Del proletariado a la OTAN: la izquierda italiana en traje Armani
Durante décadas, la izquierda italiana fue un faro del pensamiento social europeo, con una tradición anclada en la lucha de clases, la justicia social y el rechazo a toda forma de imperialismo.
Nota: Diario La Humanidad – Alfonso Ossandón – Corresponsalía Milano- Italia
Hoy, en cambio, recita sin titubeos el catecismo del bloque euro-atlántico y, lejos de cuestionar los intereses geopolíticos dominantes, se ha convertido en su más entusiasta vocera.
El conflicto en Ucrania no hizo más que acelerar esta transformación: la de una izquierda que ha abandonado al obrero por el dron, al salario por el misil, a la crítica por la obediencia.
El episodio que mejor ilustra esta claudicación tuvo lugar en 2022, cuando Enrico Letta, entonces secretario del Partido Democrático, rechazó toda posibilidad de alianza con el Movimiento 5 Estrellas (M5S), a pesar de que dicha alianza habría impedido el ascenso de la derecha posfascista al poder.
¿La razón? El M5S no quiso firmar sin reservas la agenda de rearme, ni aceptar la sumisión absoluta a la OTAN. Prefirió mantener una posición crítica frente a la guerra, defendiendo la vía diplomática y la autonomía estratégica europea. Esa “herejía” les costó el aislamiento.
En lugar de abrir el diálogo, Letta y su entorno prefirieron perder las elecciones antes que compartir el gobierno con quienes pedían paz. Fue una exclusión fría, calculada y profundamente ideológica. Mejor Meloni que Conte, pensaron, con tal de mantener intacta la fidelidad al bloque euro-atlántico. Lo confirmó años después el propio Michele Emiliano, uno de los pocos dirigentes del sur que aún se permite hablar con claridad.
Y así, la izquierda italiana, aquella que había sido obrera, contestataria y plural, se reconvirtió en una marca de consumo cultural para clases medias ilustradas, entregada al discurso woke de superficie, pero vaciada de toda raíz popular. Ya no incomoda al poder financiero ni al militar; lo aplaude.
Ya no moviliza a los trabajadores; los regaña. Su revolución es estéticamente correcta, pero políticamente dócil. La justicia social ha quedado relegada a un apéndice de los manuales de la OTAN.
Mientras Macron duplica el presupuesto militar francés , más Scholz y su sucesor redibujan la geopolítica alemana con olor a cazabombardero, Italia obedece. No lidera, no discute, no propone. Obedece. No en vano, un bolivariano que observe este panorama probablemente vería en Italia a una especie de Quico de la vecindad del Chavo del 8: mimado, llorón, caprichoso… aunque vestido de Armani y repitiendo en inglés fluido los partes de guerra del Departamento de Estado. Quico, sí, pero con coche blindado y escolta diplomática.
Y aún así, no faltan quienes desde esta izquierda domesticada se atreven a hablar de “campo amplio”, de antifascismo, de unidad progresista.
¿Progresista para quién? ¿Qué clase de progreso es el que defiende recortes sociales mientras se aprueban miles de millones en nuevos tanques y cazas? ¿Qué sentido tiene una izquierda que criminaliza a quien propone el diálogo, pero festeja a quien envía bombas?
Lo que está en crisis no es solo una estrategia electoral. Es la identidad misma de una izquierda que dejó de representar a los de abajo para integrarse con entusiasmo en las lógicas de arriba.
Y mientras tanto, los sectores populares —los más golpeados por la inflación, la precariedad y la guerra— quedan sin voz. O peor: con una izquierda que los mira desde arriba con condescendencia moral, pero sin soluciones reales.
Italia ha cambiado. Y con ella, su izquierda. Lo que no ha cambiado es la necesidad de una alternativa que vuelva a poner en el centro al pueblo, no a los lobbies, ni a los tratados militares, ni a los think tanks de Bruselas. Quizás esa alternativa no esté hoy en el poder. Pero sigue siendo necesaria.
Porque sin lucha de clases, sin soberanía popular, sin desobediencia, lo único que queda es un eco apagado de lo que alguna vez fue una fuerza transformadora. Un eco que resuena en salones elegantes, pero que ya no se escucha en las fábricas ni en los barrios.
Ahí donde alguna vez nació la izquierda.
Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad 2025
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