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Trump y Xi: ¿Hacia una tregua o hacia una nueva guerra fria?

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China y Estados Unidos pasan de la confrontación abierta a una “estabilidad estratégica” mientras continúan la guerra comercial, la batalla tecnológica y la disputa por Taiwán

Diario La Humanidad 

Durante años, la relación entre China y Estados Unidos estuvo marcada por la guerra comercial, los aranceles, las sanciones, la competencia tecnológica y la creciente tensión militar en torno a Taiwán. Ahora, la llegada de una nueva etapa en la relación entre Donald Trump y Xi Jinping plantea un escenario diferente: no el final de la rivalidad entre las dos grandes potencias, sino el intento de convertirla en una competencia controlada. La llamada “estabilidad estratégica” busca evitar que la confrontación económica, tecnológica y geopolítica desemboque en una guerra abierta, en un momento en que China gana confianza, las cadenas de suministro se convierten en armas de poder y la disputa por la inteligencia artificial, los semiconductores y las tierras raras redefine el equilibrio mundial.

Los líderes no son irrelevantes: determinan el momento y la forma de la distensión.

¿El fin de la competencia sin restricciones?

Durante casi una década, la relación entre Estados Unidos y China se ha analizado desde una única perspectiva: la de la competencia estratégica. Este enfoque tenía el mérito de reconocer una realidad —el fin de la ilusión, cultivada en las décadas de 1990 y 2000, de que la integración económica convertiría a China en un actor «responsable» dentro de un orden liderado por Estados Unidos—, pero también tuvo un costo analítico. Terminó agrupando en un solo frente dimensiones que merecen mantenerse separadas: comercio, tecnología, seguridad, industria, finanzas y poder militar. Cuando cada ámbito se convierte en un escenario del mismo conflicto, la competencia deja de ser una variable y se convierte en el principio organizador de toda la relación.

Sin embargo, algo parece haberse resquebrajado en esta estructura. La cumbre de Pekín de mayo de 2026, con la adopción conjunta de la fórmula de «estabilidad estratégica constructiva», puso de manifiesto un cambio que se venía gestando desde hacía tiempo. No se trata de cooperación, y quien interprete la distensión como un retorno a la alianza comete un error fundamental. China y Estados Unidos no se están convirtiendo en aliados; las rivalidades estructurales permanecen intactas; la competencia tecnológica no ha desaparecido; la confrontación económica continúa; y Taiwán sigue siendo el punto álgido donde todo podría estallar. Y, sin embargo, ambas potencias muestran un creciente interés en una sola cosa: lograr que la competencia sea manejable.

La posible distensión sino-estadounidense no supone el fin de la rivalidad, sino un cambio en su estatus. Se trata de una transición de la competencia como principio rector de la relación a la competencia como fenómeno que debe gestionarse. La diferencia no es meramente semántica. Concierne a la forma en que ambas potencias conciben su coexistencia: ya no como una carrera por eliminar a la otra, sino como la construcción paciente de un umbral dentro del cual la confrontación pueda mantenerse sin desembocar en guerra.

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La estabilidad estratégica no es la ausencia de conflicto. Es la capacidad de conciliar intereses incompatibles sin que su incompatibilidad se vuelva destructiva.

El vocabulario que una potencia utiliza para describir a otra nunca es neutral: siempre conlleva una estrategia. La trayectoria conceptual de las relaciones sino-estadounidenses puede rastrearse como una secuencia de redefiniciones sucesivas: primero, asociación; luego, competencia estratégica; después, competencia controlada; y ahora, estabilidad estratégica. Cada cambio ha modificado no solo las palabras, sino también las expectativas mutuas de comportamiento.

Definir al otro como un «competidor» es distinto a considerarlo un «enemigo». Un enemigo debe ser derrotado; un competidor debe ser contenido, superado o, finalmente, desgastado, pero su existencia se da por sentada. El vocabulario de la estabilidad va un paso más allá: presupone el reconocimiento mutuo de que existen intereses irreconciliables y que estos intereses, precisamente por ser irreconciliables, deben mantenerse dentro de un umbral controlable. No es casualidad que se trate del lenguaje heredado de la Guerra Fría nuclear, donde la «estabilidad estratégica» se refería a la condición en la que ninguna de las partes tenía incentivos para atacar primero.

Aquí emerge la paradoja que subyace a todo el razonamiento: la estabilidad no surge de la desaparición de la competencia, sino del reconocimiento de su inevitabilidad. Las dos potencias no buscan el equilibrio porque confían la una en la otra, sino porque han dejado de creer que pueden prevalecer a un costo aceptable. Se trata de una estabilidad construida sobre la desconfianza, no sobre su eliminación, y quizás por ello sea más sólida de lo que sugiere la retórica de la cooperación.

China recupera la confianza

Un cambio decisivo, a menudo subestimado en los análisis occidentales, concierne a la autoimagen de China. Durante gran parte de la última década, Pekín actuó desde una posición que puede describirse como ansiedad estratégica: la conciencia de una vulnerabilidad tecnológica —semiconductores, software, estándares— que las restricciones estadounidenses podrían convertir en una herramienta de chantaje. Esa ansiedad parece haber disminuido en cierta medida, y la razón resulta reveladora.

Las políticas de contención estadounidenses han tenido un efecto que, en parte, es el opuesto al esperado. En lugar de frenar el desarrollo de China, a menudo han acelerado los procesos de autonomía industrial y tecnológica: fortalecimiento de la capacidad manufacturera, avances en inteligencia artificial, consolidación del papel de China en las cadenas de suministro, control casi monopólico sobre segmentos del procesamiento de tierras raras y creciente resistencia a las sanciones. Las restricciones, concebidas como un freno, en varios casos han funcionado como un incentivo para la sustitución interna. Esta es la lógica recurrente de las sanciones que no aíslan completamente a un objetivo: lo impulsan a construir aquello que le fue negado.

Esto plantea una cuestión geopolítica sin una respuesta obvia: ¿Una China con mayor confianza en sus capacidades se vuelve necesariamente más agresiva, o, por el contrario, podría mostrarse más abierta a gestionar la competencia? Ambas interpretaciones son defendibles. La primera —una potencia segura de sí misma es una potencia revisionista— nos recuerda que las fases de creciente confianza históricamente coinciden con fases de mayor asertividad. La segunda observa que quienes se sienten menos vulnerables tienen menos necesidad de comportamientos defensivos arriesgados: la confianza puede generar moderación en lugar de arrogancia. La evaluación que aquí se propone es que el factor decisivo no es el nivel de confianza china en sí mismo, sino la estructura de incentivos dentro de la cual se expresa esa confianza; y es esta estructura, no la psicología del liderazgo, la que impulsa el cambio hacia la gestión en la actualidad.

Las cadenas de suministro suelen describirse como fenómenos económicos. Sin embargo, esta descripción resulta insuficiente. Semiconductores, tierras raras, baterías, vehículos eléctricos, sistemas de inteligencia artificial, manufactura avanzada, materias primas críticas e infraestructura digital: no se trata simplemente de bienes comercializados en un mercado, sino de infraestructuras geopolíticas de poder. Quien controla un nodo en una cadena global controla un punto de influencia sobre cualquiera que dependa de ese nodo.

Esto explica por qué la desvinculación total sigue siendo, por ahora, más una hipótesis retórica que una solución práctica. Ambas economías están tan interconectadas que ninguna decisión política puede deshacerla rápidamente sin consecuencias devastadoras para ambas. El volumen del comercio bilateral se ha contraído debido a la presión arancelaria, pero una separación completa requeriría reconstruir sectores productivos enteros desde cero, una tarea que llevaría décadas y tendría resultados inciertos.

Aquí es donde entra en juego el concepto de «interdependencia como arma», es decir, el uso de la interdependencia como arma. La dependencia mutua no es simplemente una limitación: es a la vez vulnerabilidad (lo que la otra parte puede atacar); disuasión (lo que impide que la otra parte ataque por temor a represalias); una herramienta para ejercer presión (lo que se puede amenazar con cortar); y, de forma menos intuitiva, un incentivo para la moderación, ya que quienes tienen mucho que perder tienen razones para no permitir que el sistema que los sustenta colapse.

Esto nos lleva a una tesis que subvierte la sabiduría convencional. La creciente interdependencia no elimina el conflicto geopolítico: lo transforma. Lo transforma de una confrontación militar abierta en una competencia basada en la interdependencia, librada mediante controles de exportación, restricciones a la inversión y la gestión estratégica del acceso a cuellos de botella tecnológicos. Es una forma de conflicto más sofisticada, pero no por ello menos real. El modelo de interdependencia compleja predecía que la interdependencia económica disminuiría la relevancia de la fuerza militar; la realidad demuestra, por el contrario, que este entrelazamiento se ha convertido en un campo de batalla.

La paradoja de la estabilidad competitiva y el factor Trump.

En el centro de esta nueva fase reside una paradoja que merece ser enunciada con precisión: cuanto más compiten China y Estados Unidos, mayor es su necesidad de estabilidad. La proposición parece contradictoria, pero no lo es. La razón radica en el costo prohibitivo que implicaría una confrontación directa para ambas partes.

Consideremos qué significaría una guerra entre las dos economías más grandes del mundo. La magnitud económica de los contendientes multiplica las consecuencias sistémicas de cualquier colapso; la interdependencia garantiza que el daño infligido al adversario recaería en gran medida sobre quien lo inflige; sus capacidades militares mutuas hacen improbable una victoria rápida y decisiva; la disuasión nuclear impone un límite insuperable a la escalada, o al menos la mantiene dentro de límites racionales; el comercio mundial se vería permanentemente interrumpido; y, sobre todo, el riesgo de una escalada incontrolada —desde un incidente local hasta una catástrofe general— no puede ser gestionado de forma fiable por ninguna de las partes.

De este modo surge lo que podría denominarse un equilibrio de vulnerabilidad mutua. Esta fórmula reelabora la lógica de la destrucción mutua asegurada, trasladándola del ámbito nuclear al económico y tecnológico: si ninguna potencia puede neutralizar completamente a la otra sin sufrir daños comparables, la estabilidad deja de ser un acto de confianza y se convierte en una necesidad estratégica. Ambas partes se estabilizan no por respeto mutuo, sino porque comparten el mismo riesgo. Se trata de una paz basada en el temor simétrico, la forma de equilibrio más antigua y quizás más fiable entre las grandes potencias.

La tentación de interpretar la distensión como resultado de la relación personal entre Donald Trump y Xi Jinping es fuerte y debe manejarse con cautela. La personalización es un error recurrente en el análisis geopolítico: atribuye a los individuos lo que a menudo es producto de fuerzas impersonales. Es necesario comparar dos hipótesis.

La primera es la idea de una distensión exclusivamente a nivel personal. Según esta interpretación, la estabilidad actual depende fundamentalmente de los intereses, los estilos de negociación y las decisiones contingentes de ambos líderes. Trump favorece los acuerdos transaccionales visibles, aquellos que puede presentar como victorias; Xi busca certeza y el reconocimiento de su estatus. La convergencia de estas dos necesidades habría hecho posible la Conferencia de Pekín 2026. Si esto fuera cierto, la estabilidad sería tan frágil como un mandato electoral: reversible con un cambio de gobierno o un cambio de opinión.

Sin embargo, una visión más optimista considera la distensión como un factor estructural. Según esta interpretación alternativa, el avance hacia la estabilidad se debe a factores más profundos que los líderes individuales: la interdependencia económica, que hace impracticable la desvinculación; la disuasión nuclear, que limita la escalada; el creciente poder de China, que hace que la contención sea más costosa y menos efectiva; los costos sistémicos de la guerra; la necesidad compartida de regular las tecnologías —sobre todo la inteligencia artificial— cuyo avance descontrolado amenaza a ambas partes; y la multipolarización, que reduce la libertad de maniobra de cada bando. El establecimiento de nuevos organismos bilaterales para el diálogo sobre comercio e inversión apunta en esta dirección: crea una infraestructura que perdura más allá de sus fundadores.

Los líderes no son irrelevantes: determinan el momento y la forma de la distensión, acelerándola o retrasándola, dándole el carácter de cumbre o de punto muerto, pero no son su causa fundamental. Trump y Xi aprovecharon una oportunidad que las estructuras ya habían puesto en marcha; otros líderes, tarde o temprano, se habrían visto impulsados ​​hacia soluciones similares por la misma presión de los acontecimientos.

La gente enciende la cerilla; es la estructura la que ha almacenado el combustible.

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Nota: Lorenzo Maria Pacini – Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica en la Universidad de los Dolomitas de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales – Italia

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Fuenete e Imagen: strategic-culture.su – AFP

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