El olor del fracaso: fascismo, deseo muerto y las camas sin piel de Occidente
“Las camas son trincheras vacías. El deseo es un perro atropellado en la autopista de TikTok.”
Nota: Diario La Humanidad – Alfonso Ossandón – Corresponsalía Milano- Italia
Occidente no está cayendo. Ya cayó.
Pero su desplome no se mide en votos ni en PIB.
Se mide en la cama.
En esa cama con sábanas sin olor a cuerpo.
En ese colchón donde ya no hay fricción ni fluidos, solo dos personas pegadas a sus celulares, viendo porno, viendo Gaza, viendo gatos.
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Una paja, una lágrima, y silencio.
El algoritmo nos quitó el cuerpo.
Hay algo que une al video de una mujer siendo bombardeada en Rafah con el video de una actriz porno siendo brutalizada con suavidad: ambos están en la misma pantalla. Ambos caben en la misma rutina antes de dormir. Ambos son parte del ecosistema emocional de un Occidente que consume muerte y sexo como placebo.
Y el cuerpo real: seco, sedado, sobreestimulado pero impotente.
Ahí, en ese cruce brutal entre el horror lejano y el sexo falso, crece el fascismo: en la incapacidad de tener un vínculo auténtico, una erección verdadera, un orgasmo que no sea mecánico.
Los líderes neofascistas no cogen. No saben. No pueden. Pero gritan como si hubieran cogido mejor que nadie. Milei duerme con un perro embalsamado. Kast habla de familia mientras sus hijos huyen. José Antonio Kast y Johannes Kaiser, dos productos del macho blanco chileno colonial, cuerpos entre flácidos y obsesivamente disciplinados, sin sensualidad ni goce, pero llenos de “valores”. El macho alfa herido, devenido coach moral.
Kaiser, con su torso en Instagram, grita contra “la izquierda woke” como si eso fuera una ex que lo dejó. Pero lo que realmente le arde es no saber qué hacer con su deseo mutilado. Como escribió Gabriela Mistral:
“El cuerpo que amé, ya no está en su sitio. Se fue a criar hijos de guerra y de miedo.” (Mistral, Ternura, 1924, p. 54).
Las camas occidentales ya no huelen a piel. Huelen a derrota.
La cama occidental es el espejo más honesto del colapso. Ya no se escucha un jadeo. Ya no se huelen las feromonas. Ya no se habla del otro. Solo se toleran los peos.
Una pareja heterosexual promedio en Europa o América Latina —con gatos, ansiedad y Spotify— ya no hace el amor. No gime. No muerde. Se tira un peo y dice “perdón”. Esa es la última intimidad que les queda.
¿Te reíste? No deberías. Esa es la imagen más pura de la decadencia: el peo como último gesto de confianza.
Orwell lo anticipó en 1984: el sexo libre es enemigo del poder. El Gran Hermano no teme a la revolución armada. Teme a dos cuerpos sudando sin control. Teme al deseo porque es indisciplinado (Orwell, Nineteen Eighty-Four, 1949, p. 90).
Y aquí estamos: sin deseo, sin goces reales, sin erotismo, pero con millones de gigas de porno. ¿Y mientras tanto? En Gaza, cuerpos calcinados. En nuestras casas, cuerpos dormidos. El fascismo no necesita cámaras de gas. Le basta con convertirse en espectador de tu propia vida.
Baudelaire dijo que el progreso había inventado un alma sin cuerpo: “El hombre moderno es el espíritu que ha olvidado la carne” (Baudelaire, El pintor de la vida moderna, 1863, p. 33). Hoy Occidente es una piel sin alma. La carne existe, pero no vibra. La imagen está, pero no toca.
Vivimos en un régimen semiótico en que el amor es una reacción, el sexo una categoría de búsqueda, el sufrimiento una historia de Instagram, y el deseo un algoritmo.
Por eso el neofascismo encaja tan bien. Porque grita en medio del silencio. Porque promete orden donde hay desconexión. Porque impone familia, patria y heterosexualidad donde ya nadie siente nada.
Sí, es así de brutal. Donde no hay deseo, habrá fascismo. Donde no hay piel, habrá orden. Donde no hay jadeo, habrá castigo.
Occidente no culea. Y por eso vota fascista. Y por eso duerme con el celular al pecho. Y por eso acepta el peo como último respiro de lo humano.
Quien no se permita gozar, quien no se atreva a tocar, quien no huela su propia mierda y su propio semen seco, no puede construir democracia.
Porque como dijo Ezra Pound: “Donde no hay deseo, no hay belleza. Y sin belleza, solo queda la ley.” (Pound, ABC of Reading, 1934, p. 23).
Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad 2025
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Imagen: La Humanidad
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