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Luis Castro y la garúa poética insular que nos trasciende

Luis Castro y la garúa poética insular que nos trasciende

Para ahondar un tanto en la poesía insular es necesario conocer la voz literaria de Luis Castro. Nacido un 13 de abril de 1909 en porlamar. ¿Cuántas caminatas por la bahía de guaraguao le llevarían a iniciar la fábrica de sueños y poemas?


NOTA: Carlos Matute Ron, responsable de cultura de Diario la Humnaidad

Nueva Esparta – Venezuela


En 1919 viaja a Caracas a continuar sus estudios en ese afán de aprender, primero en la escuela normal de varones y luego en el liceo Andrés Bello, donde pasaría a la Universidad Central de Venezuela a iniciar sus estudios superiores en la facultad de derecho, carrera que abandonaría para sumergirse en la lucha clandestina contra la dictadura (Oh, época retornable) de Juan Vicente Gómez. En 1928 es detenido y su cárcel se convierte en suplicio para un hombre de letras. Con un grillete adherido al tobillo y bajo condiciones subhumanas es obligado a realizar trabajos forzosos en la construcción de la carretera de Palenque, en el estado Guárico donde le adviene tuberculosis que le va disminuyendo su vida a los apenas 19 años de edad.

A pesar de su corta producción literaria, a pesar de su corta vida, quizá el mal de esa generación del 28 que no sobrevivió a la felonía de un gobierno entreguist, se lograron rescatar  tres obras del autor insular:  Aguas verdes y otros poemas, Garúa y  Vira, una novela inconclusa.

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Luis Castro, quien fallece un 23 de marzo de 1933, tenía una capacidad innata para moverse en la prosa, que le dio garantía de presencia en la narrativa y la poesía donde la metáfora muy típica de esa época del no poder decir las cosas, le permitió desarrollar un verso lúdico y ameno preocupado por la situación de su país.

Cabe acotar por cierto que son Cruz Salmerón Acosta y Luis Castro, quienes promueven al poeta José Antonio Ramos Sucre a que se vaya a Caracas a continuar sus estudios superiores, dado que entendieron que en el poeta cumonés también habitaba una vislumbración de lo sublime y real maravilloso,  pero de Ramos Sucre hablaremos en otra oportunidad. Ahora nos queda celebrar a Luis Castro y sus poemas. Disponga usted de esta lectura amigo, amiga, lector, lectora, sabremos que alguien hará un trabajo seleccionado de la obra de este poeta insular rindiéndole homenaje a través del mar, la poesía y las cosas sencillas que nos habitan en su Porlamar natal.

Compilado personal

EL MUERTO

Dos cayenas sobre el pecho

y un manantial de pétalos rojos

en la frente altanera,

duerme sueño aquel muchacho fuerte y vivo

que gustaba de las aventuras de amor

en las callejuelas del arrabal.

 El asalto fue rudo, seco,

como cuando muchos acechan y a uno solo.

 Su mano muerta aún oprime el arma

en actitud de angustia y cólera.

 ¡Pobre muchacho!

Te mataron tus sueños,

si te vieras…

Tu pecho es todo un rosal de sangre.

Tu frente ha dado nacimiento a un río.

Qué bien estás.

Despierta,

y goza por un momento de tus sueños.

COSTA

El mar.

Cínico,

no hace más que reír

reír.

Sátiro,

posee la playa histérica.

Las olas voluptuosas

copulizan las rocas.  

Hay espasmos de espumas

BALNEARIO

Sobre la superficie como sobre una cuerda,

Ella

 —acróbata horizontal—

hace gimnasia.

Me he sumergido.

Pez lívido en sus ojos

he bebido sus ojos.

¡Floto!

Al verla se empañan mis pupilas luminosas.

Su melena lacia de olas,

marinera de brisa

me destrenza los músculos.

Y naufragado en ella, flaqueo sobre las ondas.

Comprendo ahora la fascinación de las sirenas!

YO SOY AMÉRICA

 Yo soy el indio, el blanco, el negro.

Yo;

yo soy América.

En su conjunto de caotismo

la refundo toda.

Cuando me conocí era arisco,

áspero;

con la aspereza de las rocas y los cerros incultos.

Rebelde;

y en la tierra fueron pozos de sangre

las marcas de mi huella.

Después…

Un día fui esclavo,

fui esclavo de otro.

Otro que era casi mi igual

pero altivo,

gallardo;

con un fuego en los ojos que no tenían los míos…

Martirio me dieron.

Trabajo me dieron.

Doble trabajo:

domarme a mi mismo y plegarme al otro.

Y el chicote formó los surcos:

el de una lágrima

y una llaga en la espalda.

Pasó tiempo.

Mi sangre iba extinguiéndose

al sufrimiento,

pero al paso que se iba

venía otra invadiéndome.

Y sucedió algo: ~ 18 ~

en mi ser indolente

fue cuajando otro: altivo,

soñador,

entusiasta,

sensual.

Me sentí fuerte poseyendo dos sangres

que eran como dos vírgenes:

podía besar a una y abrazar la otra.

Intrepidez,

agilidad.

Salvé ríos,

domé selvas

y en la mitad de la pampa

bebí infinito a sorbos…

Pero un día vino lo trágico.

Un monje por quererme hacer bien

trajo mi maldición.

Decayó mi pupila

y un poco el labio;

y mí cabellera de hierba tuvo enmarañamientos de bejuco.

A cada nueva hazaña iba hacia los espejos del riacho.

Lucharon raza y raza.

Elegí a una;

la imité.

Pero las otras reclamaron sus fueros.

El caos…

Hervidero de ímpetus contrarios.

Y hoy…

Hoy, yo América he fundido mi moneda de sangre.

El sonido de la moneda es nuevo!

SOMBRA

Cae la noche cristalina.

La culebra de hombres se alarga,

se acorta

se despereza

jadea…

 Mi alma va sombría.

Mi rostro va sombrío.

Soy yo todo una figura tétrica

bajo la manta flácida.

 Al lado mío marcha también mi sombra.

Sobre ella

voy hilvanando una leyenda heroica.

JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE

Mordisqueó las palabras

y vivió lo contradictorio.

Las palabras, suyas,

vueltas exangües

dándole su amor

murieron sin secreto.

Estilizó las noches y los días

y el amor

hasta hacerlo irreal.

Y plegó los labios en rítmico acento

para toda evocación.

Amaba la impavidez:

Llevó a la muerte consigo, siempre,

colgada de una ánfora cristalina

hecha de ensueños embalsamados.

Hasta que la rompió

porque era un juguete de niño incongruente.

Rompió su muerte!

Ya hoy por el camino sin destellos

—túnel de pesadillas—

marcha tranquilo.

Sobre la losa de sus manos aristadas en silencios

lastima un galgo de piedra esmaltada,

símbolo de su voz!

AYER SE MURIÓ LUIS CASTRO

Gloria tocan las campanas

porque los dobles le duelen.

Lo mató una pena dulce

que se le pegó del alma.

En ondas de su penita

se va camino del valle.

Ignoran su itinerario

porque cantó a las estrellas

y amó la mar profunda.

No tuvo tumba en la tierra:

los vientos para llorarlo

hacen lutos de vacíos.

Se va despacito y solo!

En su casa no encontraron

sino unas pocas palabras.

Dejó una fila de amigos

y una esfera de hermanos.

Los campos en sus responsos

pasan rosarios de espigas.

Lo amortajaron las brumas

con serafines de estrellas.

 —Lucerito, lucerito

dijeron las fuentes claras,

ayer se murió Luis Castro

cantemos porque su alma

trae una lágrima viva.

Caminito, caminito

—las rosas y hierbas verdes—

caminito, caminito

hoy tendremos nuevo ocaso.

La luna fría, indiferente

paseaba en otros lugares,

no desveló los senderos

al paso del que se iba…

Y el alma de Luis Castro

vivió solamente un día!

ZAMBA

Negra dulce.

Cómo será tu cuerpo

bajo el hacha suave

de esta tierna mordedura de gritos.

Frente al mudo pecado

que es tu cuerpo sin bridas de pasiones,

canto yo un himno quieto,

venturoso.

Fresca agua de tu cuerpo

para bañar un dolor!

Así cuando no pensamos yendo hacia ti,

dulce, piafante, dolorosa.

En el reguero tardo de tu danza dormida

hallarán los sentidos

todo su mundo amargo.

Negra dulce. Tronco jugoso

de mil ayes lejanos.

 A la sombra de un tono

es tu cuerpo desnudo

filtro de timideces.

Para ti, negra dulce,

esta canción honda

desleirá melancolías

sobre tu cuerpo.

Todo de gritos nuestros.

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