Chile e Italia: el neofascismo se normaliza entre Gaza, Europa y América Latina

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De Giorgia Meloni a la militarización en Chile: cómo la derecha radical global impone la barbarie como normalidad política

Nota: Corresponsalia Diario La Humanidad – Alfonso Ossandon

Periodista – Italia

La normalización del neofascismo avanza desde Europa hasta América Latina bajo un mismo patrón de dominación global. El gobierno de Giorgia Meloni en Italia, alineado con Israel en el genocidio en Gaza y con la lógica de guerra en Ucrania, exhibe censura, persecución al periodismo y criminalización del disenso. En Chile y otros países latinoamericanos, esta ofensiva se replica mediante discursos de “emergencia”, militarización y recorte de derechos sociales, presentados como sacrificios inevitables en una profunda crisis democrática.

Chile e Italia el neofascismo perfumado

Italia ofrece hoy una imagen inquietante de la normalización del neofascismo en Europa. Un gobierno encabezado por Giorgia Meloni, con ministros acusados de complicidad política en el genocidio en Gaza y en la guerra por procura en Ucrania —donde operan fuerzas neonazis reconocidas— actúa como si nada ocurriera. Más de quinientos periodistas amenazados, una bomba que estalla en el automóvil del principal periodista de investigación del país, la persecución del disenso, y aun así, todo es presentado como normal.

El episodio de la Flotilla por Gaza expuso con crudeza esa degradación. Un país extranjero, formalmente aliado, intercepta y detiene civiles inermes en barcos con bandera italiana. Lo que correspondería a una cancillería digna sería una ruptura diplomática. En cambio, el gobierno italiano ridiculizó a la Flotilla, acompañó el acto de intimidación israelí y reforzó el relato del agresor. La única reacción ética vino desde abajo: trabajadores de la Farnesina que denunciaron públicamente lo inaceptable de esa conducta.

Este doble estándar define al neofascismo contemporáneo: legalidad punitiva para los débiles, impunidad absoluta para el poder. El mismo gobierno que criminaliza a quienes ocupan viviendas vacías sostiene sin pudor la mayor ocupación ilegal del mundo. La guerra, el genocidio y la censura se convierten en parte del paisaje. Todo es normal.

Este clima no es exclusivo de Europa. Forma parte de una arquitectura global de dominación que responde a lo que puede llamarse Doctrina Drompe: la fusión entre la vieja Doctrina Monroe y el unilateralismo trumpista, hoy extendida como lógica de gobierno. No se trata ya de hegemonía, sino de dominación desnuda, donde el derecho internacional es prescindible y la moral se reduce a la voluntad del más fuerte.

En América Latina, esta doctrina se traduce en neofascismos periféricos que actúan como fuerzas de ocupación interna. Gobiernos que no buscan construir proyecto nacional alguno, sino administrar el saqueo, desarticular la organización popular y garantizar la transferencia de valor hacia el centro imperial. Argentina, Bolivia y Chile expresan variantes de esa misma lógica.

Chile, en particular, arde bajo una retórica conocida: todo lo que viene será duro, doloroso, pero necesario. Así lo repiten dirigentes de derecha ante la llegada de un llamado “gobierno de emergencia”. La destrucción de derechos sociales, la militarización del conflicto interno y el vaciamiento democrático se presentan como sacrificios inevitables. El incendio social se justifica en nombre de la normalidad.

Como advierte el filósofo boliviano Rafael Bautista, la dominación actual no opera solo por la fuerza material, sino por la desarticulación del sentido. Hacer que lo intolerable parezca inevitable, que la violencia se perciba como orden, que el dolor sea aceptado como condición natural. Esa es la verdadera eficacia del neofascismo contemporáneo.

Italia y América Latina no son escenarios desconectados. Son expresiones distintas de una misma ofensiva. Gaza, Ucrania y nuestros territorios forman parte de un mismo mapa de guerra permanente. Frente a ello, las movilizaciones en Roma, las luchas obreras en Argentina y las resistencias populares en Chile y Bolivia indican que los pueblos no están dispuestos a aceptar que todo esto sea normal.

La disputa ya no es solo política. Es civilizatoria. Normalizar la barbarie o recuperar la memoria, la dignidad y el derecho a decidir el propio destino. Esa decisión, una vez más, no vendrá de los gobiernos alineados, sino de quienes se niegan a obedecer el mandato de la resignación.


Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad

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Imagen: UNO | EFE

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