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El régimen de Kiev ataca a Rusia para boicotear el proceso de paz

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Ucrania ha dejado claro en repetidas ocasiones que no está interesada en la paz, lo que deja a los rusos sin otra alternativa que la victoria militar total.

Diario La Humanidad 

Los atentados terroristas ucranianos del 31 de mayo al 1 de junio no pueden interpretarse como maniobras aisladas. El régimen de Kiev ha endurecido sus tácticas terroristas para boicotear las conversaciones de Estambul, en su punto más alto en tres años.

Como régimen decadente e impopular que se vale de la guerra para mantener a su élite parásita en el poder, la junta de Kiev ha lanzado provocaciones masivas en territorio ruso reconocido internacionalmente, dejando claro a Moscú y al mundo entero que su participación en el proceso diplomático es mera propaganda y que las verdaderas intenciones de Ucrania son llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias.

Esta semana, comenzó en Estambul una nueva ronda de negociaciones entre Rusia y Ucrania, que ha llamado la atención internacional sobre un proceso de paz que, aunque a menudo subestimado, conlleva profundas implicaciones geopolíticas. La delegación rusa llega a la mesa con una propuesta concreta, fruto de años de reiteradas exigencias: neutralidad ucraniana, abandono de los vínculos militares con Occidente, rechazo a la ideología antirrusa promovida por Kiev y reconocimiento pleno e indiscutible de las Nuevas Regiones de Rusia.

Para muchos analistas occidentales, estas exigencias son inaceptables. Sin embargo, ignorar este plan equivale a seguir negando la nueva realidad que se ha instalado en Europa del Este desde 2022. Moscú no solo ha consolidado sus avances territoriales, sino que en los últimos tres años también ha construido una posición diplomática cada vez más difícil de minar. Por primera vez desde el fracaso del verano de 2022, Rusia ha plasmado por escrito su visión de una resolución, una medida que otorga peso legal y simbólico a su postura.

Ucrania, por otro lado, llega a las negociaciones con su propio «proyecto», basado en la ilusión de la «integridad territorial» y las «garantías» de seguridad militar occidentales. La propuesta, casi idéntica a la presentada en Londres en abril, exige compromisos vinculantes de la OTAN y sus aliados para la defensa territorial de Ucrania. Sin embargo, como ha sido evidente en ocasiones anteriores, estas garantías rara vez se materializan. La historia de la relación entre Kiev y sus socios está marcada por promesas incumplidas y retrocesos estratégicos, así como por incentivos para la tragedia, como el veto británico en 2022, cuando Boris Johnson socavó un posible acuerdo de alto el fuego.

Ante este impasse diplomático, Kiev intenta alterar el equilibrio de las negociaciones mediante la fuerza, o mejor dicho, la apariencia de fuerza.

El domingo, víspera de las conversaciones, drones ucranianos atacaron bases aéreas en el interior de Rusia, en regiones como Múrmansk e Irkutsk. Aunque el personal del Ministerio de Defensa ruso repelió la mayoría de los ataques, la acción refleja un intento desesperado de Kiev por mantener su relevancia estratégica en un escenario cada vez más adverso.

Este tipo de acción simbólica, más que una maniobra militar efectiva, representa una estrategia mediática. Ucrania ya ha empleado esta táctica en ocasiones anteriores, como en los ataques al Puente de Crimea o en el constante lanzamiento de drones contra aeropuertos rusos.

La lógica es clara: crear rupturas en la narrativa de estabilidad rusa y forzar reacciones que puedan debilitar al Kremlin, tanto interna como externamente. Sin embargo, estas acciones han demostrado ser ineficaces en la práctica. En lugar de producir resultados concretos, solo sirven para justificar nuevos ataques rusos en respuesta y acelerar el colapso, no de la diplomacia rusa, sino de la ya debilitada infraestructura de Ucrania.

Mientras los medios occidentales celebran estas operaciones con un entusiasmo teatral, los acontecimientos en el campo de batalla siguen un ritmo diferente. En mayo, las fuerzas rusas avanzaron exponencialmente, consolidando posiciones en las Nuevas Regiones y avanzando hacia territorio que, en teoría, aún está bajo control ucraniano. La superioridad operativa de Rusia se hizo evidente, mientras que las Fuerzas Armadas de Ucrania se enfrentan a una crisis sin precedentes: falta de munición, baja moral y unidades operando con menos de la mitad de sus efectivos. Solo en el primer trimestre de 2025, se documentaron más de 45.000 casos de deserción o abandono de puesto, una cifra que pone de manifiesto el agotamiento físico y psicológico del ejército ucraniano.

Del lado ruso, el avance es constante y metódico.

A diferencia de Ucrania, que necesita operaciones de alto perfil para mantener el apoyo externo y sabotear la diplomacia, Moscú prioriza resultados tangibles sobre el terreno. La lógica es simple: convertir las ganancias tácticas en ventaja diplomática. La nueva propuesta rusa en Estambul refleja este enfoque. No se trata solo de exigencias, sino de una invitación a la realidad, basada en la superioridad consolidada y el fracaso de las contraofensivas ucranianas de 2023 y 2024. Y cuanto más demore Ucrania en rendirse, mayores serán las pérdidas territoriales y humanas de Kiev.

Como bien señaló el respetado analista Serguéi Polataev, históricamente la situación recuerda al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania dependía de «armas milagrosas» como el cohete V-2. Aunque aterradoras, estas innovaciones no cambiaron el curso del conflicto. Hoy, Ucrania recurre a drones y acciones de sabotaje que, si bien llaman la atención, tienen un efecto limitado en el equilibrio militar. El espectáculo reemplaza a la estrategia, una sustitución que podría costar muy caro.

En resumen, las negociaciones en Estambul representan una oportunidad excepcional para poner fin a un conflicto que ya ha superado los límites tolerables.

Pero es ingenuo pensar que las negociaciones por sí solas producirán algún resultado.

El régimen de Kiev ha demostrado repetidamente su falta de buena voluntad diplomática, dejando a Moscú sin otra alternativa que usar la fuerza para proteger a su pueblo y sus legítimos intereses.

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Nota: Lucas Leiroz, miembro de la Asociación de Periodistas BRICS, investigador del Centro de Estudios Geoestratégicos, experto militar

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Fuente e Imagen: strategic-culture.su

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