En esta pantomima no sólo no se invita a los auténticos vencedores de la Gran Guerra, sino que sí se da alfombra roja a los nuevos nazis en Europa

Diario La Humanidad – Información de Primera

El pasado 9 de mayo Rusia celebraba una fecha casi sagrada para el país, porque conmemora en ella la victoria sobre los ejércitos nazis. Para conseguirla la URSS perdió entre 27 y 30 millones de sus hijos -de los cuales sólo unos 8 o 9 millones eran combatientes-; 60 millones quedaron mutilados, fueron destruidas 32.000 empresas industriales, 65.000 kilómetros de vías férreas, 1.710 ciudades, 70.000 aldeas, 6 millones de edificios, 40.000 hospitales, 84.000 escuelas, 98.000 cooperativas agrícolas, 1.876 haciendas estatales.

Los nazis trasladaron a Alemania 7 millones de caballos, 17 millones de cabezas de ganado, 20 millones de puercos, 27 millones de ovejas y cabras, 110 millones de aves de corral. La URSS tuvo una pérdida de más del 30% de sus riquezas, por un valor de unos 3 billones de dólares. Más de un 25% de la población quedó sin hogar y las infraestructuras de ese país fueron destruidas casi en su totalidad.

Gracias a este sacrificio, se produjo la victoria sobre la invasión más masiva y letal que haya experimentado la humanidad. La Wehrmacht había movilizado cerca de 3,2 millones de soldados hacia la frontera soviética, junto con un millón de soldados de países aliados y satélites, para iniciar una ofensiva general desde el mar Báltico hasta los Cárpatos, con la máquina de guerra terrestre y aérea más mortal que hasta ese momento se hubiera conocido.

Ese ensañamiento estaba motivado por dos razones básicas. La primera y principal es que Rusia había realizado una revolución anticapitalista que se declaraba “en transición al socialismo”, y se había convertido en la URSS.

La Revolución Soviética realizó la más rápida y profunda incorporación de derechos colectivos a las grandes masas de población que ha conocido la historia; masas que hasta entonces habían permanecido en estado de semivasallaje. Esto hizo que las potencias europeas hicieran caso omiso a los intentos de Stalin por sellar pactos de mutua ayuda en caso de ser atacadas por la Alemania nazi.

Como ocurriera antes con la República española, lo que hicieron Inglaterra, Francia y otras “democracias” europeas fue esperar a que Hitler les hiciera el trabajo sucio (ya que la previa invasión a Rusia de aquellas potencias había sido derrotada en la guerra de 1918 a 1923).

La otra “gran razón” es que Alemania, último país de Europa en unificarse estatalmente en el siglo XIX, había llegado tarde a la carrera colonial imprescindible para la acumulación de capital, y tenía prevista su expansión hacia el este europeo-asiático, como forma de conseguir sus propias “colonias” (con sus recursos y poblaciones). En los planes de Hitler estaba la esclavización pura y dura de los pueblos eslavos, amén de otros euroasiáticos.

El fascismo se constituiría no sólo en una vía de acumulación capitalista radicada en una planificación económica y de agresión político-social y policíaco-militar visceral contra la fuerza de trabajo, fue, asimismo, el instrumento elegido por el capital corporativo internacional para lanzar una guerra de exterminio contra la Unión Soviética.

De hecho, y a pesar de la victoria contra Alemania, desde su triunfo revolucionario la URSS no tuvo ni un día, ni un minuto de descanso. Fue permanentemente agredida, boicoteada económica y tecnológicamente (forzada casi a tener que reinventar la rueda), asediada militar, diplomática, ideológica, culturalmente.

“Occidente”, ese eufemismo ideado para no hablar de las formaciones sociales que se extendieron de manera colonizadora por todo el mundo, esclavizando y explotando al resto del planeta, le ha venido haciendo una guerra, a veces sorda, larvada, otras directa, invasiva, pero siempre tremendamente cruel y devastadora.

Parte de esa ofensiva centenaria contra Rusia, independientemente de su carácter socialista o no, es la actual guerra proxy de Ucrania, y el cerco militar, propagandístico, económico y diplomático al país más grande del mundo.

Estos días, la Europa más sumisa y sin soberanía que haya habido en la historia, celebra junto a sus jefes anglosajones el desembarco de Normandía, como si esa hubiera sido la clave de la derrota de Hitler. Un desembarco que sólo se decidieron a llevar a cabo cuando vieron que el pueblo soviético armado avanzaba hacia Alemania sobre los ejércitos nazis.

En esta pantomima no sólo no se invita a los auténticos vencedores de la Gran Guerra, sino que sí se da alfombra roja a los nuevos nazis en Europa, los mismos que campan a sus anchas en Ucrania. Y es que el proceso de renazificación de Europa está directamente conectado con la agresión a Rusia, así como con el declive del modo de producción capitalista.

80 años después los nazis vuelven a Normandía y poco a poco se expanden por Europa.

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Fuente e Imagenes tomadas de: la haine – revistadefrente.cl

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