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Irán, Palestina y la dignidad frente al relato colonial

En un momento en que los medios hegemónicos renuevan su ofensiva discursiva para justificar agresiones contra Irán y Palestina y algunos sectores del progresismo intentan solidarizarse pero bajo el mismo esquema discursivo del imperialismo, se vuelve urgente recordar, con rigor histórico y conciencia política, que ni la resistencia es terrorismo ni la defensa de un modelo propio es sinónimo de autoritarismo. Decirlo no es una consigna vacía, es un deber ético e intelectual.


NOTA: Andrés silva, Diario la Humanidad

Montevideo – Uruguay


Una historia larga de dignidad

Irán no nació en 1979, como algunos analistas occidentales parecen suponer. Con más de 2.500 años de historia registrada, el antiguo Imperio Persa fue una de las primeras civilizaciones organizadas del mundo, la Revolución Islámica no puede entenderse sin este contexto, fue una expresión moderna, con profundo arraigo popular y cultural, contra un orden colonial impuesto tras el golpe orquestado por la CIA y el MI6 en 1953, que derrocó al gobierno nacionalista de Mohammad Mosaddeq.

Cuando el pueblo iraní derrocó al Sha en 1979, no sólo expulsaba a un monarca, expulsaba una lógica imperialista que había convertido al país en un peón de Washington y Londres. Que ese proceso haya dado lugar a una República popular que puso al frente a un líder espiritual, y que esa República Islámica base sus derechos y obligaciones en sus creencias, no significa que no haya sido auténticamente popular; Que haya sobrevivido a más de cuatro décadas de sanciones, intentos de desestabilización, sabotajes e incluso asesinatos de sus científicos, no se debe a la represión, sino a una legitimidad interna que no se puede borrar con titulares.

Palestina, del despojo a la resistencia

En el caso palestino, la criminalización es aún más descarada. El pueblo palestino lleva más de 77 años resistiendo una ocupación sistemática, ilegal y brutal, además de enfrentar un genocidio por parte del Sionismo desde 1948, cuando las potencias coloniales impusieron la creación del Estado de Israel sobre las ruinas de aldeas palestinas arrasadas, lo que se ha vivido en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este no es un “conflicto”, sino una limpieza étnica en cámara lenta.

Reducir la resistencia palestina a «grupos terroristas» es tan burdo como ignorar que el derecho a la resistencia está contemplado en el derecho internacional, específicamente en la resolución 37/43 de la Asamblea General de la ONU (1982), que reconoce el derecho de los pueblos a luchar contra la ocupación extranjera “por todos los medios disponibles, incluida la lucha armada”.

El sionismo no es un movimiento espiritual, es un proyecto político-colonial y ante él, cada piedra lanzada, cada túnel cavado, cada consigna que resiste el borrado cultural, tiene una profunda legitimidad histórica.

Irán y Palestina, alianzas que desafían la hegemonía

En los últimos años, Irán ha sido uno de los pocos países que ha apoyado abiertamente a la resistencia palestina. Esto no es una estrategia geopolítica oportunista, como afirman los analistas alineados al relato occidental, es parte de una visión de mundo basada en el rechazo a la dominación extranjera, al sionismo y al imperialismo.

Este vínculo no es menor, es la alianza entre República Islámica de Irán que ha sobrevivido al bloqueo y la asfixia y Palestina, un pueblo que resiste mientras lo quieren exterminar. Esa convergencia es la pesadilla de las potencias coloniales porque rompe la lógica de la sumisión y demuestra que la dignidad puede sostenerse aun bajo las bombas.

Tribalismo, identidad y soberanía

Otro de los prejuicios que se imponen desde Occidente es el desprecio a las formas organizativas de las sociedades no occidentales. Se criminaliza a las tribus, a los clanes, a las formas comunitarias y descentralizadas de vida, se las asocia al atraso, al caos, al extremismo, pero, ¿no es eso también una forma de racismo?

En muchas sociedades de Oriente Medio, África y Asia, las tribus no son “residuos del pasado” sino estructuras de cohesión social que han garantizado la supervivencia cultural frente a la agresión externa. Criminalizarlas es parte del mismo proceso colonial que transformó las lenguas originarias en dialectos, los saberes ancestrales en supersticiones y la resistencia en terrorismo.

La revolución iraní, el movimiento palestino, el eje de la resistencia regional, que incluye a Hezbolá en Líbano, Ansarolá en Yemen y las milicias populares iraquíes, están anclados en ese tejido cultural, religioso, étnico e identitario que Occidente no comprende, y que por ello teme y demoniza.

La trampa del relato, demonizar para bombardear

El paso previo al bombardeo siempre es la criminalización, lo fue en Irak, en Libia, en Siria, en Afganistán, se repite hoy con Irán y Palestina. La fórmula es clara, se construye un enemigo “irracional”, “fanático”, “violento” y, con ese pretexto, se justifican las guerras, las sanciones, las invasiones y los asesinatos selectivos.

Pero la verdadera irracionalidad es pretender que los pueblos se arrodillen ante quienes los saquean, que renuncien a sus formas de vida para adoptar modelos impuestos, que acepten la ocupación como normalidad.

La solidaridad no exige subordinación

Ser solidario con Palestina e Irán no es un gesto tibio, no es una publicación decorativa ni una consigna que se pronuncia con cautela para no incomodar. Ser verdaderamente solidario exige mojarse hasta empaparse, no se puede estar con los pueblos oprimidos y al mismo tiempo repetir los marcos narrativos del opresor, no se puede hablar de paz mientras se criminaliza la resistencia. No se puede defender los derechos humanos mientras se justifica el bloqueo, las bombas, las sanciones o la ocupación.

La solidaridad con Palestina e Irán implica rechazar el relato hegemónico imperial que condena a los pueblos que no se arrodillan. Significa entender que la dignidad no pide permiso y que resistir no es un crimen, sino un derecho y una obligación histórica.

Mientras se siga midiendo a los pueblos del Sur Global con la vara de los intereses occidentales, seguiremos legitimando la barbarie. Es tiempo de desobedecer el relato y ponernos del lado de quienes, con lo poco que tienen, siguen diciendo no al imperio.

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