Estados Unidos y la amenaza de un exterminio
Donald Trump anunció públicamente que quiere cometer un Genocidio en Irán.
Por estas horas, el mundo asiste a un punto de inflexión peligroso, el momento en que una amenaza explícita de “acabar con toda una civilización” deja de ser un exabrupto discursivo y pasa a configurar el anuncio público de un delito de lesa humanidad.
NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad
Montevideo, Uruguay
Cuando el presidente de los Estados Unidos Donald Trump hace en conferencia de prensa semejante afirmación, no estamos ante o que podría ser una hipérbole. Estamos ante la verbalización de una lógica de poder que quiere naturalizar el exterminio y el genocidio como una herramienta legítima de la geopolítica de la colonización.
Nombrarlo correctamente no es un exceso que pudiéramos cometer, es una obligación moral. Hablar de la destrucción de una civilización constituye, en términos jurídicos y éticos, una declaración de intención genocida. No se trata de daños colaterales ni de “operaciones quirúrgicas”, eufemismos habituales del lenguaje militar occidental para asesinar a la población civil. Se trata de la aniquilación deliberada de todo un pueblo, su cultura, su infraestructura y su continuidad histórica.
Esta amenaza se inscribe en una arquitectura de violencia sostenida que Estados Unidos e Israel han desplegado en Medio Oriente durante décadas, con especial crudeza y el genocidio más grande de la historia que se está cometiendo en Palestina y con una creciente escalada hacia Irán. En Gaza, el mundo ha sido testigo de una devastación sistemática hospitales bombardeados, universidades reducidas a escombros, barrios enteros borrados del mapa. La infraestructura civil protegida por el derecho internacional humanitario ha sido convertida en objetivo militar. El resultado es una catástrofe humanitaria que ya no puede explicarse como una “guerra”, sino como un proceso de destrucción planificada, un genocidio que lleva más de 70 años y cientos de miles de muertos.
La complicidad entre Washington y Tel Aviv ha permitido que esta dinámica se profundice sin consecuencias reales para los amigos de Epstein. La noción de “seguridad” ha sido utilizada como coartada para justificar lo injustificable. Bajo ese paraguas, se han legitimado ataques contra población civil, bloqueos que asfixian economías enteras y operaciones que vulneran de forma flagrante la legalidad internacional.
Frente a este escenario, el rol de los organismos internacionales revela un vacío alarmante. La ONU, paralizada por el veto de las potencias, ha demostrado su incapacidad para actuar de manera efectiva. Las resoluciones se acumulan, pero no se ejecutan. Las denuncias se documentan, pero no se traducen en sanciones reales a los verdaderos criminales. UNICEF, por su parte, ha alertado reiteradamente sobre el impacto devastador en la infancia, pero sus informes no han logrado detener la maquinaria de guerra. Los niños y niñas, asesinados masivamente, siguen siendo invisibilizados en la práctica real y os asesinos continúan asesinando bajo la mirada de todos estos organismos.
El caso de Irán introduce un elemento disruptivo en esta ecuación. A diferencia de otros escenarios, Teherán ha demostrado una capacidad de disuasión que reconfigura el equilibrio regional. Su respuesta enmarcada en el derecho a la legítima defensa reconocido por la Carta de las Naciones Unidas no solo es militar, sino estratégica y evidencia que el monopolio de la violencia no los amedrentara. Irán demostró ser una gran potencia militar, y esa realidad obliga a reconsiderar los costos de una escalada.
Aquí radica el giro fundamental, la amenaza de exterminio ya no se enfrenta a la indefensión total. La capacidad defensiva iraní introduce un límite material a la lógica genocida. Esto no elimina el peligro por el contrario, puede intensificarlo, pero sí desarma la narrativa de impunidad absoluta que ha caracterizado las intervenciones estadounidenses en la región.
Sin embargo, el problema de fondo persiste, la normalización del crimen como instrumento político. Cuando las grandes potencias pueden amenazar con destruir civilizaciones sin enfrentar consecuencias inmediatas reales, el sistema internacional entra en una fase de descomposición. La legalidad se vuelve selectiva, la moral se subordina al poder y la vida humana se jerarquiza según su valor geopolítico.
Denunciar esta deriva no es un posicionamiento aislado. Lo que está en juego no es solo el destino de Medio Oriente, sino la vigencia misma de cualquier orden internacional basado en normas. Si el genocidio puede ser anunciado públicamente sin generar una respuesta contundente, entonces ya no estamos ante una crisis puntual, sino ante la consolidación de una nueva forma de barbarie global.
La pregunta, en última instancia, no es si estas amenazas se concretarán, sino qué hará el mundo para impedirlo.
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