Negociar bajo las bombas
La traición como doctrina y la dignidad como respuesta
Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Pakistán no fueron un intento genuino de paz por parte de EE.UU. Fueron, más bien, la continuación de la guerra por otros medios. Una mesa de diálogo montada mientras, en paralelo, se ejecutaban bombardeos por parte de Israel asesinando a cientos de civiles en el Líbano. Estás operaciones estaban destinadas a sabotear cualquier posibilidad real de acuerdo, además de extender la agresión genocida.
NOTA: Andrés Silva, Diario la Humanidad
Montevideo, Uruguay
Desde el primer minuto, Israel dejó claro su papel de dinamitar el proceso para negociar. La ruptura de la tregua mediante un feroz ataque al Líbano que dejó cientos de civiles muertos no fue un hecho aislado ni una “respuesta defensiva”, fue una maniobra calculada para incendiar el escenario y condicionar las negociaciones ya que dejar de atacar el Líbano era uno de los puntos de Irán. No se puede hablar de diplomacia mientras se bombardea a poblaciones enteras, no se puede negociar con buena fe mientras uno de los actores clave actúa como saboteador armado.
En ese contexto, la posición de Estados Unidos se revela con una claridad brutal, tras no lograr doblegar a Irán por la vía militar, intentó obtener en la mesa lo que no pudo imponer con misiles. La historia se repite, Washington negocia cuando fracasa en la guerra, pero negocia sin abandonar la lógica de la coerción. Y, como tantas veces antes, lo hace desde la traición.
Irán había llegado a la mesa con disposición al diálogo. Antes de los ataques, las conversaciones estaban en curso, había canales abiertos, propuestas en discusión, una arquitectura diplomática en construcción. Pero el proceso fue interrumpido por la violencia y la traición del gobierno de Estados Unidos presionados por el gobierno Sionista de Israel. Una vez más EE.UU. toma la decisión política de bombardear mientras se negocia, presionar mientras se simula dialogar.
Las palabras del presidente del Parlamento iraní, Bagher Ghalibaf, son más que elocuentes y están cargadas de una fuerza histórica imposible de ignorar, “Frente a nuestras iniciativas, EE.UU. no logró ganarse la confianza de Irán”. Son históricas porque Irán es quien sigue poniendo las reglas del juego en lo militar como en lo diplomático, sus palabras son un diagnóstico, son la síntesis de décadas de acuerdos incumplidos, de traiciones, de negociaciones utilizadas como herramienta de desgaste.
El gesto de la delegación iraní al viajar con mochilas y fotografías de los niños y niñas de Minab símbolos de los mártires de esta guerra fue un hermoso gesto. Es memoria política, es la materialización de una idea central de que hay cosas que no se negocian, la sangre de los mártires no se convierte en moneda de cambio. “La lealtad a la sangre de los mártires no se negocia” y no es una consigna propagandística del gobierno iraní; es una línea roja que harán respetar.
Pero más allá de los gestos simbólicos, lo que terminó de fracturar la negociación fueron las posiciones irreconciliables sobre el contenido mismo del acuerdo. Allí es donde se expone con mayor crudeza la distancia entre ambas partes.
Por un lado, Irán llegó con exigencias claras y coherentes con su lectura del conflicto, el levantamiento efectivo de las sanciones económicas, garantías verificables de que Estados Unidos no abandonará nuevamente un eventual acuerdo, el reconocimiento de su derecho soberano al desarrollo nuclear con fines civiles, el resarcimiento económico por la destrucción causada en los ataques, el control total sobre el estrecho Ormuz y sobre todo el cese de las agresiones militares directas e indirectas por parte de Washington y Israel no solo en Irán sino también en Líbano y en Gaza.
No se trata de demandas maximalistas, sino de condiciones mínimas para cualquier Estado que busca preservar su soberanía. Teherán no exige privilegios, exige garantías y respeto. Estos 10 puntos que llevo Irán a Pakistán son la muestra de quien marca las reglas ahora.
En contraposición, la postura estadounidense volvió a mostrar su lógica guerrerista estructural de dominación. Washington insistió en restricciones profundas y unilaterales al programa nuclear iraní, mecanismos de inspección intrusivos, limitaciones a su desarrollo tecnológico y, en los hechos, una renuncia parcial a su autonomía estratégica. Todo esto, sin ofrecer garantías reales de cumplimiento ni compromisos equivalentes en materia de desescalada militar.
Pero también puso al descubierto las mentiras del gobierno de Estados Unidos y el presidente Donald Trump cuando dijo que habían ganado la guerra y todos sus objetivos estaban cumplidos, que habían terminado con todos los centros de investigación nuclear de Irán, queda claro que era otra mentira para tapar la derrota que sufrieron.
La desconfianza iraní, entonces, no es caprichosa, es empírica. Surge de la experiencia acumulada, de acuerdos firmados y luego abandonados unilateralmente por Washington. De negociaciones atravesadas por operaciones militares paralelas, de una diplomacia que históricamente ha funcionado como extensión de la presión y no como alternativa a ella.
Mientras tanto, el relato occidental insiste en una narrativa que se desmorona ante los hechos, la supuesta amenaza nuclear iraní. No hay evidencia concluyente de que Irán estuviera construyendo una bomba atómica. Sin embargo, esa acusación ha servido durante años como justificación para sanciones, agresiones, asesinatos y aislamiento, una excusa funcional al imperialismo.
La hipocresía es aún más evidente cuando se observa que quiénes sí poseen arsenales nucleares. Tanto Estados Unidos como Israel cuentan con ojivas nucleares. Pero no son ellos los señalados como amenaza existencial. No son ellos los sometidos a bloqueos o ataques “preventivos”. La doble vara no es un error del sistema internacional, es su lógica estructural.
Irán, en este escenario, no aparece como el agresor, sino como un Estado que responde a una ofensiva conjunta. La coordinación entre Estados Unidos e Israel militar, política y estratégica configura un frente que busca someter a Teherán. Lo que está en juego no es únicamente la cuestión nuclear, sino la soberanía de una república que se niega a perder su soberanía.
Sin embargo, pese a la guerra, pese a las sanciones, pese a los ataques, Irán sigue apostando por la diplomacia como uno de sus instrumentos. No por debilidad ni por ingenuidad, sino como una estrategia complementaria a la resistencia. Como lo expresó Ghalibaf, la diplomacia es “otro camino, junto a la lucha militar, para hacer valer los derechos de la nación iraní”.
Aquí surge una contradicción profunda que atraviesa toda la escena global mientras Irán insiste en el diálogo incluso bajo fuego, Estados Unidos acumula décadas de intervenciones militares y guerras. Más de la mitad de su historia está marcada por guerras, invasiones y operaciones encubiertas en múltiples regiones del planeta dejando y acumulando millones de muertos, de civiles asesinados por su ejército.
En paralelo, Israel arrastra más de 70 años de violencia estructural contra el pueblo palestino, más de 79 años de un genocidio que no para. Lo que ocurre hoy no puede desligarse de esa continuidad histórica. No es un episodio aislado, sino la prolongación de una política genocida sostenida.
“Irán es un solo cuerpo con 90 millones de almas”, dijo Ghalibaf. Y esa unidad, forjada bajo presión extrema, es quizás el dato más relevante de todos. Porque aquí es en dónde las palabras del Ayatola Alí Hoseiní Jameneí se pueden medir en teoría y práctica cuando dijo ante el pedido de sus escoltas de llevarlo a un búnker, “ Si tenemos un búnker para 90 millones de iraníes vamos, si no me quedo aquí” cómo respuesta le piden que por lo menos use un chaleco antibalas a lo que responde, “Si tenemos 90 millones de chalecos usaré el mío” y bajo esa lógica fue martirizado en un ataque en el que murió su nieta y parte de su familia.
Las 21 horas de negociación en Pakistán no produjeron confianza y sin confianza, no hay acuerdo posible. Irán a demostrando siempre su disposición al diálogo mientras que Estados Unidos llegó a Islamabad pensando que estaban en una de sus películas de Hollywood en las que ellos imponen las reglas y siempre ganan, la realidad dice que ahora es Irán quien marca las pautas y Estados Unidos. solo tiene un camino, alejarse de Israel y reconocer su derrota o seguirá confirmando lo que gran parte del mundo ya percibe, que su diplomacia no es más que la continuación de la guerra por otros medios.
En este tablero, Irán ya tomó su decisión, seguir a la ofensiva, negociar cuando sea posible, pero no ceder ante la presión ni olvidar a sus muertos. Porque hay pueblos que, incluso bajo las bombas, siguen defendiendo algo más que el territorio defienden su dignidad.
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