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San Petersburgo 2025: La Paz que Occidente No Quiere

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Entre el 18 y el 21 de junio de 2025 se celebra el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, una cita que reune a más de 20.000 participantes de 140 países y que, lejos de ser un evento localista o propagandístico, se consolidó como uno de los foros más representativos del nuevo orden mundial.

Nota: Diario La Humanidad Ivana Canales – San Petersburgo

Bajo el lema “Valores comunes para el crecimiento en un mundo multipolar”, el encuentro puso en evidencia que el planeta ya no gira en torno a una única potencia ni responde a una lógica de dominación occidental. La multipolaridad no es una idea en construcción: es una realidad consolidada, anclada en datos económicos, en vínculos comerciales alternativos y en el agotamiento de los relatos tradicionales promovidos desde Europa y Estados Unidos.

En la sesión inaugural, el presidente ruso Vladimir Putin envió un mensaje claro a la comunidad internacional. En su intervención, afirmó que “todos estamos interesados en mantener la paz y la seguridad en el planeta” y llamó a impulsar una economía global basada en reglas justas, cooperación inclusiva y acceso libre a la tecnología. En una crítica implícita al uso político del sistema financiero por parte de Occidente, Putin acusó a Estados Unidos de usar el dólar como “arma de guerra”, refiriéndose al congelamiento de activos rusos y al creciente uso de sanciones como método de presión económica. “Es una forma de robo medieval”, sentenció. Sin embargo, también dejó abierta la puerta al diálogo, señalando que Rusia no expulsó a ningún actor extranjero de su economía y que las empresas occidentales que deseen regresar al mercado ruso serán recibidas, siempre que respeten el principio de soberanía.

Las palabras de Putin encontraron eco en el contexto de un foro que giró en torno a los ejes de cooperación tecnológica, alianzas energéticas, arquitectura financiera alternativa y desdolarización de los intercambios globales. Se firmaron acuerdos con países de América Latina como Brasil, Cuba y Bolivia, mientras que los diálogos con India, China, Turquía y los países árabes reflejaron el cambio estructural en la política exterior rusa, claramente enfocada al sur y al este global. Mientras Europa debate entre sancionar a Moscú o preservar su competitividad industrial, Rusia construye reactores nucleares para uso espacial, lanza satélites propios, expande su presencia en el Ártico y mantiene operativa su aviación civil, en buena parte gracias a la triangulación de piezas fabricadas en Occidente pero reexportadas desde India y otros países no alineados.

Ese último dato no es menor. Según registros comerciales auditados entre 2023 y 2024, más de 700 cargamentos de piezas de Boeing y Airbus entraron a Rusia a través de intermediarios en Asia. La empresa india Ascend Aviation, sancionada por Estados Unidos en 2024, multiplicó sus ingresos por trece revendiendo sensores, válvulas, generadores y componentes electrónicos críticos a aerolíneas rusas. Las cifras revelan una paradoja profunda: mientras Europa prohíbe vender tuercas a Rusia, compañías occidentales siguen beneficiándose de la demanda rusa por canales indirectos. Incluso hoy, Rusia sigue fabricando piezas para Airbus y Boeing en sus instalaciones de mantenimiento aeronáutico. El conflicto no ha roto los lazos industriales, solo los ha camuflado. Esa hipocresía es una de las razones por las que el orden global promovido por Occidente pierde legitimidad.

El pensador francés Emmanuel Todd ya lo advertía en su libro “La derrota de Occidente”: la superioridad moral autoproclamada por las democracias liberales se desmorona cuando sus actos contradicen sus discursos. Todd, al igual que el estratega ruso Serguéi Karaganov, diagnostica una crisis profunda, no solo económica, sino civilizatoria. El 1,1% de la población mundial concentra el 40% de la riqueza, y sin embargo Occidente insiste en presentarse como defensor de la equidad y la libertad. En la práctica, mientras solo el 12% de los países del mundo ha sancionado a Rusia, la mayoría ha optado por mantener relaciones comerciales normales, negociando en yuanes, rublos o rupias. La moneda como arma política ha dejado de funcionar.

En su discurso, Putin también se refirió a Ucrania. Aunque reiteró sus condiciones mínimas —neutralidad, no adhesión a la OTAN, cesión territorial pactada y desmilitarización—, se mostró abierto a reunirse incluso con Volodímir Zelensky. “Estamos preparados para negociar, pero no vamos a aceptar imposiciones ni condiciones que contradigan nuestros intereses estratégicos”, dijo. La paz, desde su perspectiva, es posible, pero solo si Occidente deja de operar bajo la ilusión de que aún tiene la capacidad de redibujar el mapa de Eurasia a su antojo.

El trasfondo filosófico de este debate no es menor. Como ya advertían Peter Berger y Thomas Luckmann en su obra clásica de 1968, “La construcción social de la realidad”, toda sociedad tiende a objetivar sus propias instituciones como si fueran universales e inmutables. Occidente convirtió su modelo político, financiero y cultural en una norma global, pero la historia ha cambiado. La realidad ya no es la que se construyó en los años 90 con la caída del Muro de Berlín.

La multipolaridad es el nuevo nombre del mundo. Ignorarla solo prolonga conflictos, erosiona alianzas y profundiza la fractura entre una minoría que se resiste a perder el control y una mayoría planetaria que exige reglas más equitativas.

En San Petersburgo no se habló de revancha ni de revanchismo. Se habló de cooperación, de nuevas rutas tecnológicas, de alianzas energéticas, de alternativas a las sanciones y de integración regional.

Si Occidente quiere paz, debe reconocer que el juego cambió. Y que no tiene sentido seguir jugando con un tablero que ya no le pertenece.

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Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera – Ivana Canales – San Petesburgo / Diario La Humanidad –  Uruguay

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En una reciente entrevista que concedió el profesor Gabriel Sivinian, quien dicta la cátedra de Estudios Palestinos Edward Said a La Humanidad TV, nos daba un contexto histórico de la agresión genocida que sufren el pueblo Palestino por parte del Estado sionista de Israel. La agresión de Israel a Palestina tiene sus raíces en la conformación del sionismo como movimiento político a finales del siglo XIX. Theodor Herzl, en su obra El Estado Judío, estableció la idea de una patria nacional para los judíos, proponiendo inicialmente opciones como Argentina o Palestina. Sin embargo, el simbolismo religioso e histórico de Palestina prevaleció. Desde 1895, los escritos sionistas discutían la expropiación y desplazamiento de la población árabe nativa como parte de su estrategia de asentamiento. El mandato británico sobre Palestina (1920-1948), resultado de la Primera Guerra Mundial, transformó la región en un escenario de tensiones crecientes. Documentos como la Declaración Balfour (1917) promovieron un hogar nacional judío, ignorando las demandas de la población árabe mayoritaria. Este proceso fue catalizador de un colonialismo de sustitución, con un aumento significativo de inmigrantes judíos: de 10,000 en 1893 al 31% de la población total en 1947. La Nakba de 1948 marcó el éxodo masivo de entre 700,000 y 800,000 palestinos. Acompañado por masacres y la destrucción de más de 500 aldeas, este evento consolidó un desplazamiento que sigue sin resolverse.

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Imagen: Maxim Shemetov, Reuters

Los artículos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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