Caso Epstein y las élites en Chile: poder, impunidad y el silencio que erosiona la democracia
No es sexo ni escándalo: es cómo las redes de poder protegen a los privilegiados mientras la rendición de cuentas nunca llega
Nota: Diario La Humanidad – Alfonso Ossandón Antiquera
Corresponsalía Milano – Italia
El caso Jeffrey Epstein expuso mucho más que abusos sexuales: reveló una estructura global de poder, secretos compartidos y protección entre élites. En Chile, la mención de figuras políticas y empresariales reabre un debate incómodo sobre impunidad, silencio mediático y desigualdad ante la ley. ¿Por qué cuando el poder se organiza en redes cerradas, la democracia deja de preguntar?
Epstein Salpica a Chile :
No es sexo: es poder sin rendición de cuentas
José y María, obreros, pueden follar como les plazca y con quien les plazca. Nadie les debe pedir explicaciones por su deseo como adultos responsables. El problema empieza cuando el sexo deja de ser libertad y se convierte en lenguaje de poder, en ritual de pertenencia, en secreto compartido entre iguales de clase.
Ahí ya no hablamos de placer. Hablamos de impunidad.
El caso Epstein no reveló excesos privados, sino una infraestructura global donde el secreto protege al poderoso y expone al débil. Y en ese marco, resulta legítimo —políticamente legítimo— preguntar por los nombres que aparecen orbitando esos mundos opacos. En Chile, se han mencionado figuras como Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Bachelet, y Andrónico Luksic, empresario, que sale mencionado en distintos registros, reportes y libros que abordan redes de poder, sociabilidad de élite y protección cruzada. Entre ellos, Impunidad diplomática, que recopila antecedentes, testimonios y contextos de esa sociabilidad cerrada, incluidas referencias a encuentros privados con actores políticos, como dirigentes de la UDI y RN.
Digámoslo con claridad quirúrgica: mencionar no es condenar. Pero callar tampoco es neutral.
Desde la antropología del poder, estas prácticas no funcionan como libertinaje, sino como rituales de cohesión: quien participa comparte el secreto; quien comparte el secreto, pertenece; quien pertenece, queda protegido. Desde la psiquiatría social, no es pulsión: es narcisismo de clase, la convicción de que la norma es para otros.
Ahí aparece la lucha de clases en su forma más obscena.
A José y María se les vigila el cuerpo.
A las élites se les protege el silencio.
No por más orgía amanece más temprano. Pero cuando el privilegio garantiza que nunca amanezca, sí corresponde exigir explicaciones. No por moral sexual, sino por democracia.
El problema no es quién folla.
El problema es quién puede hacerlo sin rendir cuentas cuando se cometen delitos contra niños, mujeres, hombres y animales.
¿Y ningún programa de farándula está hablando de esto… o será que ellos también son parte del problema?
Corresponsalía Milano / Alfonso Ossandón Antiquera / © Diario La Humanidad
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