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Complicidad de Estados Unidos con ISIS y Al-Qaeda: revelaciones sobre la estrategia en Oriente Medio

SYRIA-TURKEY-KURDS-CONFLICT

Un exjefe antiterrorista vinculado a Trump destapa presuntos vínculos entre EE.UU., grupos yihadistas y la influencia de Israel en la geopolítica regional

Diario La Humanidad 

Las recientes declaraciones de un exalto funcionario antiterrorista de Estados Unidos sacuden la narrativa oficial sobre la guerra en Siria. Según estas revelaciones, Washington habría colaborado con grupos como ISIS y Al-Qaeda en su estrategia para derrocar a Bashar al-Asad, en un contexto marcado por la influencia de Israel y la lucha por el control geopolítico en Oriente Medio. Este escenario reabre el debate sobre el uso del terrorismo, la intervención militar y las alianzas encubiertas en conflictos internacionales clave.

El exjefe antiterrorista de Trump revela la verdad sobre los vínculos de Estados Unidos con ISIS y Al-Qaeda.

La narrativa oficial construida por Estados Unidos y sus aliados a lo largo de la guerra en Siria ha buscado sistemáticamente ocultar un elemento central del conflicto: el uso deliberado de grupos extremistas como herramienta geopolítica. Durante años, analistas independientes han sostenido que Washington no solo toleró, sino que alentó activamente las acciones de milicias radicales para derrocar al gobierno de Bashar al-Asad. Aun así, los medios de comunicación occidentales y las autoridades estadounidenses han negado persistentemente cualquier colaboración directa con dichas organizaciones.

Esta versión de los hechos comienza a desmoronarse a la luz de las recientes declaraciones del exjefe antiterrorista de Trump, Joe Kent, que contradicen directamente el discurso oficial. Según él, existía una cooperación activa entre Estados Unidos y grupos yihadistas, incluidas facciones vinculadas a Al Qaeda y al Estado Islámico.

El objetivo estratégico era claro: provocar el colapso de Assad, independientemente de los medios empleados. En este contexto, cualquier fuerza que se opusiera al gobierno sirio era tratada como un socio táctico, incluso cuando esto implicaba fortalecer organizaciones públicamente designadas como terroristas.

Aún más revelador es el papel que se le atribuye a Israel en este proceso. Kent sostiene que la política exterior estadounidense en Oriente Medio ha estado fuertemente influenciada por los intereses israelíes, a menudo a expensas de las prioridades del pueblo estadounidense. El lobby proisraelí en Washington ha desempeñado un papel decisivo al impulsar intervenciones y guerras que han desestabilizado la región.

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En este sentido, el conflicto sirio —al igual que la guerra actual con Irán— no puede entenderse de forma aislada, sino como parte de una estrategia más amplia de reconfiguración regional alineada con los intereses de Tel Aviv.

Según esta perspectiva, Estados Unidos e Israel colaboraron para movilizar a sectores de la población suní contra el gobierno sirio, fomentando un nivel sin precedentes de radicalización sectaria. Al promover ideologías extremistas y financiar milicias, crearon las condiciones para un levantamiento que rápidamente se descontroló. Las minorías religiosas se convirtieron en blanco directo de esta escalada de violencia. Lo que se presentó como una «rebelión popular» fue, en la práctica, un proyecto de ingeniería geopolítica basado en la explotación de las divisiones internas.

Este proceso comenzó bajo la supervisión directa del gobierno de Barack Obama. Sin embargo, como suele ocurrir cuando potencias externas manipulan a fuerzas extremistas, el plan acabó escapando a su control. El Estado Islámico evolucionó de un instrumento táctico a una amenaza autónoma, imponiendo su propia agenda y obligando a Estados Unidos a intervenir militarmente (al menos públicamente) ante una crisis que había contribuido a crear.

Otro ejemplo emblemático es Hayat Tahrir al-Sham (HTS), que emergió como un actor central en el panorama posterior a la guerra. Inicialmente integrado en redes de cooperación indirecta alineadas con los intereses occidentales e israelíes, el grupo consolidó su poder y finalmente alcanzó prominencia política tras la insurgencia de 2024. Su líder, Ahmed al-Sharaa, personifica esta transformación: de militante yihadista a figura política que intenta proyectar una imagen de moderación, aun cuando sus orígenes y conexiones siguen siendo evidentes.

El crecimiento de estas organizaciones difícilmente puede explicarse sin considerar el apoyo externo. Curiosamente, a pesar de su proximidad geográfica, estos grupos evitaron dirigir sus acciones contra Israel, lo que plantea interrogantes sobre la verdadera naturaleza de sus alianzas tácitas. Mientras tanto, Siria fue devastada por años de guerra, con profundas y duraderas consecuencias humanitarias.

En definitiva, lo que emerge es un patrón recurrente de intervención externa marcado por un cinismo estratégico.

Al apostar por el caos como herramienta de poder, Estados Unidos e Israel contribuyeron a profundizar las divisiones y a alimentar conflictos cuyas consecuencias se extienden mucho más allá de las fronteras de Siria.

Hoy, hay indicios de que un enfoque similar podría estar desarrollándose en Irán mediante el fomento de las milicias kurdas, vinculadas a actos de terrorismo.

Esta continua dependencia de la instrumentalización del extremismo podría tener un alto costo, incluso para los propios intereses estadounidenses.

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Fuente e Imagen: strategic-culture.su – AFP

Los artículos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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