio, a cantar en la guarida de la soledad y con otras voces, a sembrar todo lo que florece; aprendimos a danzar y hallar dosis inimaginables de felicidad en la nada, con nada disponible en una vitrina.

Con el alma que somos, sumamos energía en las crianzas, trabajamos sin egos profesionales, sin aspiraciones egoístas, vamos descalzas en la tierra de fuego, en el mar fluido de nuestro propio sendero, no perseguimos: anhelamos y manifestamos; soltamos hasta lo más preciado porque nada nos pertenece, ni los hijos, ni las amigas, ni la familia, ni la pareja; todo nos es dado en consecuencia de un lenguaje hilado con causas de amor propio y ajeno.
Los amaneceres nos arrullan, los atardeceres nos liberan; libres, solas, amando y alumbrando con destellos montañas de sistemas estructurales que nos presumen en entramados sociales.
Mucho se ha dicho del poder de la mujer, poco se habla de las renuncias y las carencias que desatan el hambre de la consciencia femenina (en hombres y mujeres), esa consciencia que despierta y nos moviliza desde las tripas cada vez más a la desnudez y la espontaneidad de ser: ese polvito de estrellas que se va suavecito con su energía bonita experimentando lo sublime y lo terrenal.
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