Irak entra en la guerra
La rebelión contra décadas de intervención
La decisión de Irak de entrar oficialmente en el conflicto junto a Irán, habilitando a todas sus milicias a actuar contra Estados Unidos e Israel, no es un hecho ni una decisión aislada, es en términos históricos, la consecuencia directa de décadas de intervención, ocupación y destrucción impulsadas por Washington en Medio Oriente.
NOTA: Equipo periodístico de Diario la Humanidad
Irak el país que Estados Unidos invadió en el año 1991 y posteriormente en el 2003 bajo la mentira de las armas de destrucción masiva hoy se posiciona del otro lado del frente. La historia, lejos de cerrarse, se reabre con una carga política brutal, el territorio que fue ocupado, desmantelado, destruido y fragmentado, ahora se convierte en plataforma de resistencia.
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De ocupación a resistencia organizada
Las milicias iraquíes no surgieron de la nada, son el producto de la descomposición estatal generada por la invasión estadounidense. Lo que Washington presentó como “democratización” fue, en la práctica, la destrucción del Estado iraquí y la apertura de una guerra sectaria que aún define su presente.
Hoy, esas mismas milicias muchas con vínculos orgánicos con el aparato estatal reciben luz verde para actuar contra intereses estadounidenses e israelíes. Es decir
Estados Unidos está enfrentando, en parte, las consecuencias directas de su propia política exterior.
Irán: el actor que resistió y avanzó
En este escenario, Irán aparece como el gran ganador estratégico.
No porque haya derrotado militarmente a Estados Unidos en términos clásicos, sino porque logró algo más importante, sobrevivir, resistir y expandir su influencia en un contexto de presión extrema.
Mientras Washington apostaba por sanciones, aislamiento y ataques puntuales, Irán construyó una red regional Irak, Siria, Líbano, Yemen capaz de transformar cualquier agresión en un conflicto de múltiples frentes.
La entrada formal de Irak en la guerra consolida ese esquema.
Ya no es un conflicto bilateral es una respuesta regional articulada contra la hegemonía estadounidense. Irán advirtió una y otra vez a Estados unidos e Israel que si eran atacados se enfrenarían a un conflicto regional del cual no podrían salir.
La crisis del liderazgo estadounidense
Las declaraciones de Donald Trump, responsabilizando al Pentágono por el ataque a Irán, evidencian una fractura interna que trasciende lo militar.
Cuando un presidente comienza a deslindar responsabilidades en plena escalada bélica, lo que lo que refleja no es solo una operación fallida, sino la pérdida de control político sobre la guerra.
Este patrón no es nuevo, se repite cuando las intervenciones dejan de ser “rápidas y quirúrgicas” y se transforman en conflictos prolongados, costosos e impopulares.
El patrón imperial es destruir para dominar
Lo que ocurre hoy con Irak no puede entenderse sin mirar el historial reciente de intervenciones:
- Irak: invadido, ocupado, fragmentado.
- Libia: destruida tras la intervención de la OTAN.
- Siria: convertida en campo de batalla internacional.
- Afganistán: dos décadas de guerra para terminar en retirada.
Antes de las intervenciones:
- En Libia, el Estado garantizaba altos niveles de bienestar social, como salud y educación gratuitas, uno de los ingresos per cápita más altos de África.
- En Siria e Irak, existían estructuras estatales funcionales que, con todas sus limitaciones, mantenían cohesión territorial, en Irak la educación también era gratuita, también en Siria aunque con menos inserción.
Después:
- Estados fallidos o profundamente debilitados.
- Fragmentación territorial.
- Millones de desplazados.
- Economías devastadas.
El discurso de “llevar la democracia” encubre una lógica distinta reconfigurar territorios estratégicos a costa de su estabilidad interna.
América Latina en la mira con el mismo manual
Las políticas aplicadas contra Venezuela y Cuba responden a este mismo esquema, aunque con herramientas adaptadas, sanciones económicas, bloqueo financiero, presión diplomática y desestabilización interna.
No es casualidad.
Es el mismo manual aplicado en distintas fases:
- Aislamiento.
- Asfixia económica.
- Deslegitimación política.
- Intervención directa o indirecta.
Medio Oriente muestra el desenlace de ese proceso cuando logra avanzar sin freno.
Irak como símbolo del fracaso
La entrada de Irak en la guerra tiene un significado que va más allá de lo militar. Es un símbolo político de enorme potencia:
- El país que fue invadido por Estados Unidos ahora combate contra su influencia.
- Las estructuras destruidas por la ocupación se transforman en fuerzas de resistencia.
- El orden impuesto por la guerra se vuelve ingobernable para quien lo creó.
Un punto de inflexión histórico
Lo que está ocurriendo no es simplemente una escalada más en Medio Oriente, es la evidencia de un cambio estructural:
- La hegemonía estadounidense enfrenta límites concretos.
- Las guerras ya no se ganan solo con superioridad militar.
- Los actores regionales han aprendido a resistir y reorganizarse.
Irak entrando en la guerra junto a Irán no es solo una noticia.
Es la confirmación de que el ciclo de intervenciones abrió una etapa nueva, la de la confrontación directa contra el orden que esas mismas intervenciones intentaron imponer.
La figura de Qasem Soleimani atraviesa este momento como una sombra estratégica que no ha dejado de proyectarse sobre la región. Arquitecto de una concepción de guerra no convencional, basada en la articulación de actores locales, milicias y Estados bajo un mismo horizonte político, Soleimani entendió antes que muchos que el poder en Medio Oriente no se definiría en batallas frontales, sino en la capacidad de tejer una red de resistencias capaces de desgastar, fragmentar y finalmente neutralizar la superioridad militar estadounidense.
Su asesinato en territorio iraquí, ordenado por Washington, buscó descabezar esa lógica; sin embargo, lo que hoy se despliega con Irak entrando en la guerra junto a Irán y múltiples frentes activos contra Estados Unidos e Israel es, en gran medida, la materialización de aquella visión, una estrategia de acumulación paciente, donde cada intervención extranjera no hace más que alimentar las condiciones de su propia derrota.
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