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Turquía e Irán en el nuevo orden mundial: claves geopolíticas del conflicto entre China y Estados Unidos

WEB 23FEB MAPA TURQUIA IRAN

El auge de Asia, la lucha por las rutas energéticas y el papel estratégico de los Estados bisagra redefinen la geopolítica global en la era multipolar

Diario la Humanidad

El nuevo orden mundial ya no se define solo por la rivalidad entre China y Estados Unidos, sino por el control de rutas marítimas, la transición energética y el ascenso de potencias regionales como Turquía e Irán. En un contexto marcado por la multipolaridad, la geoeconomía y el equilibrio de amenazas, estos actores emergen como piezas clave en la disputa global por la influencia, la seguridad y los corredores estratégicos que definirán el futuro de la geopolítica internacional.

Turquía, Irán y el equilibrio de amenazas en la era del constructivismo real.

 Para comprender la arquitectura del nuevo orden mundial, primero hay que observar el mapa de la riqueza mundial y luego el mapa de los mares del mundo.

Tras más de un siglo en el que el centro geográfico del producto interior bruto mundial se mantuvo firmemente anclado en algún punto entre Europa y Norteamérica, el centro de gravedad económico está regresando progresivamente a Asia. Este desplazamiento hacia el este no es un hecho histórico aislado, sino un retorno a la norma histórica, según la cual China representó durante siglos entre el 20 y el 25 por ciento de la riqueza mundial.

Pero esta transición económica trascendental no se está produciendo de forma aislada del marco de infraestructura de seguridad existente, que todavía está diseñado según las normas del siglo XX.

Es precisamente esta brecha entre la realidad económica y la arquitectura de seguridad global la que constituye la forma moderna de la «Trampa de Tucídides». Esta trampa se refiere a la tendencia hacia un choque entre una potencia en declive (Estados Unidos), que aún impone el orden, y una potencia en ascenso (China), que exige un espacio acorde con su peso económico. Y hoy, este choque se manifiesta a través del control de la logística.

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Estados Unidos, como potencia hegemónica, puede estar perdiendo terreno en la industria (drones, baterías, capacidad de construcción naval), pero aún goza de un control absoluto e indiscutible sobre las rutas marítimas mundiales. Este dominio le permite utilizar los océanos y los estrechos estratégicos como poderosas palancas de presión, herramientas para limitar, sancionar y disuadir el potencial de cualquier rival.

Consciente de esta vulnerabilidad marítima, China no intenta aniquilar directamente a la armada estadounidense. Si bien la industria naval china ya ha superado con creces la de Estados Unidos, China sigue atrapada en la «primera cadena de islas».

Así pues, Pekín actúa de forma diferente, aplicando una lógica que podría denominarse la «doctrina del agua»: no rompe la piedra que tiene delante, sino que la rodea, llenando los vacíos con el enorme peso de su propia geoeconomía.

La prueba más evidente de ello no son solo los enormes proyectos de infraestructura terrestre que unen continentes, sino algo mucho más significativo: la transición excepcionalmente rápida de China hacia la energía verde.

En el discurso occidental, la transición ecológica suele entenderse únicamente desde la perspectiva de la responsabilidad climática. Pero en el pensamiento estratégico chino, es una cuestión de supervivencia. China sufre una escasez crónica de energía y una excesiva dependencia del petróleo importado, que transita precisamente por esos estrechos marítimos que Washington puede cerrar de la noche a la mañana.

Por lo tanto, las grandes inversiones en paneles solares, turbinas eólicas y vehículos eléctricos no solo constituyen una medida ambiental, sino también el paso más rápido hacia la autonomía energética total. Con cada nuevo megavatio de electricidad producido a nivel nacional, la amenaza geopolítica proveniente del mar disminuye.

Cuando el panorama general se presenta precisamente así —dominio marítimo por un lado, expansión geoeconómica que elude dicho dominio por el otro—, queda claro que el centro de gravedad del conflicto global se está desplazando hacia aquellos Estados que conectan físicamente estos dos mundos. Se trata de Estados que no son ni protectorados estadounidenses ni satélites chinos, sino centros de poder independientes. Son los llamados Estados indecisos globales. En esta nueva gramática del mundo, donde la geografía vuelve a interpretarse como destino político, dos actores destacan particularmente por su peso específico y sus estrategias diametralmente opuestas: Turquía e Irán.

Turquía: Costumbres geopolíticas y multivectorialidad estratégica

Si los Estados equilibradores son los actores más característicos del nuevo orden global, entonces Turquía es su ejemplo más visible. No se trata simplemente de una potencia intermedia que maniobra tácticamente entre las grandes potencias. Es un Estado que habita simultáneamente varios «mundos geopolíticos» y obtiene su mayor ventaja negociadora de esta fragmentación del orden.

En el caso de Turquía, la geografía no es el telón de fondo de su política, sino su lógica principal y constante. Pocos Estados se encuentran en una intersección tan densa de diversos espacios de seguridad. Para Ankara, el control del Bósforo y los Dardanelos, su posición entre el Mar Negro y el Mediterráneo, y su proximidad a los Balcanes, el Cáucaso y Oriente Medio son más que simples hechos geográficos. Constituyen un «cruce fronterizo» geopolítico para numerosos Estados, regiones e intereses. Así, Turquía se posiciona como un puesto de control donde se cobra un precio por su indispensabilidad para ambos mundos. Este posicionamiento fomenta un tipo único de autoconciencia estatal: Turquía no es simplemente un territorio que defender, sino un paso que puede controlarse. Su fortaleza reside precisamente en su capacidad para condicionar la proyección de poder de otros. Esto se evidencia en las relaciones entre la UE y Turquía en materia de política migratoria y en el estatus y las capacidades de las instalaciones militares estadounidenses.

Esta autoconciencia ha provocado un cambio radical en la estrategia nacional turca. Durante la Guerra Fría, Turquía era percibida principalmente como el ala sur de Occidente: un pilar geográfico disciplinado encargado de limitar la proyección soviética hacia mares más cálidos. Pero el contexto multipolar ha transformado esta percepción. Turquía ya no acepta el papel de periferia de otros, sino que reivindica su estatus de «estado central».

Hoy en día, Turquía es un Estado equilibrador de excepcional importancia, un actor que practica el multivectorismo estratégico. Sigue siendo miembro de la OTAN, pero al mismo tiempo adquiere grandes cantidades de energía rusa, manteniendo relaciones pragmáticas, y monitorea de cerca el avance geoeconómico de China, rechazando la subordinación estratégica exclusiva a cualquier centro. Su pertenencia a las alianzas occidentales es cada vez menos una cuestión de disciplina de valores y más una herramienta para obtener ventaja estratégica. La producción militar es un claro ejemplo. La industria militar turca no podría ser tan desarrollada y masiva sin los elementos cruciales que recibe de Occidente.

A diferencia de muchas otras potencias medianas, que basan su autonomía únicamente en la retórica diplomática, la ambición de Turquía se fundamenta en una sólida base material. Esta autonomía está protegida por el poder duro: el segundo ejército más grande de la OTAN, una industria de defensa nacional cada vez más agresiva y una presencia militar que proyecta fuerza directamente en Qatar, Libia y Somalia. Pero su alcance también se calibra mediante el poder blando, a través de iniciativas culturales, educativas y de desarrollo en los Balcanes, el Cáucaso y África. Esta doble estructura permite a Turquía no solo ser un factor emergente en medio de las crisis, sino un actor que impone condiciones sobre el terreno y permanece profundamente arraigado mucho después de que estas hayan terminado.

Sin embargo, un análisis geopolítico objetivo de Turquía también debe reconocer sus limitaciones. La autonomía geopolítica es costosa y, en el caso de Turquía, suele conllevar una mayor vulnerabilidad económica interna. Las graves tensiones económicas, la inestabilidad monetaria y la alta polarización interna son un claro recordatorio de que los Estados equilibradores a menudo se benefician de la fragmentación global, pero son igualmente vulnerables a sus consecuencias. Turquía es un ejemplo sumamente influyente, aunque no omnipotente, de una nueva era: lo suficientemente segura como para aprovechar las fisuras del orden establecido, pero constantemente en riesgo de extralimitarse en sus ambiciones.

Irán: Una fortaleza inexpugnable

Si Turquía es un Estado equilibrador que utiliza su geografía para abrir corredores y ampliar su margen de maniobra, Irán encarna una lógica igualmente importante pero diametralmente opuesta: un Estado que transforma la geografía en una fortaleza impenetrable. Su peso estratégico no solo proviene de su potencial demográfico o energético, sino también de su ubicación en la encrucijada donde convergen el Golfo Pérsico, la Cuenca del Caspio, el Cáucaso y las rutas hacia el sur y el centro de Asia. En este sentido, Irán dejó de ser hace tiempo un mero actor de Oriente Medio. Es un verdadero centro terrestre y marítimo para Eurasia, lo que explica la persistencia con la que las grandes potencias intentan ganarse su influencia o, por el contrario, estrangularlo por completo.

A diferencia de los Estados que sobreviven gracias a la apertura, el Estado iraní ha prosperado históricamente gracias al hermetismo. Su topografía —vastas cordilleras y un interior accidentado (desiertos y condiciones extremas)— le confiere una resiliencia estratégica única. No es un terreno fácil de conquistar rápidamente, sino un sistema que ha aprendido a absorber la coerción y transformarla en estabilidad a largo plazo. Por lo tanto, Teherán no se percibe a sí mismo como un actor marginal en un orden ajeno, sino como una constante civilizatoria con un derecho natural a su propio espacio de seguridad.

Como podemos observar, la expresión más evidente de la ventaja geográfica de Irán es el estrecho de Ormuz. Una enorme parte del petróleo y el gas natural licuado del mundo fluye a través de esta vía marítima. Sin embargo, la esencia del poder iraní no reside en bloquear físicamente el estrecho, sino en manipular el riesgo. Incluso un estrecho en disputa bastaría para desencadenar una crisis sistémica global. Al convertir los accesos a Ormuz en una zona de incertidumbre permanente, Irán eleva los costos de los seguros y paraliza los mercados energéticos. Este es un claro ejemplo de cómo la geografía se convierte en una herramienta de influencia global: incluso cuando Irán no puede controlar completamente la situación, puede hacerla insoportablemente costosa para todos los demás.

Durante muchos años, esta lógica de presión se complementó con una red de disuasión asimétrica. A través de sus socios y actores interpuestos en Líbano, Yemen, Irak y Siria, Irán creó profundidad estratégica y una «defensa extendida», gestionando el conflicto lo más lejos posible de su propio territorio. Mientras los ejércitos tradicionales luchaban por el control territorial, la red iraní luchaba por controlar el caos. Sin embargo, la dinámica posterior a 2024 ha demostrado que este modelo está llegando a sus límites, obligando a Irán a salir cada vez más de la sombra de la guerra por delegación y a arriesgarse a una confrontación directa.

Consciente de estas limitaciones y de la presión de las sanciones occidentales, Irán ha dado un giro estratégico hacia Eurasia. Su inclusión en los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) no es meramente simbólica, sino una reintegración civilizacional y económica que trasciende el marco occidental. Proyectos como el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC) representan un intento de consolidar a Irán como un puente logístico indispensable que conecte Rusia e India y un bastión energético que abastezca a la industria china, haciendo imposible cualquier intento futuro de aislarlo sin graves consecuencias geoeconómicas para Pekín y Moscú.

Pero aquí reside la paradoja clave de la postura iraní. Cuanto más utiliza Teherán la geografía, los estrechos y los formatos no occidentales para reforzar su propia resistencia, más se convencen sus rivales de que es una fortaleza que debe ser destruida antes de que se vuelva demasiado poderosa.

Se trata de un dilema de seguridad clásico: el éxito de la contención iraní genera incentivos para una represión aún más brutal. Así, el Irán actual es una fortaleza sitiada: un Estado que se fortalece al sobrevivir bajo presión, pero que, precisamente gracias a esa fortaleza, crea constantemente nuevos cercos a su alrededor.

El constructivismo real del nuevo orden y una lección para los Balcanes.

Si Turquía ejemplifica un Estado que utiliza la geografía para abrir múltiples vías de acción y capitaliza su indispensabilidad mediante la conectividad, Irán ejemplifica un Estado que utiliza la geografía como fortaleza, imponiendo su importancia a través de su capacidad de desestabilización. Un Estado es corredor y negociador, el otro, nodo y bastión. Pero por muy diametralmente opuestas que sean sus estrategias, ambas fuerzas transmiten un mensaje idéntico: el mundo ya no puede interpretarse únicamente a través de los antiguos mapas contrapuestos de las alianzas formales de la Guerra Fría.

Esta arquitectura de las relaciones internacionales exige el rechazo de matrices analíticas obsoletas. En un mundo multipolar, donde se entrelazan las capacidades materiales y las arraigadas nociones de inseguridad nacional, emerge una especie de «constructivismo real».

Los Estados ya no basan su comportamiento únicamente en sistemas de valores abstractos; sus identidades estratégicas se construyen en torno a variables mucho más tangibles y reales: el control de los corredores energéticos, los puntos críticos logísticos y, sobre todo, el equilibrio de amenazas. En este nuevo orden, el ganador no siempre es el actor con el mayor producto interno bruto, sino aquel que logra transformar su posición intermedia, o incluso su propia vulnerabilidad, en valor estratégico.

Para grandes potencias como Estados Unidos y China, esto significa que la lucha por la hegemonía global no solo se librará mediante portaaviones o guerras arancelarias, sino también mediante la adquisición o neutralización de estos centros geográficos estratégicos. Pero para los estados pequeños, especialmente aquellos ubicados en zonas históricamente sísmicas, la lección es mucho más dura y directa. El mundo está entrando en una fase en la que los puntos estratégicos de paso y las rutas terrestres vuelven a ser la moneda de cambio más valiosa de la política internacional. Esto significa que los estados pequeños también deben reaprender a interpretar su propia geografía no como un mapa estático en un aula, sino como un destino político dinámico.

Para los Balcanes, y especialmente para Macedonia, esta nueva dinámica de poder conlleva serias advertencias. La región no debe engañarse pensando que vivirá aislada en un marco europeo estéril, ni debe permitir que el vacío geopolítico se llene espontáneamente. Si bien la integración europea suele avanzar con lentitud, actores como Turquía están demostrando su capacidad para entrar en estos vacíos de forma rápida, pragmática y constante, aportando capital sin restricciones, afinidad cultural e influencia en materia de seguridad. Al mismo tiempo, las oleadas de influencia procedentes de Oriente Medio y Eurasia llegan inevitablemente a los Balcanes, recordándonos que la energía y la seguridad logística son inseparables.

Una lectura sensata de este nuevo mundo multipolar exige que los pequeños Estados dejen de basar su política exterior en el romanticismo o el miedo automático. Es fundamental comprender a fondo el equilibrio de amenazas. El orden futuro no solo estará determinado por las hegemonías clásicas, sino también por una compleja red de nodos cambiantes, donde la infraestructura, el estatus y la flexibilidad política son cruciales. Irán y Turquía son quizás los síntomas más claros de este nuevo mundo, pero son solo el comienzo de una transformación más amplia en la que la geografía, una vez más en la historia, tiene la última palabra.

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Nota: Aleksandar Ivanov – Profesor titular, Facultad de Seguridad – Skopie, Universidad de St. Kliment Ohridski, Macedonia.

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Fuente e imagen: Geopolitika.ru – France24

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