Inicio » Chile: Primarias oficialistas

Se murió el progresismo de ONG, viva el PC

Las primarias oficialistas no solo definieron candidatos; también firmaron certificados de defunción. Murió el progresismo de cartón, el que viene con logo de ONG, financiamiento europeo y aroma a brunch vegano con quinoa justa.


NOTA: Alfonso Ossandón Antiquera, Diario la Humanidad.

Corresponsalía – Milano, Italia.


En Chile el Frente Amplio y el Socialismo Democrático, esas dos almas siamesas del progresismo obediente, se fueron de hocico frente a un Partido Comunista que, con poca participación pero con poder real, dejó claro que el pueblo no se moviliza por talleres de diversidad ni por papers en inglés con lenguaje inclusivo.

¿Quién ganó? El PC. ¿Quién perdió? Los de siempre: los que quieren parecer europeos en pleno sur de América Latina. Pero no hay que confundirse. El PC que triunfa hoy no es la Gladys Marín reencarnada, sino una versión adaptada, un comunismo con estética woke, disciplinado pero funcional, capaz de convivir con cierta corrección política cuando conviene, sin dejar de proyectar autoridad en la calle.

El Socialismo Democrático, por su parte, es una maquinaria gastada. Sus rostros parecen personajes salidos de una comedia sobre burócratas de ONG. Estudiaron en universidades privadas, citan a Allende mientras pactan con la OCDE y lloran con documentales de la UP, pero no podrían pisar una población sin agendarlo antes con su community manager. Son herederos de la Concertación, hábiles para gestionar el modelo pero incapaces de cuestionarlo.

Gobernar, para ellos, es firmar acuerdos en Bruselas y hablar de derechos humanos desde Ginebra, aunque se les esté incendiando la esquina.

Y luego está el Frente Amplio. Eran la esperanza, la generación transformadora. Hoy son subcontratistas del sistema. Bastó un par de giras por Europa, dos becas y algo de cobertura en medios globales para que se convencieran de que la revolución era un PowerPoint. Se olvidaron de la lucha de clases y la cambiaron por activismo de diseño. Hablan como becarios de posgrado y legislan como gerentes de una fundación. Lo de ellos ya no es política, es producción de contenido con enfoque de derechos.

Y ahí, operando en otra liga, el Partido Comunista. Sin pedir disculpas, sin pedir permiso. Avanza sin necesidad de embajadas ni consultorías, es el único actor del oficialismo con un proyecto a largo plazo. Gana porque tiene convicciones, estructura y disciplina. Pero no nos engañemos: también ha sido permeado por ciertos códigos globales del progresismo amable, ese que en vez de gritar revolución, prefiere hablar de justicia climática con lenguaje neutro.

Lo suyo no es volver al siglo XX, sino dominar el XXI con pragmatismo ideológico. Una especie de comunismo con buenas maneras, que puede coexistir con el feminismo institucional y los derechos humanos sin jamás tocar la raíz del poder económico.

Entonces la pregunta es: ¿hasta cuándo la izquierda chilena seguirá subordinada a ONGs extranjeras? ¿Cuándo se rompió el lazo entre el pueblo y su representación política, y fue reemplazado por una cadena de correos en inglés y proyectos financiados desde Berlín? La política se tercerizó, se externalizó, se volvió dependiente de informes de expertos y mesas de trabajo globales. La agenda ya no la marca la lucha social, sino los fondos concursables y las prioridades del norte global.

Lo que viene es una era post-woke. No porque la derecha haya ganado la batalla cultural, sino porque el progresismo se volvió irrelevante por exceso de cálculo. El Frente Amplio intentará reciclarse, el Socialismo Democrático seguirá aferrado a Bachelet como fetiche, las ONGs continuarán financiando causas inofensivas que no molesten a nadie, y el Partido Comunista, con su fórmula mixta de militancia, territorialidad y códigos actuales, seguirá avanzando, sin pedirle permiso a nadie.

El progresismo chileno tiene dos caminos, romper con la dependencia ideológica de fundaciones extranjeras, o convertirse en un adorno amable para la derecha global. Las primarias fueron claras, las banderas no estaban en las cámaras, pero el mensaje fue brutal.

El futuro no es socialdemócrata, ni es frenteamplista. Y si lo que queda del progresismo quiere sobrevivir, tendrá que dejar de parecer un taller de la ONU y volver a parecer un movimiento de masas.

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Los artículos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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