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Europa y el poder invisible: cómo la gestión de la vida redefine la política en la UE

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Entre obras interminables y decisiones silenciosas, la crisis de gobernanza en Europa, revela un modelo donde la biopolítica, el control institucional y la normalización de la excepción marcan el rumbo del continente.

Nota: Diario La Humanidad – Alfonso Ossandon

Corresponsalía – Milano – Italia

Mientras Europa niega la crisis y presume estabilidad y regulación, emerge una tendencia clave en el debate actual: la crisis de gobernanza y el avance de la biopolítica. Inspirado en pensadores como Giorgio Agamben y Carl Schmitt, este análisis revela cómo el poder en Europa ya no solo administra leyes, sino la vida misma, convirtiendo la excepción en rutina y la demora en una forma sofisticada de control que impacta directamente en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Europa entre la obra interminable y la gestión de la vida

Europa esta en crisis. Y hay algo casi pedagógico en esas carreteras donde las obras no terminan nunca. No solo enseñan paciencia: enseñan jerarquía. Enseñan, sin decirlo, quién decide los ritmos, quién espera y quién simplemente se adapta.

Europa ha perfeccionado ese arte discreto de la dilación elegante. Todo funciona, pero nada concluye del todo. Todo está regulado, pero pocas cosas se resuelven. No es el caos: es una forma sofisticada de inmovilidad.

Y, sin embargo, bajo esa superficie ordenada late algo más inquietante.

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El problema no es —como a veces se sugiere con ligereza— una conspiración de actores ocultos o una suma de voluntades oscuras. Es algo más frío y más estructural. Como señala Giorgio Agamben, el poder contemporáneo ha desplazado su centro: ya no se limita a gobernar leyes o territorios, sino que administra la vida misma.

No de forma espectacular, sino cotidiana.

Decide qué es urgente y qué puede esperar —como esa obra que nunca termina. Decide qué cuerpos son protegidos y cuáles quedan expuestos. Decide qué excepciones se justifican y cuáles se normalizan. No hace falta dramatizarlo: basta observar cómo lo extraordinario se vuelve rutina sin dejar de llamarse “temporal”.

En ese punto, la intuición de Carl Schmitt adquiere una nueva elegancia sombría: soberano no es quien manda siempre, sino quien decide cuándo las reglas dejan de aplicar. Y en Europa, esa decisión rara vez se presenta como ruptura. Se presenta como procedimiento.

Todo se hace en nombre de algo razonable: seguridad, estabilidad, consenso, sostenibilidad. Palabras limpias para operaciones cada vez más complejas. Mientras tanto, la vida concreta —la del ciudadano que espera, la del que se adapta, la del que queda fuera del foco— se reorganiza en silencio.

Ahí es donde la crítica fácil se queda corta.

Porque lo verdaderamente incómodo no es imaginar poderes ocultos, sino reconocer que el sistema funciona precisamente porque no necesita ocultarse. Su eficacia reside en su normalidad. En su capacidad de convertir lo excepcional en hábito, la demora en paisaje, la gestión en destino.

Europa no impone con estridencia. Administra con suavidad.

Y tal vez esa sea su forma más refinada de poder: no decidir brutalmente quién vive o muere, sino establecer —con cortesía institucional— las condiciones en las que ciertas vidas se vuelven más lentas, más frágiles o más prescindibles.

Como esas obras eternas: nadie las cancela, nadie las termina. Simplemente continúan, recordando cada día que hay decisiones que ya han sido tomadas… aunque nunca se anuncien como tales.


Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad

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