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El ejército chileno bajo la influencia del Comando Sur

El ejército chileno bajo la influencia del Comando Sur


Una soberanía subordinada y al servicio de operaciones encubiertas en América Latina


NOTA: Béa Powels, Diario la Humanidad

Bélgica – Bruselas

Desde América del Sur emerge un nuevo capítulo en la crisis de soberanía que afecta a varios países de la región. El comandante en jefe del Ejército chileno, General Javier Iturriaga, reconoció recientemente que el narcotráfico ha penetrado las filas de la institución militar. Pero esta declaración, lejos de ser un gesto de transparencia, ha sido duramente criticada por su superficialidad y omisiones graves: no se trata solamente de corrupción interna, sino de subordinación directa a intereses extranjeros, específicamente del Comando Sur de Estados Unidos y la DEA.

Estas acusaciones no son nuevas, pero hoy ya están plenamente acreditadas. Según denuncias documentadas por ex detectives de la Policía de Investigaciones (PDI) y periodistas como Alfonso Ossandón Antiquera, radicado en Italia, los altos mandos militares y de inteligencia chilenos no trabajan exclusivamente para la defensa nacional, sino que responden a acuerdos operativos con estructuras de poder externas, principalmente de Estados Unidos. Ossandón ha sido claro: estos oficiales no sirven a Chile, sirven a una estrategia hemisférica dirigida desde Washington.

Durante el segundo gobierno de Sebastián Piñera (2018–2022), esta subordinación quedó en evidencia de forma alarmante. Chile, junto a Argentina bajo Mauricio Macri y Ecuador bajo Lenín Moreno, prestó apoyo logístico, político y militar a la operación de desestabilización contra el gobierno legítimo de Evo Morales en Bolivia. En noviembre de 2019, Morales fue forzado a dimitir tras un golpe de Estado respaldado por las Fuerzas Armadas bolivianas.

Investigaciones posteriores demostraron que, durante los días previos y posteriores al golpe, el gobierno de Piñera facilitó el tránsito de agentes, equipos y cargamentos destinados a las fuerzas golpistas, actuando en coordinación con los gobiernos alineados al eje del Comando Sur.

Este respaldo regional al derrocamiento de Morales no fue un error diplomático, sino una operación articulada por intereses geopolíticos que ven en la soberanía de los pueblos latinoamericanos un obstáculo para su dominio. Lo más grave es que las Fuerzas Armadas chilenas participaron de forma pasiva o directa, bajo órdenes extranjeras, en una intervención encubierta que violó el principio de no injerencia y profundizó la descomposición ética de las instituciones militares.

La penetración del narcotráfico en el Ejército chileno, por tanto, no es un fenómeno autónomo. Está íntimamente ligada a la erosión institucional provocada por la subordinación a agencias como la DEA, que lejos de erradicar el narcotráfico, han sido utilizadas como herramientas de control político y de intervención regional. La cooperación con el Comando Sur, que incluye entrenamiento militar y apoyo logístico, ha generado una casta de oficiales leales no a la República de Chile, sino a una arquitectura de poder hemisférico que opera por encima de las democracias.

Por ello, Chile debe hacer pública la lista de militares, oficiales y generales que han recibido formación, financiamiento o instrucción por parte del Comando Sur y agencias vinculadas a la seguridad estadounidense. No se trata de criminalizar la cooperación internacional, sino de exigir transparencia sobre los verdaderos vínculos de poder que condicionan la soberanía chilena.

El Ejército chileno está hoy atrapado entre dos caminos: recuperar su autonomía nacional y ética, o continuar siendo un engranaje funcional de operaciones extranjeras, narcotráfico y desestabilización regional. La sociedad civil chilena tiene derecho a conocer la verdad. Y los pueblos de América Latina deben tomar nota: el golpe de Estado en Bolivia no fue un caso aislado, sino un modelo de intervención que sigue vigente, y que cuenta con la complicidad de gobiernos y altos mandos militares que ya no responden a sus pueblos.

La historia juzgará a los que callaron. Pero aún más, a los que sirvieron conscientemente al poder externo a costa de la sangre y la democracia de sus propios hermanos latinoamericanos.

Béa Powels / Bruselas / © Diario La Humanidad

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