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Israel en ruinas estratégicas: el precio del mito y los escenarios del colapso

NETANYAHU

Por primera vez en su historia, Israel ha sido golpeado profundamente en su propio territorio. La supuesta invulnerabilidad que durante décadas sostuvo su narrativa militar y diplomática se ha venido abajo.

Nota: Diario La Humanidad  Alfonso Ossandón – Corresponsalía Milano- Italia

La llamada “Guerra de los 12 días” contra Irán no solo reveló la fragilidad de su aparato de seguridad, sino que consolidó ante el mundo el declive de un poder regional basado más en mitos que en hechos sostenibles.

La inteligencia israelí, tradicionalmente considerada entre las más eficaces del mundo, fracasó en su misión más básica: anticipar el alcance y la contundencia de la respuesta iraní. El Mossad, con un presupuesto estimado en tres mil millones de dólares anuales, no solo subestimó la capacidad de reacción de Teherán, sino que no logró evitar que los misiles iraníes alcanzaran territorio israelí en una escala jamás vista. Ni infiltraciones, ni sabotajes, ni neutralización preventiva. Solo un silencio de incompetencia operativa.

A su vez, el sistema de defensa antimisiles conocido como Cúpula de Hierro, en el que Israel ha invertido más de cinco mil quinientos millones de dólares en los últimos años, se mostró parcialmente inútil. Pese a interceptaciones parciales, misiles iraníes impactaron en ciudades como Tel Aviv y Beersheba. Cada interceptación cuesta entre cuarenta mil y cien mil dólares, mientras que cada misil lanzado por Irán cuesta una fracción de eso. La ecuación económica, simplemente, no resiste el paso del tiempo.

La seguridad nacional israelí ha entrado en crisis no solo por las fallas técnicas y logísticas, sino porque la población civil comienza a cuestionar abiertamente el relato de invulnerabilidad en el que se ha basado toda una política exterior. La imagen de un Israel fuerte, blindado y respaldado por un poder global, ha quedado rota frente a la evidencia: es vulnerable, y su mito se ha vuelto insostenible.

Más de un millón y medio de ciudadanos evacuaron zonas de riesgo durante el conflicto. Muchos de ellos, con doble nacionalidad, ya no han regresado. Hay un éxodo silencioso. Profesionales, intelectuales, disidentes políticos. Gente que ya no cree en la promesa de seguridad ni en las instituciones que deberían garantizarla.

A partir de este quiebre, se pueden trazar tres escenarios geopolíticos posibles.

El primero es el aislamiento internacional y radicalización interna. Este es el escenario más grave, pero también el más cercano a los hechos actuales. Bajo este marco, Israel incrementaría su control sobre la sociedad, reduciría libertades, perseguiría disidencias y trataría de cerrar aún más filas en torno a una idea nacionalista de resistencia.

La consecuencia sería un país cada vez más autoritario, más solo en el escenario internacional y menos atractivo para inversiones, cooperación científica o turismo.

El segundo escenario contempla una negociación forzada y una redefinición estratégica. La presión internacional, sumada al desgaste económico, empujaría al gobierno israelí a revisar su doctrina militar y sus relaciones exteriores. Sería un giro pragmático que abriría la puerta a acuerdos con Irán, con Palestina, y a una reforma profunda en su aparato de defensa.

Implicaría aceptar una pérdida de hegemonía a cambio de estabilidad interna.

El tercer escenario, aún lejano pero plausible, es el colapso interno y el cambio de régimen. La combinación de desgaste social, polarización política y crisis institucional podría generar una fractura en el sistema de gobierno. En este caso, surgiría una nueva generación política, más laica, más abierta al diálogo, que propondría un rediseño del Estado israelí, más democrático, más civil, y menos dependiente de la lógica militar permanente.

Sea cual sea el escenario, lo cierto es que el costo de sostener el mito de la invulnerabilidad ha sido altísimo. Solo en los 12 días de conflicto se estima que Israel ha gastado entre dieciocho mil y veintidós mil millones de dólares, incluyendo operaciones, infraestructura dañada, costos de defensa y asistencia internacional. El Producto Interno Bruto ha caído más de un tres por ciento, y la confianza de los inversores está visiblemente erosionada.

El modelo israelí de supremacía tecnológica, inteligencia quirúrgica y disuasión absoluta ha demostrado ser inviable frente a un enemigo que ha aprendido a resistir y evolucionar. Lo que antes eran ataques preventivos ahora parecen provocaciones temerarias. Lo que antes era “seguridad nacional”, hoy se percibe como un aparato opresivo que no garantiza nada.

La “Guerra de los 12 días” será recordada como un punto de inflexión.

Israel ha perdido no solo el control del relato, sino la confianza de muchos de sus ciudadanos. El Mossad ya no es infalible. La Cúpula de Hierro ya no es impermeable. El Estado ya no es invulnerable.

Y lo más grave: ya no es confiable para los propios israelíes que, hasta ahora, se beneficiaban del sistema mientras otros morían en Gaza.

Lo que se avecina no es el fin de Israel, pero sí el fin del Israel que creía poder vivir por encima del derecho internacional, del equilibrio regional y de su propia fragilidad humana.

Es tiempo de renunciar al mito y comenzar a mirar la realidad: no hay seguridad sin justicia.

No hay paz sin memoria.

No hay futuro sin cambio.

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Corresponsalía Milano Italia  / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad  Uruguay

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En una reciente entrevista que concedió el profesor Gabriel Sivinian, quien dicta la cátedra de Estudios Palestinos Edward Said a La Humanidad TV, nos daba un contexto histórico de la agresión genocida que sufren el pueblo Palestino por parte del Estado sionista de Israel. La agresión de Israel a Palestina tiene sus raíces en la conformación del sionismo como movimiento político a finales del siglo XIX. Theodor Herzl, en su obra El Estado Judío, estableció la idea de una patria nacional para los judíos, proponiendo inicialmente opciones como Argentina o Palestina. Sin embargo, el simbolismo religioso e histórico de Palestina prevaleció. Desde 1895, los escritos sionistas discutían la expropiación y desplazamiento de la población árabe nativa como parte de su estrategia de asentamiento. El mandato británico sobre Palestina (1920-1948), resultado de la Primera Guerra Mundial, transformó la región en un escenario de tensiones crecientes. Documentos como la Declaración Balfour (1917) promovieron un hogar nacional judío, ignorando las demandas de la población árabe mayoritaria. Este proceso fue catalizador de un colonialismo de sustitución, con un aumento significativo de inmigrantes judíos: de 10,000 en 1893 al 31% de la población total en 1947. La Nakba de 1948 marcó el éxodo masivo de entre 700,000 y 800,000 palestinos. Acompañado por masacres y la destrucción de más de 500 aldeas, este evento consolidó un desplazamiento que sigue sin resolverse.

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Imagen: Tik Tok

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