La posverdad como arma de guerra
El caso de Israel y la fabricación del victimario-víctima

Durante los últimos años, el término “posverdad” pareció diluirse del debate público, como si se tratara de una moda académica pasajera que ya no explica los fenómenos actuales. Sin embargo, lejos de haber desaparecido, la posverdad se ha mimetizado con los dispositivos de propaganda más sofisticados de nuestra era, convirtiéndose en una tecnología política al servicio de los proyectos hegemónicos. El caso de Estado Sionista de Israel, especialmente tras los ataques genocidas a Gaza y la ofensiva contra Irán, es un ejemplo paradigmático de cómo se instrumentaliza la posverdad para legitimar crímenes y un genocidio, borrar responsabilidades y manipular la opinión pública global.
NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad
Montevideo – Uruguay
¿Qué es la posverdad y por qué dejó de hablarse de ella?
La posverdad es un arma, es una forma de construcción narrativa en la que los hechos objetivos tienen menos peso que las emociones, los relatos identitarios y los marcos ideológicos preexistentes. En la era digital, donde las redes sociales y los medios hegemónicos multiplican y direccionan discursos, la verdad se vuelve una mercancía disputada.
Dejó de hablarse de la posverdad porque fue absorbida por el poder, cuando los sectores dominantes comprendieron que podían crear realidades paralelas funcionales a sus intereses, dejaron de temerle como concepto crítico. La posverdad pasó de ser denunciada a ser gestionada, administrada y convertida en arma de guerra.
Israel y la posverdad, el arte de revictimizar al victimario
Desde hace décadas, Israel ha perfeccionado el uso de la narrativa del miedo y la victimización. El recuerdo instrumentalizado del Holocausto, la constante alusión a su “derecho a la defensa” y la construcción del “enemigo terrorista” han sido pilares fundamentales de su arquitectura discursiva, reconocer el horror del Holocausto no implica aceptar su uso como escudo moral para un presente colonial y violento, sino de señalar cómo esa memoria es explotada para justificar el presente genocida del Estado sionista.
La posverdad permite que Israel bombardee hospitales y escuelas, arrase con campos de refugiados y viole el derecho internacional, mientras se presenta como una víctima que “no tuvo otra opción”. La imagen cuidadosamente curada del “Estado democrático acorralado” sirve para neutralizar cualquier crítica. Quien denuncia sus crímenes es acusado de antisemita. Quien cuestiona su armamento nuclear es tildado de cómplice del “eje del mal” y quien defiende a Palestina es retratado como un extremista.
La fábrica de matrices, cómo se construye la opinión pública global
La guerra cognitiva no se libra solo en el campo de batalla, sino en las redacciones, en los sets televisivos, en los algoritmos. Israel, con el respaldo de EE.UU. y Europa, utiliza un ejército de voceros, influencers, tanques de pensamiento, bots y medios aliados para instalar matrices de opinión. Cada crimen cometido se justifica antes de que se conozca, cada imagen de una madre palestina llorando es rápidamente contrarrestada por una fotografía emocionalmente manipulada de una familia israelí.
La narrativa es siempre la misma, Israel no ataca, responde, no invade, se defiende, no asesina, neutraliza amenazas. En esa lógica invertida, la resistencia palestina, históricamente reconocida por el derecho internacional como legítima, se transforma en terrorismo y la ocupación, el apartheid y los asesinatos se convierten en “medidas de seguridad”.
La emocionalidad como dispositivo de dominación
La posverdad se sostiene en la emocionalidad, no se trata de convencer con argumentos, sino de activar emociones colectivas. Israel ha aprendido a conmover con testimonios selectivos, a viralizar tragedias propias mientras censura las ajenas. La deshumanización del pueblo palestino es un requisito indispensable para que esta maquinaria funcione, solo así se puede lograr que el mundo tolere miles de niños muertos sin rebelarse.
Desarmar la posverdad para desactivar la guerra
El silencio sobre la posverdad no implica su desaparición, al contrario, su institucionalización como mecanismo de control narrativo la ha hecho más peligrosa. Israel y Estados Unidos no son los únicos actores que la utilizan como herramienta de destrucción, pero Israel sí es uno de los que mejor ha comprendido su potencial destructivo.
Frente a esto, los pueblos tenemos el desafío urgente de rearmar nuestros propios relatos, de construir contra hegemonía, de crear medios populares profesionales, de desmontar las matrices impuestas.
En tiempos de guerra cognitiva, decir la verdad, con pruebas, con afecto, con historia, es un acto revolucionario, la posverdad no es invencible. Pero hay que mojarse hasta empaparse para combatirla.
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