Se nos fue de gira el Negro Rubén Rada
Murió a los 83 años, después de varias semanas internado por una neumonía y sus complicaciones. La noticia llegó el miércoles 26 de agosto a las 15:00 horas y el gobierno decretó duelo oficial. Hoy, mientras estas palabras se escriben, cientos de personas siguen acercándose al Palacio Legislativo para despedirlo.
NOTA: Andrés Silva, Diario La Humanidad
Montevideo, Uruguay
Hay hombres que hacen música y hay otros que terminan metidos dentro de la música y los corazones de un país, Rubén Rada fue de esos. Por eso su muerte no se parece del todo a la muerte de un músico. Lo que se fue ayer, con él, fue una parte de la memoria sonora y de la cultura del Uruguay.
Un pedazo de esa cosa difícil de explicar que tenemos los uruguayos cuando aparece un tambor en una esquina y, por alguna razón, sentimos que algo vuelve a su lugar.
Rada era un músico virtuoso, no salió de una academia con una carpeta bajo el brazo. No construyó su carrera alrededor de títulos ni de una pose de intelectual de la música. Aprendió escuchando, aprendió tocando, aprendió mirando a los viejos del candombe, metiéndose en las comparsas, escuchando jazz, rock, música brasileña, tango, todo lo que le llegara a los oídos.
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Tenía una inteligencia musical extraordinaria. Podía agarrar una melodía y hacerla caminar por otro lado.
Podía poner el tambor donde nadie se lo esperaba.
Podía cantar como si estuviera charlando y de pronto, convertir su voz en un instrumento más de la banda. Cuentan sus amigos que podía pedirles lo que quería de cada instrumento imitándolo con su voz, con su boca, llegando a los tonos que necesitaba la canción.
Eso hizo durante décadas.
Y mientras lo hacía, fue dejando una marca enorme en músicos que vinieron después. Porque Rada no fue solamente un creador. Fue también un hombre generoso con los que estaban intentando abrirse camino. Ayudó, recomendó, compartió escenarios, acercó músicos, abrió puertas. Nunca pareció olvidar que él también había tenido que golpear muchas antes de que alguien le abriera.
Quizás por eso tantos músicos lo lloran como a un hermano.
Hay que volver un poco atrás para entender la dimensión de lo que hizo.
A fines de los años sesenta, mientras en Woodstock Jimi Hendrix llevaba el rock hacia territorios desconocidos para buena parte del público mundial, en Montevideo ya había músicos jugando con la idea de que los géneros no tenían por qué vivir separados.
Primero estuvo El Kinto y aquella revolución que después llamamos candombe beat. Rubén Rada estaba ahí.
Después vino Tótem y Tótem fue otra cosa.
Rada, Eduardo Useta, Chichito Cabral, Lobito Lagarde y aquellos músicos que pasaron por la banda tomaron el rock, el candombe y la música latina y los hicieron convivir en una misma criatura. No era una copia de lo que estaba pasando afuera. Tenía otra respiración era Montevideo, era de acá, era uruguayo, era música fusión.
Era el Uruguay de los boliches, de los clubes, de los tambores, de los pelos largos y de una juventud que empezaba a sospechar que el mundo podía ser mucho más grande que aquel pequeño país encerrado entre dos gigantes.
Y después apareció OPA.
Ahí sí la historia se mete de lleno en el jazz-fusión.
Los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso y Ringo Thielmann habían construido en Estados Unidos una banda que ya estaba trabajando en esa frontera entre jazz, rock y candombe. Rada se incorporó después y llevó su voz, su percusión y todo aquello que traía de Montevideo. Magic Time, grabado en 1976 y publicado al año siguiente, es una de esas piezas que todavía permiten entender hasta dónde podía llegar aquella música.
Y ahí aparece una injusticia frecuente cuando se cuenta la historia de la música popular.
Miramos hacia Woodstock, hacia Londres, hacia Nueva York, hacia San Francisco, y parece que todas las grandes rupturas ocurrieron allá.
Pero mientras Hendrix incendiaba una guitarra, acá había tipos haciendo fusiones parecidas con un tambor.
No eran iguales, no buscaban lo mismo.
Pero había una misma insubordinación, la idea de que la música podía romper las paredes que otros habían construido entre los géneros. Rada nunca se quedo encerrado entre cuatro paredes.
Y después estaba la dictadura, porque también hay que recordar al Negro desde ahí.
Desde la risa, desde la picardía. Desde esa capacidad casi increíble de decir cosas que podían pasar por una broma y, cuando uno las escuchaba un poco mejor, descubrir que había una piedra adentro.
“Dedos” es un buen ejemplo.
La canción de Tótem tenía juego, ritmo, humor, pero también tenía una época metida entre sus palabras. Uruguay estaba entrando en los años más oscuros de su historia reciente y Rada cantaba sobre una lengua que ya no era completamente propia, sobre pensamientos que seguían siendo de uno mientras hablar comenzaba a tener consecuencias.
“Mis pensamientos, son todos míos, pero mi lengua, ya no es tan mía”…
Eso también fue resistencia. A veces la resistencia se esconde detrás de una sonrisa, de una palabra, de un dibujo.
Y Rada tenía esa habilidad. Podía hacer que una canción entrara por la puerta de atrás mientras la censura miraba hacia otro lado.
Pero quizás lo más hermoso de Rada esté también en otra parte.
En los niños, en los padres.
En esas casas uruguayas donde un tipo negro, enorme, simpático, desalineado y genial aparecía en la televisión y hacía que los gurises se descostillaran de risa.
Hay canciones que no necesitan explicar nada. Los niños las escuchan y se ríen.
Los padres los miran y se ríen de verlos reír y durante un rato no hay nada mas en el mundo. Eso también es cultura.
Quizás sea una de las formas más profundas de la cultura.
Porque cuando un padre ve a su hijo morir de risa con una canción de Rada, no está pensando en la historia de la música uruguaya. No está pensando en candombe beat, jazz-rock ni en la trayectoria internacional del artista.
Está mirando a su hijo reír y eso no tiene precio. Rada sabía llegar ahí.
Sabía hablarle al músico sofisticado y al niño que repetía una frase absurda hasta hacerla todavía más absurda.
“Rubén ra Rubén ra, tira pedos sin parar”
Sabía cantar para el escenario y para la cocina. Para el teatro lleno y para la familia sentada frente al televisor.
Quizás por eso resulta tan difícil despedirlo. Porque no estamos despidiendo solamente al artista que escuchábamos tanto.
Estamos despidiendo también al que estaba asociado a una parte de nuestras propias vidas.
Y hay una historia que, aunque parezca pequeña, para mí explica mejor a Rada que muchas páginas de biografía.
En un programa de Canal 10 dedicado a homenajearlo, después de recorrer su vida, su música, sus personajes, sus escenarios y esa larga historia que había construido, la periodista le preguntó qué era lo que lo hacía feliz.
La pregunta podía llevarlo a cualquier lugar, incluso es una pregunta muy profunda.
Podía responder y hablar de su familia, de la música, de sus amigos, de un escenario. Rada eligió otra cosa.
Dijo que le hacía feliz ir por la carretera y encontrarse con un cartel que debía decir “Atento Radar”, pero al que le faltaba la última R.
Entonces decía:
“¡Atento Rada!”
Eso es el Negro.
Una persona que podía encontrar una pequeña fiesta en una letra equivocada.
Una persona que aun estando triste podía mostrarse feliz, porque le gustaba ver a la gente feliz. Siempre tenía un chiste, una cara, o una reboleada de ojos para hacer reír a alguien.
Tal vez por eso lo queremos tanto. Porque había algo profundamente humano en él. El era profundamente uruguayo.
No era esa caricatura del uruguayo gris que vive quejándose de todo.
Era otra cosa.
La capacidad de reírnos en medio del desastre. De hacer un chiste cuando no queda mucho más para hacer.
De tocar un tambor cuando el país se pone demasiado serio, inventar una palabra. De convertir una equivocación en una alegría.
Ayer, cuando se conoció su muerte, el Barrio Sur hizo lo que tenía que hacer.
La gente salió a la calle espontáneamente, a despedirlo cómo el mismo dejó llamado en sus letras.
“Cuando yo me muera no quiero llantos ni penas, prefiero que se me vele bailando una rica plena”…
Salieron los tambores, salieron las canciones, salieron los vecinos.
La despedida ocurrió en la calle, en sus calles, entre gente común, en el territorio donde buena parte de aquello que Rada fue aprendió a respirar.
Eso es lo que queda, no solamente los discos, no solamente las fotografías, no solamente los premios, los escenarios, los viajes y las historias.
Queda una música que ya no tiene dueño.
Queda un niño que algún día va a escuchar una canción de Rada sin saber todavía quién fue y se va a reír.
Queda un músico joven que va a descubrir que se puede tocar el candombe de otra manera.
Queda alguien que va a escuchar “Dedos” y entender, quizás muchos años después, que aquella canción tenía algo más que humor.
Queda Montevideo y quedan los tambores.
Rada se murió, pero anoche Barrio Sur demostró que hay cosas que no se pueden velar en silencio.
Se fue un músico extraordinario, se fue un humano excepcional un hombre que ayudó a muchos.
Se fue un creador que hizo pedazos las fronteras entre músicas que parecían destinadas a no encontrarse.
Se fue el tipo que podía hablar de una dictadura sin dejar de sonreír.
El que podía hacer jazz, candombe, rock, samba, tango o cualquier otra cosa que se le cruzara por delante.
El que podía llenar un teatro y después encontrar la felicidad en una R que faltaba en un cartel de carretera.
Para Uruguay se fue un pedazo de cultura y también se fue un pedazo de alegría, de picardía.
Un pedazo de ese cielo celeste que tanto miramos y que hora habrá que mirar un poco más arriba.
Y escuchar, porque quizás todavía se escuche un tambor, quizás sea Rada.
Se nos fue el Negro pero el tambor quedó sonando.
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