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Cómo el círculo de Donald Trump convierte el conflicto con Irán en una maquinaria de lucro.

Por momentos, la historia parece repetirse como una farsa sangrienta, mientras los discursos oficiales invocan la seguridad nacional y amenazas inminentes, desde las sombras se tejen redes de negocios que convierten la guerra en un enorme activo financiero.

NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad

Montevideo, Uruguay

En el caso del conflicto con Irán, lo que surge no es solo una estrategia geopolítica, sino un ecosistema de intereses donde la familia de Donald Trump y sus aliados aparecen en posiciones privilegiadas para capitalizar la violencia.

La economía de la letalidad

En el núcleo de este entramado se encuentran los hijos de Trump,  Donald Trump Jr. y Eric Trump, quienes han consolidado una presencia significativa en el emergente y brutalmente rentable mercado de los drones militares. A través de American Ventures, controlan participaciones cercanas a los 750 millones de dólares en empresas del sector, alineándose con la doctrina impulsada desde el Pentágono bajo la dirección de Pete Hegseth.

El principio rector de esta doctrina no deja lugar a confusión alguna, eliminar restricciones en nombre de la “letalidad”. Dicho de otra forma, acelerar la capacidad de matar de forma más eficiente, más barata y más automatizada. Esta lógica encuentra su correlato empresarial en movimientos como la fusión de Aureus Greenway Holdings con el fabricante Powerus, buscando contratos multimillonarios para expandir la producción de drones armados.

Pero el dato más inquietante no es el volumen del negocio, es el cinismo con el que operan, empresas vinculadas a este circuito comercializan tecnologías con métricas como el “costo por muerte”, una expresión que desnuda la deshumanización total del conflicto.

Gaza como laboratorio, Irán como mercado

La conexión entre el negocio y el campo de batalla se vuelve explícita con la participación en operaciones corporativas vinculadas a empresas como Xtend, cuyos drones han sido utilizados por el ejército israelí en Gaza. La inversión respaldada por Eric Trump en la fusión de esta firma con JFB Construction Holdings no es un hecho aislado, es parte de una cadena de valor donde la guerra real alimenta la validación tecnológica y, posteriormente, la expansión comercial.

Es acá en dónde se configura un patrón conocido, territorios devastados convertidos en campos de prueba, poblaciones civiles reducidas a estadísticas operativas, y tecnologías letales que luego se exportan como soluciones “probadas en combate”.

Jared Kushner y la reconstrucción como negocio

Si la guerra es el primer acto, la reconstrucción es el segundo y no menos lucrativo. En este escenario aparece Jared Kushner, arquitecto de una visión que combina geopolítica, capital financiero y oportunidad inmobiliaria.

Financiado por fondos soberanos del Golfo, Kushner impulsa un esquema de reconfiguración regional que depende, en gran medida, de un cambio de régimen o debilitamiento estructural de Irán. Su plan de 30 mil millones de dólares para una “Nueva Gaza” no puede entenderse fuera de esta lógica, destruir primero, reconstruir después, capturando valor en ambas fases del proceso.

Sus vínculos con el sector de defensa israelí, a través de Affinity Partners, refuerzan esta lectura. La tentativa de adquirir participaciones en conglomerados conectados a la industria naval militar israelí evidencia una integración vertical entre conflicto, infraestructura y negocio.

La alianza tecnológica: capital de riesgo y guerra

El ecosistema se completa con figuras como Palmer Luckey, fundador de Anduril Industries, y Peter Thiel, cerebro detrás de Palantir Technologies.

Ambos representan la fusión entre Silicon Valley y el complejo militar-industrial. Luckey, tras financiar políticamente a Trump, ha visto cómo su empresa aseguraba contratos clave en vigilancia autónoma y sistemas de defensa. Thiel, por su parte, capitaliza el auge bursátil de Palantir, cuyo crecimiento se ha acelerado al ritmo de la escalada bélica.

No es solo afinidad ideológica, es una convergencia estructural entre poder político, innovación tecnológica y rentabilidad militar.

El hilo conductor de todos estos movimientos es claro, la guerra deja de ser únicamente un instrumento de política exterior para convertirse en una plataforma de acumulación económica. En este modelo, las decisiones estratégicas no solo responden a amenazas reales o percibidas, sino también a incentivos financieros profundamente arraigados, la guerra como modelo de negocios.

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