Euphoria y la música electrónica en Chile: memoria, posdictadura y reconciliación sin justicia
Hijos del exilio, escena electrónica, transición democrática y cultura urbana: cómo Santiago construyó una identidad musical entre la herida histórica y la evasión política
Nota: Diario La Humanidad – Alfonso Ossandon
Corresponsalía – Milano – Italia
En el Chile de la posdictadura, la música electrónica y la escena DJ se convirtieron en un espacio de encuentro entre los hijos del exilio y los herederos del poder represivo. Euphoria, el libro de Manuel Martínez, retrata una generación marcada por la transición democrática, la reconciliación sin justicia y la neutralización de la memoria histórica. Entre pistas de baile, cultura electrónica, reguetón y política, el relato revela cómo Santiago impuso un canon cultural mientras la provincia y los invisibles quedaron fuera del relato oficial.
Euphoria, dj’s música electrónica y Concertación
En Santiago, los hijos del exilio chileno regresaron con heridas profundas, solo para compartir calles y pistas con los hijos y nietos de los torturadores de sus padres. Entre la música, la electrónica y la evasión, intentaron construir identidad y memoria en un país donde la reconciliación se hizo sin justicia.
Santiago no es Chile: la provincia no es un lugar, es una condición.
Siempre estuvo lleno de provincianos con máscara de centro, y el libro de Euphoria vino a escribir el relato oficial: si no estabas ahí, no existías.
Ese libro doró una escena nacida de una fractura real: el jet set de retornados o «redset», hijos del exilio en Europa, Canadá y Reino Unido, que volvieron a un país administrado por la transición.
Su herida fue real, su aporte también. Pero convivieron sin conflicto con los hijos y nietos de los torturadores: reconciliación sin justicia, pista compartida, memoria neutralizada.
Tal cual los nietos de los nazis hoy en Alemania, financiando guerras y normalizando genocidios, Europa vive su decadencia disfrazada de democracia y responsabilidad histórica.
La electrónica en Chile se volvió vitrina, no ruptura; escena, no peligro. Lo absurdo nos enseñó que no éramos nadie, los sin libro, los sin dorado, y desde ahí llegamos al yo soy.
Mucho antes del canon, los poemas de Joaquín Orellana y Julio Fausto Aguilera, emulando sonidos electrónicos o sintéticos de los nadie de Guatemala, con cañas sopladas o los flautones de los bailes «chinos» de Andacollo, nos llevaban a esferas siderales: sin centro, sin pacto, sin traicionar a los invisibles.
El libro de Manuel Martínez merece ser leído, por las nuevas generaciones, también por los nadie; ojalá fotocopielo, como último acto situacionista de un mundo que ya cambió.
Al final, en la música de masas no ganó la escena exquisita como la música de Ricardo Villalobos y otros, sino el brutal reguetón y sus versiones urbanas, que hace bailar a Boric coronando la fiesta y entregando el poder al pinochetismo este marzo del 2026, «si Dios lo quiere».
El libro de Manuel Martínez no lo dice, pero lo esboza: lo decimos nosotros, los invisibles de la provincia.
Saludos a Zikuta, y Cianuro, gatos porfiados de este cuento.
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Alfonso Ossandón Antiquera – Desde el Monte Subasio, Italia para © Diario La Humanidad
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Imagen: SOFIA YANJARI – LA HUMANIDAD.
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