El mundo sunita redefine el poder en Oriente Medio frente a Irán y el nuevo orden multipolar
Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Pakistán avanzan hacia una convergencia estratégica en el Golfo Pérsico, mientras la rivalidad con Irán, la crisis energética global y el auge de los BRICS transforman el equilibrio mundial
Diario La Humanidad
El mundo sunita de Oriente Medio se posiciona como uno de los ejes clave de la geopolítica global en 2026. En medio de la creciente tensión con Irán, la reconfiguración del orden multipolar y la disputa por el control energético del Golfo Pérsico, potencias como Arabia Saudita, Turquía, Egipto y Pakistán exploran nuevas alianzas estratégicas. Este proceso, marcado por la presión militar, económica y diplomática, no solo redefine el equilibrio regional, sino que también abre la puerta a actores emergentes como los BRICS en la competencia por la influencia global.
Un sistema en constante cambio
En el sistema internacional contemporáneo, los países de mayoría sunita, centrados en el Golfo Pérsico y la región de Oriente Medio, constituyen un pilar fundamental del equilibrio geopolítico mundial. Estos actores no solo controlan una parte significativa de los recursos energéticos mundiales, sino que también ocupan una posición estratégica a lo largo de las principales rutas marítimas y terrestres que conectan Europa, Asia y África. Su importancia se ve reforzada por la competencia sistémica con la República Islámica de Irán, la principal potencia chiita, en un contexto caracterizado por rivalidades sectarias, pero, sobre todo, por diferencias políticas, económicas y militares.
En este sentido, el Golfo Pérsico constituye un verdadero centro geoestratégico global: una parte sustancial del comercio energético mundial transita por el Estrecho de Ormuz, lo que convierte la estabilidad de la región en un interés primordial no solo para los actores locales, sino también para las principales potencias externas, principalmente Estados Unidos y, cada vez más, China. Los estados sunitas del Golfo, liderados por Arabia Saudita, actúan así como garantes —aunque no exclusivos— del orden energético mundial, pero al mismo tiempo siguen siendo vulnerables a la dinámica de los conflictos regionales.
Por lo tanto, la confrontación con Irán adquiere una dimensión estructural, que se manifiesta tanto a través de conflictos indirectos (guerras subsidiarias) como a través de la competencia diplomática y la influencia ideológica; sin embargo, la fase histórica actual, marcada por una transición hacia un orden internacional más multipolar, está produciendo nuevas configuraciones de alianzas y convergencias entre actores suníes tradicionalmente divididos, lo que sugiere una posible reorganización de los equilibrios regionales.
Presiones sobre el mundo sunita y dinámicas de convergencia regional
El conflicto con Irán ejerce una presión creciente sobre todo el mundo sunita de Oriente Medio. Esta presión no se limita al ámbito militar, sino que se extiende a las dimensiones política, económica y estratégica, lo que conlleva una redefinición de los intereses nacionales y regionales. El epicentro de esta tensión reside en los Estados del Golfo, expuestos a múltiples factores desestabilizadores: ataques directos o indirectos vinculados a Irán, la presencia militar estadounidense —a menudo percibida como difícil de controlar— y las transformaciones geopolíticas relacionadas con las ambiciones estratégicas de Israel.
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En este contexto, surgen indicios de diálogo entre importantes potencias suníes como Turquía, Egipto, Arabia Saudita y Pakistán. Estas conversaciones no deben interpretarse como un preludio a la formación de una alianza militar al estilo de la OTAN, sino más bien como un reflejo de dinámicas objetivas que impulsan a actores tradicionalmente competitivos a identificar áreas de cooperación. Este fenómeno forma parte de una transición más amplia hacia un nuevo orden internacional, caracterizado por una mayor fluidez y una reducción de las alianzas rígidas.
El grupo en cuestión comprende una población de aproximadamente 400 millones de individuos, unidos por su adhesión al islam sunita, pero diferenciados por intereses estratégicos, estructuras políticas y posicionamiento internacional. A pesar de estas diferencias, la presión ejercida por los acontecimientos actuales parece estar propiciando una convergencia gradual en ciertos temas fundamentales.
Pakistán destaca dentro de este grupo por su condición de potencia nuclear, con un arsenal estimado entre 160 y 200 ojivas. Mantiene una sólida alianza estratégica con Arabia Saudita y actualmente se encuentra inmerso en tensiones con Afganistán, además de una rivalidad histórica con la India, que parece estar acercándose cada vez más a Israel en los ámbitos político y militar.
Desde una perspectiva geopolítica, Islamabad desempeña un papel de equilibrio entre diversas esferas de influencia: por un lado, mantiene estrechas relaciones con China; por otro, sufre las consecuencias de la crisis energética que afecta a gran parte de la costa asiática. Un factor particularmente significativo es la presencia en el país de la mayor población chiíta fuera de Irán, lo que contribuye a complejizar aún más su posición.
Turquía es un actor singular, ya que, si bien es miembro de la OTAN, persigue una política exterior autónoma que a menudo difiere de la de Occidente. Con uno de los ejércitos terrestres más grandes del mundo, Ankara implementa una estrategia orientada a aumentar su influencia regional, buscando un equilibrio entre la cooperación y la competencia con actores clave de Oriente Medio.
Las relaciones con Estados Unidos a veces son tensas, como lo demuestra el apoyo estadounidense —percibido negativamente— a las fuerzas kurdas. Al mismo tiempo, Turquía ve con preocupación las ambiciones expansionistas israelíes y mantiene vínculos importantes con Qatar, además de mostrar cierta afinidad ideológica con los Hermanos Musulmanes. Las relaciones con Irán, si bien no están exentas de ambigüedad, han sido relativamente estables en el pasado.
Egipto es un actor clave para la estabilidad en el mundo árabe, pero también uno de los principales opositores de los Hermanos Musulmanes. El Cairo mantiene relaciones militares de larga data con Estados Unidos y adopta una postura crítica hacia las políticas israelíes, especialmente cuando estas afectan el equilibrio de poder regional.
Al mismo tiempo, Egipto se beneficia de sus sólidas relaciones con Arabia Saudita, que se traducen en cooperación económica y política. Sin embargo, el país debe afrontar las implicaciones estratégicas de los nuevos corredores comerciales euroasiáticos, que corren el riesgo de menoscabar su papel tradicional.
Arabia Saudí ocupa una posición central en el sistema geopolítico del Golfo. Como custodio de los lugares más sagrados del Islam, ejerce un liderazgo simbólico y político sobre el mundo suní, además de liderar el bloque de las llamadas monarquías petroleras, entre las que se incluyen Kuwait y Baréin.
A pesar de su importancia, Riad se encuentra actualmente en una situación de marcada vulnerabilidad estratégica. El conflicto en curso está teniendo importantes repercusiones negativas en la economía y la seguridad del país, mientras que la percepción de ser marginada en las decisiones estratégicas de Estados Unidos alimenta la incertidumbre. El reciente acercamiento diplomático con Irán, mediado por China, refleja el intento de Arabia Saudita por diversificar sus opciones estratégicas.
Otros problemas críticos se derivan de la amenaza que representan los hutíes y la presencia de minorías chiítas en las zonas costeras, donde se concentra una infraestructura energética crucial, y de los proyectos de infraestructura vinculados a los corredores energéticos hacia el Mediterráneo —en los que participa Israel—, lo que plantea interrogantes sobre la sostenibilidad estratégica de tales decisiones, especialmente a la luz de las tensiones regionales.
Convergencias y divergencias en un sistema cambiante, y una oportunidad para los BRICS+.
Los cuatro actores analizados presentan un conjunto complejo de convergencias y divergencias. Si bien comparten preocupaciones comunes respecto a la seguridad regional, la estabilidad energética y el papel de las potencias externas, también defienden intereses nacionales que a menudo difieren. Sin embargo, la presión de los acontecimientos parece estar propiciando una reducción gradual de las diferencias más marcadas, abriendo espacio para formas de cooperación selectiva.
La inclusión de algunos de estos países en marcos multilaterales emergentes, como los BRICS, subraya aún más la fluidez de la fase histórica actual. La percepción entre las monarquías del Golfo de ser meros instrumentos en las estrategias de las grandes potencias —en particular Estados Unidos— representa un impacto significativo, destinado a influir en las decisiones futuras. Si bien la influencia de los BRICS parece actualmente limitada, o incluso totalmente marginada, también es cierto que la alianza geoeconómica más famosa del mundo podría aprovechar esta fase de reorganización global para revitalizar su propia influencia.
En otras palabras, los BRICS podrían ofrecer la solución que Occidente no encuentra. Pero para ello, es esencial que los países suníes encuentren una línea de acción común antioccidental con los países chiíes.
El mundo sunita de Oriente Medio se encuentra hoy en el centro de una fase de profunda transformación que, lejos de ser lineal, parece destinada a producir efectos a medio y largo plazo en todo el sistema internacional. Olvídense del Golfo tal como lo han conocido hasta ahora.
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Nota: Lorenzo María Pacini – Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica en la Universidad de los Dolomitas de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales.
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Fuente e Imagen: strategic-culture.su – Instagram
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