José Antonio Kast y la seguridad global: la erosión del Estado de derecho y la crisis política de Occidente
La gira internacional de Kast expone el avance de un nuevo orden basado en la securitización, el control transnacional y el debilitamiento de la democracia liberal en Europa y América Latina.
Diario La Humanidad
La proyección internacional de José Antonio Kast no es solo un gesto diplomático, sino una señal del reordenamiento político global. En un contexto marcado por la crisis de Occidente, el auge de la extrema derecha y la centralidad de la seguridad como eje de gobierno, el Estado de derecho comienza a diluirse frente a lógicas de control, vigilancia y excepcionalidad permanente que redefinen la democracia en el siglo XXI.
Cuando se borran las fronteras del derecho: Kast, la seguridad global y el ocaso político de Occidente
El itinerario internacional del presidente electo chileno José Antonio Kast no puede leerse como una simple agenda diplomática ni como una suma de gestos ideológicos aislados. Su gira —que conecta El Salvador, Italia y otros puntos de una Europa en repliegue— funciona como una señal política de mayor alcance: la normalización de un orden global donde el Estado de derecho deja de ser el marco de la política y pasa a convertirse en un obstáculo a administrar.
El proceso es reconocible y se repite con inquietante coherencia. Primero, se difuminan las fronteras del Estado de derecho a nivel internacional. La cooperación en seguridad, presentada como técnica y “sin ideología”, comienza a operar por fuera de los límites clásicos de la soberanía democrática. Agencias, acuerdos y dispositivos de control transnacional avanzan sin control parlamentario efectivo ni rendición de cuentas clara. La ley ya no delimita el poder: lo acompaña.
Luego, ese mismo modelo se traslada al plano interno. Una vez debilitados los marcos jurídicos externos, se procede a desarmar el Estado de derecho dentro de los territorios nacionales. Se expanden las facultades policiales, se normalizan los estados de excepción, se criminaliza la protesta y se redefine la ciudadanía en términos de riesgo. El derecho deja de ser garantía y se transforma en herramienta flexible al servicio del orden.
La gira de Kast, y su sintonía con líderes como Giorgia Meloni, se inscribe en este patrón. Italia, como otros países europeos, no representa hoy una Europa fuerte, sino una Europa en retroceso político, atrapada entre el miedo al colapso económico, la presión migratoria y la pérdida de autonomía estratégica. En ese vacío, la seguridad se convierte en el lenguaje común que sustituye al proyecto democrático.
El protagonismo creciente de dispositivos de control vinculados a Estados Unidos —como la proyección internacional de su aparato migratorio y de seguridad— no puede separarse de la crisis estructural de la hegemonía occidental. Las señales de estrés en la economía estadounidense, la pérdida de legitimidad de sus instituciones y la incapacidad de sostener el orden global por consenso han empujado a Washington a priorizar el control por sobre la persuasión. Cuando el poder ya no puede prometer prosperidad, promete disciplina.
En ese contexto, la advertencia es clara: el orden internacional ya no se rige por reglas compartidas, sino por la capacidad de imponer consecuencias. Lo ocurrido en Gaza ha sido leído por amplios sectores del sur global no solo como una tragedia humanitaria, sino como un mensaje político brutal: un recordatorio de lo que puede sucederle a un territorio que se resista a alinearse con los intereses estratégicos y económicos de los mercados occidentales. No se trata de una comparación mecánica, sino de una lógica común: la primacía absoluta de la fuerza sobre el derecho.
Lo mismo ocurre en América Latina cuando se observan las tensiones en torno a países ricos en recursos naturales, como Venezuela. Más allá de sus responsabilidades internas, el tratamiento internacional del conflicto revela hasta qué punto el acceso a recursos estratégicos se ha convertido en un factor central de la política global. Cuando el mercado no logra abrirse por la vía económica o diplomática, la securitización aparece como alternativa.
El neofascismo del siglo XXI se construye exactamente ahí. No necesita abolir constituciones ni cerrar parlamentos. Le basta con vaciarlos de sentido. Avanza cuando la seguridad reemplaza a la ley, cuando el miedo sustituye al debate y cuando el orden deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo.
Kast no es una anomalía, sino un síntoma. Su proyección internacional refleja una crisis más profunda: la de un Occidente que, incapaz de sostener su hegemonía mediante derechos, bienestar y legitimidad democrática, recurre cada vez más a la vigilancia, la coerción y la excepcionalidad permanente.
Cuando se borran las fronteras del Estado de derecho en el plano global, su desintegración interna no es una posibilidad futura. Es el siguiente paso.
Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad
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Imagen: AFP – EFE – AP
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